Capítulo 10
Un poco antes de las siete de la mañana abrí los ojos. No podía dormir más. Me hacía pis y me dolía la espalda, y no podía seguir por más tiempo tumbada en la cama de los horrores.
Abrí las cortinas de la habitación con toda la intención de despertar a Álex, y lo conseguí.
Lo escuché gruñir, pero no le contesté. Me puse a pasear y a canturrear por la habitación como si estuviese tan contenta. No era la realidad, pero mi canturreo era molesto de narices, me lo había dicho casi todo el mundo que me conocía y con el que había tenido la confianza para canturrear.
—¿Qué hora es? ¿Qué estás haciendo? —Su tono volvía a ser el del gruñón de la cerveza derramada—. Joder, si no son ni las siete, pero ¿tú estás loca, tía? Que estoy de vacaciones…
—Es la hora de levantarse e ir a averiguar qué habitación te dan; de hacer las maletas y que te pires…
—Te veo muy convencida de que el que se va a marchar soy yo, y no tengo ninguna intención, la verdad. Me gusta esta habitación, las vistas son increíbles y esta cama es comodísima. —El tío sabía cómo tocar a una los ovarios bien tocados.
—Eres insufrible, ¿nunca te lo han dicho? —le pregunté mientras estiraba las sábanas de mi cama con fuerza para desahogarme de alguna forma.
—Si quieres túmbate aquí un rato, te sentará bien y así estiras la espalda. Esa cama en la que has dormido tiene pinta de ser incomodísima.
—No lo sabes tú bien. Gracias por dormirte sin preocuparte en absoluto por dónde acababa yo.
—Mujer, en el suelo sabía que no ibas a dormir —me dijo Álex mientras bostezaba y se revolvía el pelo—. Recuerda que te ofrecí que durmiésemos juntos, pero eres una cabezota, Paulita. Si me he puesto pantalones y todo. ¡Ese detalle no lo valoras!
Álex se había sentado sobre la cama y yo, aunque no quería hacerlo, no pude evitar que se me fuesen los ojos hacia el cuerpazo que tenía.
Estaba delgado pero fuerte y tenía los músculos, tanto de los brazos como del abdomen, bastante marcados.
El tío echaba horas en el gimnasio, de eso no había duda, o quizá no hacía nada y era su estupenda constitución, y eso me habría hecho odiarlo aún más.
No hacía tanto calor como para tener que ir con el torso al aire, aunque, al verlo, a mí sí que me entró un poco de sofoco.
—¿A ti te parecería normal que yo me pasease por aquí sin camiseta? —pregunté, y al segundo reparé en que mi pregunta le iba a parecer absurda.
—Me parecería normal y también recomendable.
Vamos, que lo puedes hacer sin problema.
—Sonrió de medio lado y me miró de arriba abajo.
Lo hizo pausadamente, recreándose en cada parte de mi cuerpo.
Aunque llevaba puesto un pijama, me dieron ganas de taparme con algo más, como si él fuese capaz de ver lo que había debajo de la ropa con su visión de rayos atraviesapijamas.
Y, además, parecía que le gustaba bastante lo que veía, o igual era de los que se despertaba pidiendo guerra y cualquier cosa la parecía una provocación.
Hubo una época en la que me consideraba una mujer deseable.
Obviando aquellos años horrorosos del final de la niñez y el principio de la adolescencia donde habría estado justificado que me pasease por el mundo con una careta porque el acné se cebó conmigo, el resto de mi vida siempre había sido alguien que gustaba a los demás.
No era la más ligona de la clase, pero tenía mi público.
Más que guapa era atractiva: pequeña pero armoniosa, ojos marrones y pelo liso.
Con bastantes curvas, labios gorditos y unas pestañas muy largas.
De eso estaba orgullosa. Sin embargo, mi autoestima había bajado bastante tras el paso de Darío por mi vida porque a él siempre lo vi demasiado para mí.
Tenía un carácter arrollador, era tan gracioso y guapo…
Yo era demasiado normal para él: una chica sencilla, a la que había que entretenerse en conocer, que no llenaba la habitación con su presencia cuando entraba en algún sitio, como hacía él, que acaparaba todas las miradas.
Me gustó la forma en la que me observó Álex, porque hacía tiempo que nadie me miraba así, con toda su atención puesta en mí, como si fuese importante, alguien digno de admirar…
—No me parece que tengamos tanta confianza… —me ruboricé, porque él aún no había detenido su escaneo y me sentía un poco incómoda.
—Mira, es que yo siempre duermo desnudo, hasta en invierno, y no sabía que iba a tener una compañera de habitación.
Estaremos de acuerdo en que eso no estaba planeado.
—En ese punto tuve que asentir—. No tengo pijamas porque no los uso.
Suerte que tenía estos pantalones de deporte.
Los había traído por si me animaba a ir al gimnasio.
Pero si te molesta me pongo una camiseta.
Se levantó y se puso a rebuscar en la maleta.
—Bueno, tranquilo, no pasa nada. Además, me marcho ya.
Él cerró la maleta y sonrió. En realidad, me daba igual si llevaba camiseta o no.
Estaba buenísimo, al menos me alegraba la vista.
Pero siempre decía algo que me molestaba y mi actitud hacia él no podía ser otra que criticar todo lo que hiciese.
Era lo que provocaba en mí. Y también me ponía nerviosa.
No sabía por dónde me iba a salir y me encontraba en tensión a su lado.
—Pues, si no te importa… —Se acercó a la ventana y volvió a cerrar las cortinas—. Por aquí uno que va a volver a la cama un rato más. Espero que no te moleste.
—No, claro, haz lo que quieras.
Me metí en el baño y me puse un bikini y encima de él dejé caer un vestido suelto.
Cuando salí, Álex parecía haberse vuelto a dormir e intenté no hacer ruido.
Tenía cara de bueno cuando dormía, se le relajaba el gesto y parecía otra persona.
Me quedé unos segundos plantada delante de él, mirándolo, pero hizo un ruido y me precipité hacia la puerta.
Solo faltaba que me pillase observándole dormir.
Salí de la habitación y organicé en mi mente el día que tenía por delante.
Iría a desayunar y volvería a preguntar por la habitación.
Después, me acercaría a la piscina, esperaba coincidir con Blanca y Tania, y ojalá tuviésemos el mismo buen rollo de la noche anterior.
Había vuelto a salir un día espectacular y crucé los dedos para que no se estropease el tiempo cuando llegásemos a Grecia.
Allí quería aprovechar para hacer excursiones por las islas y ponerme morena.
Quizá hasta me soltase la melena y los pechos para hacer toples.
Allí no había nadie que me conociese…, excepto Álex.
Me lo imaginé en una de las islas, vestido solo con el bañador y mirándome como había hecho en la habitación y me puse nerviosa.
La falta de sexo de la era pos-Darío me estaba afectando hasta en el sentido común.
Arranqué esos pensamientos de mi cerebro y me marché hacia el comedor.
Me pedí un café con hielo para despejarme y que mi temperatura bajase unos cuantos grados.