Amor por la borda Capítulo 7
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Capítulo 7

—Es rarísimo. El sistema os ha dado a los dos la misma habitación. —Una morena demasiado maquillada miraba la pantalla de su ordenador con la misma cara que pondría un niño de seis años ante una ecuación de tercer grado—. Esto no ha pasado nunca, ¿sabéis?

Ella parecía pensar en algo —con un poco de suerte en el asunto de la habitación— mientras observaba sus uñas, que, por cierto, eran larguísimas. Yo le lancé al amargado una mirada que se podía interpretar como: «¿Esta chica es boba?». Y él puso los ojos en blanco, mostrando su exasperación.

—Me imagino que lo del crucero del amor no es porque metéis a un chico y a una chica a compartir habitación sin previo aviso para que se enamoren. ¿Verdad?

La morena, que, según el cartelito de su chaqueta, se llamaba Catalina, se rio como si lo que hubiese dicho el amargado fuese lo más divertido que hubiese escuchado en años.

—No, esto es claramente un error del sistema. —Catalina dijo esto mientras negaba con la cabeza, y no añadió nada más.

—¿Y bien? —pregunté yo— ¿Cómo lo vais a resolver?

Esto se estaba dilatando en exceso y yo estaba deseando que nos diesen una solución para que el amargado despejase mi habitación y poder darme una ducha tranquila.

—Voy a tener que hablar con algún superior porque no sé cómo podemos solucionar esto. El barco está completo.

—Completo, excepto por alguna habitación donde podáis meter a este tío, ¿no? —respondí, agobiada.

El amargado estuvo rápido al intervenir:

—Ella es la que se tiene que marchar. A mí me diste la 202, preciosa.

—Aunque a mí me entraron ganas de vomitar la escasa comida que tenía en el cuerpo, a Catalina le encantó el piropo del hortera del amargado.

Aun así, ella se encogió de hombros y continuó con su cara de no saber resolver su ecuación.

—A mí también me dio la 202. ¿Aún no te has enterado? ¡Fallo del sistema! —le chillé, porque el tipo me estaba exasperando. Me resultaba muy molesto.

—Cuando digo «completo» me refiero a que no queda ni un camarote libre.

—Catalina movía el ratón del ordenador, supongo que buscando esa habitación libre que el sistema estuviese ocultando.

Negó con la cabeza en señal de rendición—: Os llamarán para compensaros, se les ocurrirá algo, os harán una rebaja en el precio…

—¡Yo no he pagado este viaje! ¡Me lo ha regalado mi familia! Me da igual la rebaja, ¿entiendes? Y no pienso compartir habitación con un desconocido que, además, es muy desagradable.

—¿Desagradable yo? Ya entiendo por qué te ha regalado tu familia un viaje a ti sola. Querían descansar unos días de tu compañía. —Le eché una mirada de puro odio—. Mira, Catalina, búscanos una solución ya, por favor.

—Os podemos poner otra cama…

—No queremos otra cama. Queremos dos habitaciones —contesté tajante a Catalina, que parecía bastante agobiada porque habíamos formado cola y la gente estaba escuchando toda nuestra conversación—.

Pero ¿qué vergüenza de crucero es este? ¿Esto es un programa de cámara oculta? , porque yo no le veo la gracia.

—Vamos a tranquilizarnos todos —nos pidió Catalina—.

Voy a llamar a mis superiores para ver cómo lo podemos resolver.

Es posible que en alguna parada se baje alguien, aunque no es lo habitual…

—Catalina no tenía precio gestionando las crisis.

Ya había dejado de mirar el ordenador sin darnos ninguna solución y yo ya no sabía qué más decir.

Comenzaba a darme cuenta de que, por más que insistiese, no iban a darnos otra habitación—.

Mañana podré deciros algo. Lo siento muchísimo. Esto no nos había pasado nunca.

—Vaya, pues qué suerte hemos tenido —se quejó el amargado, haciendo honor a su apodo.

—¿Y qué hacemos esta noche?

—Las tumbonas de la piscina no tienen mala pinta, y así te aseguras un sitio mañana. ¿Acaso hay un plan mejor que dormir bajo la luz de la luna? —me preguntó el sinvergüenza.

—Pues te vas a dormir tú allí o te acuestas en el suelo. Esta mujer te deja un almohadón y listo. —Estaba furiosa. De todos los pasajeros del crucero, me tenía que tocar a mí compartir habitación y, además, con el tío más imbécil de todo el barco.

—Mi compañero os pondrá una cama supletoria y trataremos de resolverlo de la mejor forma lo antes posible —nos explicó Catalina en tono conciliador, como si se dirigiese a dos críos que no paran de pelear. Era lo que parecíamos, la verdad.

—Bueno, pues nada, me parece que nos quedamos igual.

El amargado y yo nos retiramos del mostrador y una señora que resoplaba alterada ocupó nuestro lugar.

Llevábamos más de un cuarto de hora acaparando a Catalina y había más gente que quería preguntarle cosas.

Aunque seguro que sus tonterías no eran comparables al problemón que teníamos ese tipo y yo.

Quizá solo querían que les proporcionase la clave del wifi, ella se la daría y no tendrían que saber cómo huelen los pies de un desconocido.

