Amor por la borda Capítulo 11
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Capítulo 11

—Esperan tener una habitación libre mañana para uno de nosotros. No sé de dónde la han sacado ni les he preguntado, pero, si te soy sincera, me da igual —le expliqué a Tania, que me escuchaba mientras se esparcía protector solar.

Blanca había bajado con ella a la piscina, pero ya estaba en el agua.

Decía que con la piel mojada se ponía más morena, aunque lo vi difícil, era muy blanquita y pecosa.

Me dio por pensar que seguro que de pequeña habían bromeado sobre eso, porque su nombre le venía como anillo al dedo y, además, era incapaz de aguantar mucho rato al sol sin pegarse un baño.

—Bueno, esa es una buena noticia. Hoy os toca compartir habitación, pero mañana, ya, cada uno por su lado. Además, entre la piscina y que esta noche tenemos lo de las citas rápidas, el día se te va a pasar volando.

Tania parecía una chica muy maja y empática.

Se levantó para acercar un poco más su tumbona a la mía y un par de chicos de alrededor la miraron sin mucho disimulo.

Era una mujer atractiva, con muchas curvas y muy armoniosa.

No parecía tener ningún tipo de complejo por el número que marcase la báscula cuando ella estaba encima.

Hacía bien, porque era una mujer impresionante.

Lucía un triquini precioso, que aún resaltaba más sus formas.

No iba maquillada y me pareció guapísima.

—Eso espero, porque la cama supletoria es muy incómoda y no he podido descansar casi nada. —Me recosté en la tumbona y cerré los ojos. Estaba muy a gusto, si me descuidaba era capaz de quedarme dormida allí. El madrugón de esa mañana me había dejado agotada.

—¿Habéis visto a ese pedazo de hombre? —Blanca había salido de la piscina expresamente para que reparásemos en él, y tuve que abrir los ojos.

Sonreí al verlo. Era el rubiazo surfero con el que mi hermana ya me veía casada.

Al encontrármelo de nuevo, en bañador, con su casi metro noventa de estatura y su cuerpo fibroso, aún me pareció más impresionante.

—Yo es que no soy muy de rubios. —Tania se giró a beber de su copa, un martini blanco que le acababa de traer la camarera, y Blanca y yo la miramos como si se acabase de convertir en extraterrestre y le asomasen las antenas.

—¿No te parece atractivo? —preguntó Blanca.

—¿Solo porque es rubio? —pregunté yo.

—La verdad, no es mi tipo de tío, sin más. No me parece para tanto.

¿Para tanto? Para tanto como para ser el hombre más guapo de la Tierra, pues seguramente no.

Pero para que se le reconozca al chaval que está más bueno que el pan tostadito y recién hecho, pues para eso seguramente sí.

¿Cuál sería su tipo de tío…? Igual alguno lleno de tatuajes, o barbudo, o con el pelo rapado.

Alguien muy distinto al Thor que se nos había plantado delante.

Yo no es que tuviese un tipo establecido de tío. Algunos chicos me parecían atractivos y otros no. Pero desde luego lo más importante para mí no era precisamente el color de pelo, eso era lo de menos, en realidad.

Empezaba a apretar mucho el calor, así que animé a Blanca a volver al agua y me metí con ella. Tania era más de torrarse al sol y no acercarse al agua ni aunque le ardiese la piel.

La piscina era muy grande y no estaba demasiado masificada, así que disfruté mucho nadando y buceando.

De repente, a través de mis gafas de bucear vi a una persona hundirse delante de mí.

Las burbujas que formó no me dejaron comprobar quién era hasta que ambos salimos del agua y reconocí al guapo surfero.

—Perdona, he saltado de bomba y no me había dado cuenta de que tú estabas buceando tan cerca. Espero no haberte asustado.

—No, tranquilo. No pasa nada. —Me quité las gafas y sonreí al chico mientras él movía el pelo para despegarlo de la cabeza y soltaba gotitas hacia ambos lados, como si fuese el modelo de un anuncio de champú.

Yo también traté de adecentarme el cabello dándole un poco de volumen; recién salida de la piscina podía parecer un perro mojado, y no era plan.

—Soy Héctor —me dijo cuando ambos nos quedamos mirándonos sin saber qué decir.

Héctor. Tenía nombre de guerrero. A ese también le pegaba el nombre.

—Yo me llamo Paula.

Se acercó a darme dos besos y yo le devolví el gesto. Estábamos mojados, pero pude sentir sus labios suaves sobre mi mejilla.

—Está chulo el barco. ¿Verdad? —Me sonrió con timidez y me quedé observando los dos hoyuelos que se le formaban a ambos lados de las mejillas.

—Es una pasada. Nunca había estado en un crucero y me está pareciendo una forma genial de viajar.

—Y eso que solo acaba de empezar. Tengo ganas de bajar a visitar lugares, sobre todo, playas.

