Capítulo 9
Cuando Álex salió del aseo era yo la que miraba la tele sentada sobre la cama.
No le silbé, pero estaba realmente atractivo.
Por supuesto, tampoco se lo dije, porque era lo que le faltaba al flipado ese, que le diesen más alas.
Llevaba aún el pelo mojado, se había cambiado los chinos por otros de color crema y llevaba una camisa blanca cuello mao y un cinturón marrón.
No era un tipo de cuello que a mí me gustase en las camisas, pero a él le quedaba muy bien.
Se había echado colonia y olía de muerte.
—¿Me estás esperando para ir a cenar? Te lo digo porque lo nuestro está yendo demasiado deprisa y creo que me estoy agobiando. —Levantó la comisura de los labios, aguantando la risa.
No pude evitar sonreír. Era idiota, pero tenía su gracia.
—No te estoy esperando. Estaba haciendo tiempo para la cena, me parecía que era muy pronto.
—Horario europeo. Podemos cenar a las nueve de la noche, así luego nos da tiempo a tomarnos alguna copa antes de volver a la habitación.
¿Estaba insinuando algo? Ese tipo iba apañado si pensaba que iba a ir de copas con él. Ni siquiera pretendía cenar a su lado. Nos habían obligado a compartir habitación, pero nada más.
—Yo cenaré por mi cuenta. No somos amigos que van de cenita juntos.
Me levanté de la cama y me dirigí hacia la puerta. Lo mejor sería picar algo pronto y marcharme a dormir. La cama supletoria seguía sin aparecer, pero esperaba que la montasen en nuestra ausencia y que, al volver, estuviese lista.
—Vale, tú mandas. —Hizo una especie de saludo militar poniéndose la mano en la frente—.
Una pregunta… —Estaba a punto de abrir la puerta cuando escuché esto—.
Si alguien trae compañía a la habitación, ¿cómo avisa al otro?
Por mí no hay problema, me duermo hasta con dos gorilas zumbando a mi lado, pero no sé cómo eres tú de escrupulosa…
No podía creer lo que escuchaban mis oídos, pero Álex siguió hablando como si nada:
—Podríamos dejar algún calcetín en la puerta y así el otro pilla la indirecta y se va a dar una vuelta.
Yo intentaré ser rápido, aunque no prometo nada, tengo mucho aguante…
—dijo eso como si tal cosa, como si me estuviese hablando del tiempo.
¿Ese tío estaba bien de la cabeza? ¿O me estaba vacilando?
No sabía por dónde pillarlo. Prefería su versión de amargado a esa de chulo de playa.
—No pienso contestar a eso, espero que estés bromeando.
Lo escuché reír bien fuerte mientras cerraba la puerta y me dirigía hacia el comedor. ¡Qué tipo más odioso!
No había demasiada gente en el restaurante cuando llegué.
Estaba organizado como bufet libre y la verdad es que toda la comida tenía una pinta increíble.
Había una zona con ingredientes de ensalada, otra con fiambres —incluida una mesa entera de quesos, que a mí me volvían loca— y muchos platos calientes: pasta, pizza , pescado, verduras, distintos tipos de carne, patatas fritas…
En fin, que no faltaba de nada. Pedí una botella de agua y me levanté a curiosear de cerca la comida.
Los bufets me estresaban porque era bastante indecisa y en ese tipo de cena se abrían ante mí demasiadas opciones.
Cuando me senté, con mi primer plato de ensalada preparado, me topé de frente con Álex, que me sonrió desde la mesa de al lado.
Me saludó como si fuésemos viejos amigos y aquello fuese una divertida casualidad.
Yo temí que se hubiese colocado justo delante porque le gustaba tomarme el pelo y también tocarme las narices.
Álex no tenía mi problema de indecisión sobre qué elegir para cenar.
Más bien parecía que había decidido coger un poco de todo en varios platos sobre la mesa.
Me centré en comer la ensalada con calma, aunque me resultaba algo incómodo notar su mirada clavada en mí.
De vez en cuando me hacía algún gesto en referencia a su comida, pero no le hice mucho caso.
No me apetecía alzar la voz de una mesa a la otra.
También se levantaba constantemente a ponerse más cantidad, ¡qué barbaridad lo que comía ese chico!
Debía de tener la solitaria. En cada paseo que se daba por el comedor, acaparando bastantes miradas, hablaba con alguien.
No sabía lo que les diría, pero le sonreían y le contestaban como si les pareciese agradable.
Se ve que las borderías las guardaba solo para mí.
Se volvió a sentar en la mesa, aunque dejó de mirarme y de comunicarse conmigo porque se entretuvo de otra forma.
Había terminado de cenar, pero no se marchaba.
Una camarera rubia y joven le rellenó la copa de vino mientras se reía con las tonterías que le estaba contando.
Pese a estar sentada cerca, Álex hablaba bajito y no llegaba a entender lo que decía, pero sí que pude observar el lenguaje corporal de la muchacha, entre otras cosas porque los tenía a ambos justo delante de mis narices, y me percaté de que estaba tonteando con él.
Sonreía muchísimo, se inclinaba hacia delante y no paraba de tocarse el pelo.
Álex le debió de sugerir que se sirviese también una copa, pero ella negó con la cabeza, me imaginé que alegando que estaba trabajando.
—Quizá te animes mañana y podamos tomar algo juntos. Voy a estar por aquí unos días —bromeó él. Esto sí que pude escucharlo. Ella le sonrió embelesada.
Me levanté de mi mesa un poco molesta. No sabía el motivo, pero lo estaba. Supuse que sería porque el tipo era un rompecorazones, como Darío, y me afectaba que la gente, en especial las mujeres, no se diesen cuenta.
