Amor por la borda Capítulo 6
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Capítulo 6

No dejé que el encontronazo con el chico amargado me volviese a hundir.

Era curioso que el chaval tuviese tan mal humor, porque aún no parecía haber cumplido los treinta.

También es verdad que yo había estado peleona.

Después de lo que me había hecho Darío, tenía las uñas afiladas y estaba dispuesta a atacar, como si extrapolase mi odio al argentino a todos los hombres del planeta —menos a mi padre, él se libraba, pero todos los demás estaban en el punto de mira—.

Y el chico del culo bonito, además, quería pelea, parecía tener ganas de discutir.

Joder: estás bueno —por muy mal que me hubiese caído, no podía negar la evidencia—, estás sano —esto está aún por confirmar, pero tenía toda la pinta— y estás de vacaciones —esto es seguro—, deberías estar contento y tomarte las cosas con un poquito más de humor y menos dramatismo.

Vale, sí, lo mismo podía pensar él de mí, pero yo tenía una buena excusa; tenía más cuernos que un rebaño de ñus, y eso, aunque no quieras, te amarga un poco.

Continué recorriendo el barco sin pensar más en él.

Con suerte, no me lo volvería a cruzar y, si lo hacía, tampoco pensaba prestarle más atención.

Visité los comedores, que eran enormes y lujosos, la discoteca y el pub , el gimnasio y también el teatro, aunque en ese momento estaba vacío y, ya de vuelta hacia mi camarote, el peculiar sonido de las máquinas tragaperras me hizo reparar en que había un casino.

Anoté mentalmente visitarlo con tranquilidad al día siguiente, ya que a primera vista me pareció espectacular y grandísimo, al igual que el solárium, que estaba encima de la piscina, pero tampoco había podido acercarme a verlo.

—¡No me lo puedo creer! —vociferó el amargado. Tenía su maleta abierta y su ropa colocada sobre mi cama y me miraba como si yo fuese un terrible grano en la punta de su nariz el día de su graduación—. ¿Cómo has entrado? ¿Qué haces en mi cuarto?

—¿¡Qué!? Esto va al revés. ¡Eres tú el que está en mi camarote! —Ahora la que lo miró con cara de cabreo fui yo, y también le contesté con bastante hostilidad—. Mira en el armario si no me crees, yo he guardado ahí la maleta cuando he llegado.

El amargado se dirigió entonces al armario y comprobó, como era lógico, que mi Samsonite estaba dentro.

—¡Y antes he estado tumbada en la cama! —continué con mi discurso—. ¿No has notado nada raro?

—Bueno, es verdad que la cama estaba un poco deshecha, pero no pensaba poner una queja a las pobres chicas del servicio de limpieza.

—Me sorprendió que el amargado tuviese corazón.

La limpieza de su habitación no parecía importarle tanto como la de su camisa.

¡¿Qué digo de su habitación?! ¡Era la mía!

—Bueno, pues nada, te has equivocado. Márchate a buscar tu dormitorio, que estás muy cansado y todo te sale mal hoy.

—Avancé hacia la cama y él se plantó delante de mí, impidiéndome el paso—.

¿Te apartas? Me quiero tumbar ahora mismo en MI cama —remarqué el «mi» tan fuerte como si la cama la hubiese pagado yo—.

Recoge toda esta ropa y márchate, por favor.

Agarré los pantalones y camisetas que me cupieron en las manos y los lancé hacia su maleta. Yo no tenía muy buena puntería y una camiseta le golpeó en la cara —era blandita, nada serio—. Pero el hecho de que le resbalase por el rostro una prenda de ropa lo cabreó bastante.

—De eso nada. Esta es la habitación que me ha dado la chica de recepción y yo no me voy a ningún sitio. —Volvió a sacar la ropa de la maleta y la lanzó sobre la cama. Al coger la ropa a puñados, agarró también calcetines y calzoncillos y vi su ropa interior volar hasta aterrizar en la cama.

—Pues yo tampoco me marcho. —Fui directa al armario y saqué mi maleta.

La coloqué sobre el colchón, abrí la cremallera y volqué todo el contenido sobre la cama, como si fuese a ganar el premio gordo —la habitación— el que más prendas tuviese esparcidas en ese momento.

El problema era que no recordaba todo lo que había metido en la maleta —o lo que había metido mi hermana— y, cuando se desperdigaron mis tampones y me di cuenta de que mi Satisfyer había quedado a la vista del amargado, me puse colorada de la vergüenza.

—Veo que te has traído compañía. Pero menudo bajón si te viene la marea roja. ¿Estás con el síndrome premenstrual ahora mismo?, eso explicaría muchas cosas —me dijo el tipejo con una sonrisa divertida, lo cual me repateó. Ahora ya no parecía tan cabreado, verme pasar apuros le encantó.

Sus estupideces sobre asuntos hormonales me enfadaron bastante, así que reaccioné agarrando un montón de ropa y lanzándosela a la cara. Él cogió mi tanga negro al vuelo y se puso a observarlo con atención, como si fuese una pieza de colección y él estuviese realmente interesado en ella.

—No mires mi tanga. —Me acerqué a él e intenté quitárselo, pero era mucho más alto y rápido que yo. La situación era surrealista. Volvía a estar en cuarto de primaria detrás del niño que me molestaba quitándome las cosas.

—Eres tú la que me has lanzado tu tanga a la cara.

Pues ahora me lo quedo, y el rojo también.

—Se puso a rebuscar entre toda la ropa y a coger mi ropa interior para hacer no sé muy bien qué con ella.

Lo mismo pensaba venderlas por internet, la venta de bragas era un mercado en auge, según tenía entendido.

—Vamos a hablar las cosas. ¿Te parece bien?

—No contestó, pero pareció relajarse un poco—.

¿Te han dado algún papel donde ponga tu número de habitación?

—le pregunté en tono conciliador, porque, desde que había salido a la luz el contenido de mi maleta, me sentía avergonzada y con ganas de acabar cuanto antes con ese rollo territorial.

Me preocupaba que acabásemos los dos meando sobre la moqueta para marcar territorio.

Ese chico sacaba lo peor de mí, y a él parecía pasarle exactamente lo mismo conmigo.

Se acercó a la mesa, donde había dejado su cartera, y cogió un papel que tenía al lado.

—Habitación 202. Es esta, ¿no? ¿Qué te pone a ti? —Me miró con interés mientras yo sacaba de mi bolsillo el papel que me había dado la chica junto a la llave.

—En la mía también pone 202. —Levanté los hombros indicando que era incomprensible y no tenía ningún sentido.

—¡Vamos a quejarnos! —propuso.

—Sí, no nos queda otra. Pero antes suelta mis tangas.

Sonrió como si acabase de darse cuenta de que aún los llevaba en la mano y los tiró sobre la colcha. Dejamos la torre de ropa que habíamos construido y salimos del camarote directos a la recepción del barco. Por primera vez, estábamos de acuerdo en algo.