En el camino de vuelta al camarote, apenas cruzamos palabra.

Yo iba mirando hacia abajo, como si el suelo fuese de lo más interesante y, la verdad, no sé qué estaba haciendo él porque, como os he dicho, no levanté la cabeza.

Pero sí que pude reparar en sus zapatos, unos mocasines de color azul marino que me gustaron.

Los llevaba con unos chinos del mismo color que le sentaban francamente bien y con la camisa blanca bañada en cerveza, que, en ese momento, ya se le había secado.

El chico tenía buen gusto para la ropa. Darío era muy atrevido a la hora de vestir y se ponía camisas de colores y formas llamativas que, según él, le daban mucha personalidad, aunque a mí no me acababan de convencer.

Pero tengo que reconocer que, aunque no fuese la ropa que yo habría elegido para él, siempre lo encontraba guapísimo y con un estilazo impresionante.

Llegamos a la habitación y me coloqué delante del amargado para abrir la puerta. La podría haber abierto él, tenía la misma tarjeta que yo, pero me adelanté como si aquello significase que yo llevaba la delantera en esa especie de guerra que teníamos abierta.

—¿Qué quieres hacer? —me preguntó cuando los dos entramos y nos quedamos parados delante de la cama sin saber muy bien cómo actuar.

—Yo pretendía ducharme y relajarme, es lo que habría hecho si hubiese estado sola. Pero entiendo que igual tú también pretendías lo mismo…

—No, está bien, pasa tú. Me tumbaré en la cama y echaré un vistazo al móvil.

—Vale, luego hablaremos del tema de la cama. Si nos ponen una supletoria habrá que ver…No me dejó terminar la frase:

—Yo no puedo dormir en la cama supletoria. Tengo mal la espalda y es imposible que acabe en una cama de esas chungas de colchones blandengues.

No me creí en absoluto el rollo de la espalda, tenía un morro impresionante.

—¿Y qué pretendes?, ¿que duerma yo? —pregunté indignada.

—¿Por qué no?, ¿porque eres mujer y yo tengo que ser el hombre caballeroso que ceda lo mejor a la dama? Eso ya está un poco pasado de moda, ¿no crees?

—Hombre, pues la verdad…

No supe qué más decir. La verdad es que sí que esperaba que él me cediese la cama, quizá porque Darío lo habría hecho.

Pero yo no estaba ahí con Darío, estaba con ese tío que no conocía de nada y que no parecía dispuesto a hacer ningún sacrificio por mí, una mujer desconocida con la que no había parado de discutir.

—A ver, te digo una cosa. Esta cama es muy grande. Si quieres llamamos a Catalina y le decimos que nos apañamos los dos aquí, que no hace falta que traiga otra. Yo prefiero dormir solo, pero habrá que acoplarse a la situación. No me muevo mucho y tú eres muy poquita cosa.

Lo miré con cara de ofendida y enseguida rectificó. Tenía una sonrisita canalla en la cara y no supe cuál de sus dos actitudes predominantes —la de enfadado indignado o la de caradura canalla— me daba más rabia.

»Me refiero a que tienes tus curvas y todo eso, pero que no eres muy grande.

Joder, esta vez te prometo que no te quiero molestar —añadió cuando vio que mi cara de asco no mejoraba—.

Cabemos los dos a la perfección. Y, aunque de normal duermo siempre desnudo, aquí no lo voy a hacer, si tú no quieres, por respeto y todo eso.

¡Menudo sinvergüenza! Iba a tener que cambiarle el mote de «amargado» a «espabilado». Pues claro que no pensaba dormir en la misma cama con un tío al que no conocía de nada, y menos con todo su asunto al aire.

—No llames a nadie. Ya dormiré yo en la cama supletoria.

Apreté la mandíbula mientras pronunciaba esto. En realidad, no me importaba tanto la cama, yo era capaz de dormirme de pie si estaba muy cansada, pero ese tío era un espabilado y, como no estuviese atenta, me iba a tomar el pelo bien tomado.

Me dirigí a coger mi bolsa de aseo de la maleta, pero reparé en que había esparcido todo por la cama.

Tardé un poco en organizar mis cosas, localicé lo que buscaba, mi champú, mascarilla, maquillaje…

, y me dirigí al cuarto de baño. Cuando estaba a punto de cerrar la puerta tras de mí, preguntó, alzando la voz:

—Por cierto, ¿cómo te llamas?

Me giré y observé que se había descalzado, tenía la camisa sacada por fuera del pantalón y los dos primeros botones desabrochados. Estaba repantigado, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama y la cabeza sobre un brazo. Vamos, que se había puesto cómodo.

—Me llamo Paula.

—¿En serio? No me imaginaba que te llamases así. Estoy flipando. No te pega nada. —El chico parecía muy sorprendido y me dio rabia, como casi todo lo que decía. ¿Por qué motivo no me pegaba mi nombre…?

—Bueno, pues sí. Te sorprenda o no, me llamo Paula. ¿Cómo te llamas tú?

—Álex.

Asentí. No me sorprendió.

Al amargado sinvergüenza le pegaba muchísimo llamarse así.