Amor por la borda Capítulo 3
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Capítulo 3

Un taxi nos llevó hasta el puerto. Durante el camino, que duró aproximadamente media hora, Carlota y yo no hablamos demasiado.

Corrijo: Carlota habló bastante, pero sola, yo no tenía ganas de abrir la boca.

Estaba nerviosa sin motivo aparente. ¡Me iba de vacaciones, no a examinarme de algo importante ni a que me operasen a corazón abierto!

Mis nervios no tenían una explicación razonable, pero me estaba entrando dolor de estómago y ganas de ir al baño y eso significaba que estaba preocupada imaginándome cosas estúpidas, como que Darío y Mónica iban al mismo crucero que yo e iba a verlos morreándose a todas horas por todas partes.

Luego reparé en que, según el folleto publicitario, no me iba a encontrar a parejitas paseando por la cubierta, solo a gente extraña y solitaria —eso lo añadí yo de mi cosecha, no lo ponía en el folleto—, frikis incapaces de conocer gente de la forma habitual, en el trabajo o en el bar, porque debían ser muy raritos o estar atravesando uno de los peores momentos de su vida, como era mi caso.

Cuando el taxi por fin se detuvo, le di treinta euros al conductor y cogí mi maleta. Carlota seguía parloteando sin parar.

—Madre mía, ¿toda esa gente irá en tu barco? —Señaló un grupo muy numeroso que estaba parado delante de un transatlántico enorme.

Al acercarnos reparé en que, de toda esa gente, solo un par parecían no haber cumplido aún los setenta años.

No podía ser mi barco, porque, si lo era, tendría que acabar con la vida de Carlota, que me había metido en un viaje de abuelos.

Gracias a Dios, no fue el caso. Vislumbré, bastante a lo lejos, el crucero en el que embarcaría yo.

Su rótulo, NTA Cruceros, se leía a distancia.

Mis nervios aumentaban mientras nos acercábamos, ahora sí, al grupo de gente que iba a convivir conmigo los próximos días.

Me arrepentí muchísimo de haberme dejado convencer por mi hermana. Entablar conversación con desconocidos me suponía un esfuerzo titánico. Me di cuenta enseguida.

—Hola, ¿también vais al crucero por las islas griegas? —Un hombre calvo que no mediría ni metro cincuenta se dirigió a nosotras con una sonrisa en la cara. Parecía estar muy ilusionado y deseando hacer amigos, justo al contrario de lo que me pasaba a mí.

Carlota me miró, animándome a contestar. Como no lo hice, habló ella.

—Mi hermana sí, se llama Paula. —Traté de sonreír al simpático alopécico, que debía de pensar que yo era muda o boba, porque estaba claro que ya tenía edad para presentarme solita. Pero tampoco me preocupaba en exceso lo que ese hombre pensase de mí. En ese momento era el menor de mis problemas.

—Vaya pinta tiene este sitio, ¿verdad? —comentó entusiasmado, señalando el barco que, de cerca, se veía enorme—.

Me parece que vamos a pasarlo genial. He visto en la página web que tienen de todo: gimnasio, piscina, un bar con unos cócteles increíbles…

—Cuando dijo esto me guiñó un ojo. No entendí por qué, ¿tenía cara de empinar el codo?

Igual mi depresión se notaba a simple vista y el tipo vio claro que me refugiaba en el alcohol—.

Y un montón de actividades programadas. Vamos a conocernos todos en citas rápidas, me parece la bomba.

Bomba la que le lanzaría yo a este tío y así se le quitaría de un plumazo esa cara de emoción.

Me preocupó estar visualizándolo, ya que yo lo estaba pasando mal, pero no era una terrorista internacional ni alguien peligroso —salvo con la gente con exceso de entusiasmo—.

Igual mi hermana tenía razón y estaba un poco amargada.

Tras el incómodo silencio que se instaló entre nosotros, el amigo risueño se percató, por fin, de que no tenía ganas de conversar con él y se arrimó con discreción a otro grupo que parecía más receptivo. Esto no era demasiado difícil.

—¿Ya has empezado con el voto de silencio? Joder, qué borde eres, Paula. Al menos le podrías contestar. Pobre hombre, solo pretendía ser agradable y conocer gente.