—Ya ves. ¡Me apetece muchísimo! Estoy deseando ver las islas griegas.

Nos dejarán tiempo para disfrutar en la playa, ¿verdad?

—No es que estuviese haciendo una pregunta muy inteligente, sabía cómo funcionaba un crucero, aunque no hubiese estado nunca en uno, pero me estaba gustando hablar con él y no quería cortar la conversación.

—Sí, seguro. Lo que no sé es si nos dejarán el día entero o solo la mañana… No tengo ni idea de cómo está organizado esto.

—No pasa nada, aprovecharemos el tiempo que nos dejen. — Le sonreí, y él me devolvió la sonrisa. Otra vez esos hoyuelos…—. Yo solo quiero sentir la arena caliente sobre mi piel y relajarme mirando el mar. Lo necesito.

—Pues yo me apunto a ese plan. Si me ponen en la mano una cerveza bien fría y sigo con tan buena compañía como en este momento, me consideraré en el paraíso. —Madre mía, pero ¡qué mono! La buena compañía era yo. Sonreí como una pardilla.

El ambiente tan estupendo que tenía con Héctor se estropeó de golpe cuando miré hacia las tumbonas y reparé en que había alguien acostado en la mía.

Me pareció extraño: con mi toalla encima, no era probable que alguien me hubiese quitado el sitio.

No distinguía quién era, pero estaba hablando con Tania y ella se reía a carcajadas. Decidí acercarme para verlo mejor.

—Me tengo que marchar, pero nos vemos por aquí, ¿vale?

Héctor asintió, me dio la sensación de que no le hacía gracia que me fuese, que a él también le estaba gustando hablar conmigo, pero fue solo una impresión.

Enseguida se colocó las gafas de bucear, se zambulló en el agua y se puso a dar brazadas.

¡Qué bien nadaba! Parecía más él el socorrista que el chico delgaducho que nos miraba desde una silla con un silbato, un bañador rojo y una camiseta blanca con letras rojas que aseguraba que el verdadero socorrista era él.

Me fui alterando conforme me acercaba a mi tumbona y reconocí que el que estaba disfrutando de ella era Álex. La rabia me invadía por momentos y traté de calmarme para no formar un espectáculo delante de Tania.

—¿Qué estás haciendo en mi hamaca? —pregunté con hostilidad, interrumpiendo la conversación distendida y risueña que mantenían Tania y él. Los dos se giraron a la vez para mirarme.

—Están todas ocupadas. —Me giré y comprobé que era cierto, no había ninguna tumbona libre, pero la verdad es que ese no era mi problema—.

He visto tus cosas por aquí y a ti en el agua, y a esta chica tan guapa aburrida porque tú estabas tonteando a tope con el rubiete, y he pensado: pues me tumbo aquí y así charlamos ella y yo un rato.

Miró a Tania, que parecía encantada de la vida.

Yo me quedé observando al caradura de Álex, que sonreía bajo sus gafas de sol y parecía un chiquillo, con una camiseta informal, un bañador verde y unas chanclas Havaianas que dejaban ver sus pies.

Al haberlo visto hasta ese momento solo con chinos y camisa, me pareció casi otra persona.

—Bueno, pues ya he vuelto y me quiero tumbar, así que márchate.

Una camarera se acercó a él y colocó a su lado una cerveza. El tío estaba en el puto paraíso, hasta se había pedido algo de beber, y yo ahí, de pie, con el agua chorreándome, contemplándolo como una imbécil.

—Es tu compañero de habitación, ¿no, Paula?

Vosotros ya tenéis confianza. —No entendí lo que Tania quiso decir con eso, ¿teníamos confianza para qué?

, ¿para ponernos los dos en una misma tumbona?

¿O para que yo le partiese la cara y él se marchase volando de allí?

—. Corre, Álex, coge esa que se acaba de quedar libre y ponte a nuestro lado.

Él se levantó como un resorte ante las palabras de Tania, que parecía superinteresada en que mi pesadilla particular se acoplase con nosotras, y yo aproveché para recuperar mi tumbona.

Cruzó al otro lado de la piscina para agarrar la hamaca libre, que cogió como si no pesase nada, y vino hacia nosotras la mar de risueño.

Tania se movió para dejar un hueco entre ella y yo, y el caradura se plantó ahí tan contento.

No me podía creer que se estuviese acoplando de esa forma.

Al poco salió Blanca del agua y se acercó a nosotros.

Se quedó de pie ante los tres, mirando a Álex con curiosidad, quizá preguntándose, como lo hacía yo, qué pintaba él ahí.

—Mira, Blanqui, este es Álex. Es el compañero de habitación de Paula y es muy majo.

Yo miré a Tania con expresión de cabreo y Álex me miró a mí con cara de estar pasándoselo en grande, y así es como tuvimos que compartir, además de la habitación, toda la puñetera mañana.