Amor por la borda Capítulo 4
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Capítulo 4

Me sentí como una niña pequeña al entrar en aquel crucero inmenso.

Como en Alicia en el País de las Maravillas cuando bebe del frasco de cristal y se encoge.

Insignificante, sola y desubicada. Me hubiese gustado que Carlota hubiese venido conmigo.

Aunque mi hermana y yo éramos muy distintas y discutíamos bastante, en ese momento prefería su agotadora compañía a mi profunda soledad.

Una soledad que, además, acompañaba de tristeza y enfado, porque no podía evitar sentirme así.

Sentía lástima de mí misma, de lo ingenua que había sido.

Me sentía estafada, engañada y también un poco rabiosa.

Y eso que, a estas alturas, tenía la teoría clara: Darío no era bueno para mí.

Estaba mejor sin él. Descubrir su infidelidad ahora era mucho mejor que hacerlo en el futuro.

Todo esto era cierto y yo lo sabía, como los que van a L a Isla de las Tentaciones y se dan un baño de realidad con el mamoneo de sus parejas; pero también era un blablablá enorme, porque, para mi desgracia, yo seguía queriéndolo.

Sencillamente por eso. Lo quería muchísimo.

Y porque, aunque tenía muchos defectos —como elegir unos regalos horribles o ser un pelín controlador—, era un hombre cariñoso con el que me sentía segura.

Darío era mi hogar. ¡Me había quedado sin hogar!

En ese momento era una vagabunda del amor y me sentía bastante perdida.

Habría sido mejor que mi hermana hubiera invertido su dinero en pagarme un psicólogo en vez de un viaje, porque mi mente no era capaz de olvidar el momento en el que había descubierto ese mensaje de Mónica en el móvil de Darío ni lo ridícula que me había sentido al intentar buscar cualquier tipo de explicación a ese cariño que envolvía sus palabras y, sobre todo, a esa peste a sexo que acompañaba su «Estoy deseando verte esta noche».

¿Qué explicación razonable podía haber? Igual la chica se había quedado a medias cuando escribía su respuesta, que en realidad era: «Estoy deseando verte esta noche y también a tu chica, a la que adoro, porque es mi mejor amiga, para pasar un rato superamistoso todos juntos sin dobles intenciones».

¡Qué idiota me sentía! Yo ahí parada delante del mensaje de texto sin lograr entender lo que significaba porque mi cerebro era incapaz de procesar lo que habría estado claro a los ojos de cualquier otro.

Sencillamente, no podía ser. Tenía que haber otra explicación menos traumática para mí.

A veces me arrepentía de haberle pedido a Darío un segundo el móvil para llamarme porque no encontraba el mío.

Había tenido su teléfono en mis manos apenas unos minutos y Mónica tenía que escribir su mensaje comprometido justamente en ese momento.

Ya, lo sé. Debería dar las gracias a alguien ahí arriba por permitir que eso pasase, pero enterarme así había sido muy duro.

Cuando le planté el móvil delante sin poder articular palabra, Darío me dijo que me lo pensaba contar, que estaba arrepentido, que no había tenido ninguna importancia, que no había sentimientos de por medio y, no me juzguéis, pero yo incluso había tratado de creerle y perdonarle.

Tras unos meses de conversaciones banales, silencios incómodos, reproches y llantos, me di cuenta de que, aunque quisiera olvidarlo, era imposible, se había cargado la confianza que había entre nosotros y eso ya no tenía solución.

Que Darío me prometiese que no volvería a ver a Mónica jamás, no era suficiente.

Lo que se nos había roto ya no se podía reparar.

Nuestra relación era un jarrón que, al caerse al suelo, se había partido en mil pedazos.

Yo había tratado de pegarlos con pegamento, pero me faltaban trozos que no encontraba por ningún sitio, ni aunque barriese a conciencia, porque se habían desintegrado.

Y, siguiendo con la metáfora del jarrón, si la pieza en cuestión es una baratija que te ha regalado una tía lejana, pues te alegras y todo, pero si es un jarrón de la dinastía Ming —o, al menos, tú te crees que lo es, aunque en realidad sea un trozo de porcelana del chino del barrio—, pues te quedas jodida.

Y así estaba yo, jodida y extrañando mi jarrón.

Intenté deshacerme de mi tristeza, aunque solo fuese por un ratito, recorriendo el barco.

Cuando me asomé por la borda y contemplé el inmenso mar, me di cuenta de que ahora que ya estaba dentro del crucero tenía dos opciones: intentar ser una nueva Paula y tratar de disfrutar de las vacaciones o dejarme llevar por la drama queen que llevaba dentro, atarme un par de plomos a los pies y lanzarme al mar.

Me agobié solo de pensarlo; con mi suerte, seguro que me rescataban, pero tarde, y me quedaba en un estado de muerte cerebral por falta de oxígeno, que yo tenía muy mala suerte.

Darío vendría a visitarme, porque siempre ha sido muy considerado y correcto, y tendría que ver cómo se compadecía de mí. Preferí quedarme con la primera opción.

Respiré hondo y el aire puro en mis pulmones me sentó bien, me quedé unos minutos mirando fijamente al horizonte sin pensar en nada y eso aún me sentó mejor.

Hacía un día buenísimo, con un sol que calentaba, pero no llegaba a quemar, y noté un bienestar que hacía tiempo que no sentía.

Después, me quedé unos minutos observando a la gente que circulaba a mi alrededor y distinguí a lo lejos al rubio del pelazo bonito.

No supe por qué, pero me gustó saber que estaba allí.

Un cuarto de hora después, decidí ir a ver cómo era mi camarote.

El personal del barco estaba por todas partes y no me costó localizar a un muchacho muy amable que me guio hasta mi habitación.

Los pasillos eran largos y estrechos, y en nuestro camino nos cruzamos con gente a la que él saludó educadamente y yo con un gesto con la cabeza.

Cuando llegamos, el chico me señaló la puerta y me sonrió, y yo me quedé dudando sobre si tenía que darle alguna propina o eso allí no se hacía.

Se fue bastante deprisa, así que no me dio tiempo ni a abrir el bolso.

Ya a solas, saqué la llave y me adentré en aquella pequeña habitación que rebosaba encanto por todas partes.

Todo era muy nuevo y moderno y la cama era enorme, quizá desproporcionada, debido al escaso tamaño que tenía la habitación.

Tenía una tele, un sofá, una mesa con una silla y una puertecita que daba paso al baño.

Pero lo que más me gustó fueron las vistas.

Había un pequeño balcón al que salí emocionada, con unos silloncitos situados frente al mar.

Sentí emoción y alegría, y pensé que quizá mi familia tenía razón y eso era justo lo que necesitaba en ese momento. Unas vistas al mar. Sencillamente eso.