Amor por la borda Capítulo 8
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Capítulo 8

Me metí en el cuarto de baño y me di una ducha que me sentó fenomenal, aunque mucho más rápido de lo que me habría gustado, porque no se me olvidaba que no estaba sola en la habitación.

Al terminar, me envolví el cuerpo con una toalla y con otra, más pequeña, me recogí el pelo.

Me miré en el espejo y froté alguna mancha negra que había dejado el rímel en mi piel.

Después me sequé el cuerpo con la toalla y, cuando fui a ponerme la ropa interior, me di cuenta de que no la había cogido.

Bueno, ni interior ni exterior. Lo había dejado todo fuera.

Mierda, mierda, mierda, tendría que salir con la toalla enrollada al cuerpo y, aunque en realidad Álex —tenía que empezar a llamarlo así— no iba a ver nada de nada, no me apetecía salir de esa guisa delante de él. Ya me esperaba alguna de sus bromas o comentarios molestos y no tenía ninguna gana.

Asomé mi cabecita por la puerta con discreción.

—Voy a tener que salir a por mi ropa, se me ha olvidado cogerla.

Álex asintió sin prestarme atención. Miraba algo en la tele y estaba concentrado.

Seguía exactamente en la misma postura en la que lo había dejado, si bien ahora se le veía más el calzoncillo.

Al estar tumbado, se le había bajado un poco el pantalón.

No se lo podía reprochar, estábamos de vacaciones y tendríamos que intentar estar cómodos, pese a esa convivencia forzosa en la que nos habíamos visto envueltos.

Sin embargo, yo no estaba cómoda tapada solo con una toalla, así que salí lo más rápido que pude y me coloqué frente a la cama para buscar algo que ponerme.

Lo que más vergüenza me daba era elegir mi ropa interior, que estaba desperdigada por la cama como el resto de mis cosas.

Cogí un sujetador color crema y unas braguitas sin costuras también claritas. Eran las que más a gusto llevaba.

—Eso de las bragas sin costuras son la hostia para vosotras, ¿no? Más cómodas y tal.

—Supongo.

Álex debía de tener un ojo lateral, porque no había dejado de mirar la tele y, sin embargo, estaba al tanto de las bragas que yo cogía o dejaba de coger, y, encima, parecía querer comentarlo. Yo no tenía ninguna intención.

—Mi exnovia llevaba de esas. Aunque yo soy más de tangas, como ese negrito de antes. —Me sonrió y noté que me ponía muy roja.

—Bueno, pues tú ponte tanga y deja a las demás que hagan lo que quieran —lo vacilé.

Álex se rio.

—Me refería a que me gustaba más cuando Amanda se ponía tanga que las bragas cómodas esas. Yo no uso tangas, aunque no lo descarto para el futuro. —Me guiñó un ojo—. ¿Te vas a poner eso?

Acababa de coger un vestido arreglado, y Álex, que ahora sí estaba mirando en mi dirección, puso cara de extrañeza.

—Sí, ¿algún problema? —Menudo metomentodo era el colega.

—No, mujer. Es muy bonito, te lo preguntaba por si te lo querías guardar para la cena del capitán. Hay que vestirse de gala en esa ocasión.

—He traído más vestidos elegantes… —Volví a colgarlo en el armario porque, sí, era el más arreglado que tenía. Pensaba que la cena del capitán era esa noche y por eso me lo pensaba poner. Pero el listillo sabía más que yo.

—Ah, pues tienes razón. Lo que veas.

—¿Cuándo es la cena del capitán? —pregunté mientras cogía una falda de seda y una camiseta blanca.

—Nos avisarán unos días antes. Suele ser a mitad del trayecto.

—Y tú, ¿cómo estás tan enterado? En el folleto informativo que me dio mi hermana no especificaban cuándo sería la cena ni ninguna otra actividad.

—Nos han dejado un panfleto en la almohada con toda la programación.

—Y tú te lo has quedado porque eres un listo.

—Toma, todo tuyo. —Me lo lanzó—. Yo ya me lo sé de memoria, es la cuarta vez que vengo. —Abrí los ojos como platos.

—¿A un crucero para buscar el amor? Por lo visto, se te está resistiendo encontrarlo por este método, quizás deberías plantearte otro —me cachondeé.

—¿Tú has venido a eso? —me preguntó—. Porque te aseguro que es complicado que aquí encuentres el amor.

—No, yo he venido porque me han obligado. —Él me miró fijamente esperando que le contase más—. Una larga historia —resumí. No pensaba contarle a ese tío mis penurias, seguro que las utilizaba como arma arrojadiza a la primera oportunidad.

—A mí me regalan este viaje en el trabajo. Tienen un acuerdo con la agencia de los cruceros y cada año regalan un viaje al mejor vendedor. No hace falta que comente que soy el que más vende de la empresa.

Menudo flipado.

»Podría ir a un crucero normal, pero siempre es más divertido este con el rollo de las citas rápidas, y las chicas que vienen están más abiertas a conocer gente. Tú ya me entiendes.

Lo que entendía era que el ligón ese de poca monta iba todos los años a pasarse por la piedra a medio barco y, por la sonrisa socarrona que ponía, me dio la sensación de que lo conseguía.

Me di cuenta de que seguía plantada delante de él con la toalla, así que cogí mi ropa de un manotazo y me volví a encerrar en el baño. Cuando salí con el pelo seco, vestida y maquillada, escuché a Álex silbar impresionado. Aunque se suponía que era un halago, me molestó.

—No me silbes como a un perro.

Él me miró sorprendido.

—Era de buen rollo, tía.

—Ay, es que tampoco soy tu tía.

—Te da rabia todo lo que digo, ¿no?

—Pues eso parece.

—Me voy a la ducha.

Cogió unos calzoncillos —que yo no comenté, porque soy una persona educada que no habla de la ropa interior de los desconocidos—, unos calcetines, pantalón y camisa y se metió en el baño.

Cuando empecé a escuchar su voz debajo del chorro de la ducha, destrozando una canción que no llegué ni a reconocer, me dieron ganas de gritar. ¡Qué largo se me iba a hacer ese viaje!