—No me apetece ser amable, no me apetece conocer a nadie. Creía que ese punto ya había quedado claro —le respondí, gesticulando como una loca hasta que el móvil se me acabó resbalando de las manos y cayó a mis pies.

Como si se tratase de una aparición divina, un rubio de metro noventa y melena de surfista apareció de la nada y recogió mi teléfono.

Aunque a estas alturas ya era sabido por todo el mundo que estaba poco receptiva a estímulos externos, me recreé mirando el movimiento de flequillo que el chaval realizó con una naturalidad envidiable y que le hizo parecer bastante sexy .

—Muchas gracias… —Esa vez me salió una contestación tímida, pero era una contestación, al fin y al cabo.

—De nada —me sonrió. ¡Y vaya sonrisa!

Cuando se alejó, mi hermana soltó un silbido:

—Vaya, parece que aún hay un resquicio de vida en tu planeta, tengo algo de esperanza.

Igual con los rubios macizorros sí que hay posibilidad de que intercambies alguna palabra en el viaje —bromeó—.

Deberíamos seguirlo a ver a dónde va. Si entra en tu barco te pegas a él como una lapa y aprovechas para conocerlo mejor, que parece un gran tío.

Cuando mi hermana dijo esto, ya lo habíamos perdido de vista.

Un montón de gente había llegado en los últimos minutos y ocupaban todo nuestro campo de visión.

No es que yo tuviese especial interés en ese chico —con el que Carlota ya me veía casada—, a mí lo que me interesaba era el champú que usaba para tener semejante pelazo cuidado y brillante.

No pensaba en los hombres de manera romántica.

Lo de Darío aún estaba demasiado reciente.

Pero es verdad que, puestos a hacer el esfuerzo de relacionarme con alguien, prefería que ese alguien me resultase mínimamente interesante, aunque solo fuese por el cuidado de su pelo.

El cabello de Darío era bonito, me gustaba tocarlo porque siempre estaba suave y, además, olía muy bien, aunque a él le preocupaba mucho quedarse calvo.

Ojalá esto sucediese pronto; sé que no me haría sentir mejor, pero me encantaba imaginarlo peinándose con esmero para tapar algún agujerito que empezase a asomar en su cabeza.

—Deberíamos ponernos ya en la fila para embarcar.

Mi hermana era de ese tipo de personas. ¿Entendéis lo que quiero decir?

Le gustaba llegar con mucha antelación a estaciones y aeropuertos y, si empezaba a formarse alguna fila para subir a bordo de lo que fuera, era la primera en colocarse.

Seguramente porque odiaba que la gente se colase y, si estaba la primera, no le pasaría.

Yo no entendía la necesidad a semejante anticipación.

Era imposible que el barco se fuese sin mí estando yo allí justo delante, pero me situé a su lado.

—Carlota, llegados a este punto no hace falta que te pongas en la fila conmigo.

Al fin y al cabo, tú no vas a subir al barco y vas a tener que bajar por este mismo camino.

—Señalé al montón de gente que se había agolpado detrás de mí—.

Saldrás en dirección contraria y molestando a todo el mundo. No hay necesidad.

—Ya, bueno, no pasa nada, luego se apartan. No quiero dejarte sola. Te acompaño hasta la entrada y te doy conversación.

Me dieron ganas de soltarle alguna bordería, como que, si no quería dejarme sola, que no me hubiese apuntado a un crucero de doce largos días en el que no conocía a nadie.

Pero no dije nada. Ya me había aclarado ese punto y no quería darle la razón en algo de lo que ella estaba convencida: que desde hacía seis meses yo me comportaba como un enanito gruñón al que nada parecía venirle bien.

Mientras Carlota comentaba algo de la ropa —que tenía que haber cogido menos vestidos frescos y algún pantalón largo, porque igual pasaba frío—, yo no le prestaba mucha atención, porque intentaba fijarme en el tipo de personas que se habían apuntado a esto del barco del amor.

No había gente muy joven, tampoco me extrañó, no me imaginaba a veinteañeros teniendo que buscar pareja de esa forma.

Solo una pringada como yo, que había sido obligada a tomarse vacaciones y a superar en un crucero una ruptura que le había dejado tocada y hundida.