Me vendría bien caminar un rato por la cubierta.
Había una luna grande y hermosa en lo alto del cielo y el ambiente estaba tranquilo para las horas que eran.
Los que no estaban cenando ya debían de estar en sus habitaciones preparándose para ello.
Unos carteles anunciaban que esa noche habría un espectáculo de magia en el teatro, pero no era un plan que me apeteciese en absoluto.
No me gustaban los magos. Saber que todo lo que hacían, por impresionante que pareciese, tenía un truco, para mí le quitaba toda la gracia.
Lo consideraba un entretenimiento solo recomendable para críos.
Ellos aún tenían esa ingenuidad que nosotros habíamos perdido o nos habían arrebatado.
Continué paseando, esta vez más cerca de la piscina, y me dirigí hacia unas mesas que habían colocado en la terraza.
Sonaba una música de ambiente bastante agradable, así que me senté y pedí una copa.
Había un par de chicas en la mesa de al lado y enseguida entablaron conversación conmigo.
Se llamaban Tania y Blanca, y eran amigas.
Las dos estaban solteras en ese momento, se habían animado a ir juntas de vacaciones y sí que confiaban en conocer a alguien interesante en el crucero.
Yo les dije que, si todos los tíos que había allí se parecían a mi compañero de habitación, estaban apañadas.
Les tuve que explicar entonces el lío del cuarto, que nos habían dado el mismo camarote a los dos por error y nos habíamos visto obligados a compartirlo, aunque no nos conociésemos de nada.
—Error del sistema. No hemos conseguido que nos aclaren nada más. Solo nos han dicho que esto no había pasado nunca y que nos compensarán de alguna forma.
—Vaya movida. No lo veo normal, tenéis que quejaros. No hay derecho a lo que os han hecho, este viaje cuesta una pasta… —dijo Tania, que se solidarizó en exceso con la causa. Yo no sabía lo que costaba, pero me imaginaba que barato no sería. El barco era precioso y todo estaba muy cuidado.
—¿Está bueno? Me refiero a tu compañero de habitación…
—Blanca sonreía divertida. Al parecer, después de varias copas y un buen rato de charla, ya íbamos cogiendo confianza para hacer ese tipo de preguntas—.
A ver si en lugar de quejaros tenéis que dar las gracias.
A vosotros sí que os han preparado unas citas curiosas, mucho más eficaces que las citas rápidas.
Las dos se rieron.
—A mí es que me cayó mal desde el principio, entonces, aunque sea guapo, y reconozco que lo es… —Tania y Blanca se miraron y sonrieron, como si fuesen dos quinceañeras—, lo pierde todo cuando habla. Yo solo lo he visto en modo enfadado o vacilón, y no sé en cuál de las dos actitudes me cae peor.
—Puf, ¡qué pereza de tío! —dijo Tania.
—Ya te digo. Y qué lástima, porque si el chico hubiese sido simpático y guapo menuda envidia nos ibas a dar, reina.
Sonreí con el comentario de Blanca. A Álex debían de estar pitándole los oídos donde quiera que estuviese, pero yo no había dicho más que verdades.
Y sí, habría estado genial que él fuese el compañero perfecto, pero no lo era y yo estaba deseando que nos diesen una solución y quedarme sola en la habitación.
Cuando miré el reloj, habían pasado tres horas y empezaba a notar los efectos del alcohol en mi cuerpo.
El tiempo se me había pasado rapidísimo.
Quedamos en buscarnos al día siguiente en la piscina y charlar otro rato.
Parecían agradables y me alegró haberlas conocido.
Al final me iba a llevar cosas buenas de ese viaje.
Me dirigí hacia el camarote muy contenta.
Aunque no pretendía hacer amigas o conocer gente allí, tampoco me cerraba a ampliar mi círculo.
Además, eran de Barcelona, como yo, y eso significaba que podríamos continuar la amistad a la vuelta.
Como ya sabéis, no me iba a venir nada mal tener amigas nuevas.
No conservaba ninguna desde mi relación con Darío.
Ahora mismo solo contaba con mi hermana Carlota y ella tenía su vida, a su novio y no estaba en el mismo momento vital que yo. Ella estaba bastante más asentada.
Mientras me imaginaba paseando por la ciudad con mis nuevas amigas y saliendo de fiesta juntas, llegué a mi camarote.
Abrí con cuidado y me encontré la habitación en silencio.
El perfume de Álex había invadido toda la estancia.
Olía fenomenal. Encendí las luces pensando que él no habría llegado aún, pero me equivocaba.
Ahí estaba, durmiendo tumbado sobre la cama y ocupándola por completo, vestido solo con un pantalón deportivo.
Al menos no estaba desnudo. Continué moviéndome por el cuarto con las luces encendidas, pero no parecía que la luz molestase en absoluto al bello durmiente.
A los pies de la cama grande estaba ahora la supletoria. Me puse el pijama, me lavé los dientes y me acosté. Los muelles de aquel invento chirriaban. Álex no se lo había pensado dos veces a la hora de dejarme a mí el colchón chungo. ¡Menudo tipejo! Recordé las palabras de Blanca:
Si hubiese sido simpático y guapo…
Pero no lo era. Era un egoísta interesado y al día siguiente se lo pensaba explicar.
Si era capaz de moverme, claro, y la cama no me había engullido cuando amaneciese.
Los muelles chirriaban si cambiaba de posición y me hundía con cada movimiento.
La noche se me iba a hacer dura y muy larga.
Observé a Álex, que estaba comodísimo, con los brazos y las piernas estirados y respiraba tranquilo. Lo odié con toda mi alma.