La verdad es que el plan, a oídos de cualquiera, no sonaba mal del todo.

Si no te animas en las islas griegas, ¿dónde te vas a animar?

Era una lástima que yo estuviese tan poco receptiva a pasármelo bien y que la idea del crucero me resultase algo agobiante y claustrofóbica.

Volviendo al tema de la gente que subía al barco, vi a algunos de mi edad, aunque no eran la mayoría.

Muchos parecían treintañeros, algunos cuarentones, incluso cincuentones.

Imaginé que serían separados, igual alguno aún era soltero —y eso indicaba que podía ser rarito—, o incluso podía haber algún viudo.

No vi gente muy mayor, quizá estaban todos en el otro barco.

Me llamó la atención que la mayoría estaba hablando con alguien.

¿Se conocerían de antes? ¿Habían venido varios amigos juntos?

¿Se acababan de encontrar, pero eran todos muy extrovertidos?

¿Qué demonios pintaba yo allí? ¿Alguien lo sabía?

Yo, que no tenía ganas ni de hablar con mi hermana, ¿cómo iba a hacer el esfuerzo de interesarme por la vida de un desconocido?

La cola estaba llegando a su fin y llegó el momento de despedirme de Carlota. Me miró a los ojos fijamente y me cogió las dos manos. Estaba claro que pensaba decirme algo que ella consideraba importante, y me dio bastante vergüenza tener ese momento de hermanitis aguda con tanta gente alrededor.

—Lo vas a pasar genial. De verdad, Paula. ¿Confías en mí?

«Después de la cornamenta que me puso Darío y que lucí como una ingenua durante varios meses, no me fío ni de mi sombra, que, a veces, adopta formas raras».

Le podía haber dicho eso, pero la verdad es que confiaba en Carlota.

Sabía que ella solo quería lo mejor para mí y estaba convencida de que ese viaje iba a mejorar mi situación.

Tampoco es que esto fuese muy difícil, a peor era complicado ir. Así que cogí aire y contesté:

—Sí, en ti confío. —Me sonó a respuesta de iglesia, aunque mi hermana era lo menos parecido a una monja que te podías encontrar. Su novio me había contado cosas que yo claramente no necesitaba saber.

—¿Confías en la magia del crucero del amor, que va a hacer que te olvides hasta del nombre del pedorro?

—¿Te refieres a Darío? —Mi hermana puso los ojos en blanco. Era un gesto recurrente en ella.

—¿A quién más me podría estar refiriendo?

—Era por asegurarme… Nunca lo has llamado así.

No es que me importe, ya sabes. Decir que es un pedorro se queda corto.

Aunque pedos no se tiraba, bueno, seguro que sí, porque si no, habría reventado, pero al menos no lo hacía delante de mí.

A todo esto, me imagino que es una forma de hablar.

Pedorro en plan: tipejo ridículo y presuntuoso.

Seguíamos con las manos cogidas hablando de gases, la situación era extraña. No quería pensar en la imagen que estaríamos dando a todos los que nos seguían.

—Vale, céntrate, que se me acaba el tiempo. ¿Prometes que si un morenazo de sangre caliente, un rubio también nos sirve, se ofrece a darte un poco de amorcito rico, vas a intentar estar receptiva?

Habíamos llegado al control de acceso y la tripulante que escaneaba las tarjetas de embarque había escuchado la pregunta; bajó un momento su táblet y me miró con una ceja levantada y evidente interés.

—Eso no te lo puedo prometer —contesté agobiada. ¡Qué manera de presionar! A mi hermana parecía no entrarle en la cabeza que yo ahora mismo prefería tener una relación seria con mi secador de pelo antes que con algún hombre.

—Dime que al menos lo intentarás. Me refiero a disfrutar…

—¡Yo sí que te lo prometo! —nos interrumpió la tripulante con guasa.

—Júntate con esta chica, contágiate de su espíritu, disfruta y ponte protector solar. —Mi hermana se soltó de mi mano y se fue chillando esto después de darme un abrazo y salir disparada entre la gente de la cola.

Yo sonreí a la mujer, que parecía orgullosísima de ser el ejemplo que yo debía seguir, y entré en el barco, dispuesta, por lo menos, a intentarlo.