Capítulo 2
El lunes a las siete de la mañana escuché el ruido de unas llaves abriendo la cerradura de mi casa.
Supe que era esa hora porque, aunque estaba muy adormilada, vi en mi reloj un siete que bailaba ante mis ojos y me pregunté qué hacía mi hermana en mi casa tan pronto, porque no me cabía ninguna duda de que era ella.
—Levanta, petarda, que a las diez se va el barco y tenemos que llegar con tiempo para que todo llegue a buen puerto.
Lo has pillado, ¿verdad? ¡A buen puerto!
—A través de los ojos achinados con los que me despertaba cada mañana, vi el fardo que se me había colocado delante —al que sin duda identifiqué como Carlota— sonreír ante su ingenioso comentario y no sé de dónde saqué la fuerza para lanzarle una almohada que ella cogió al vuelo porque estaba bastante más espabilada que yo.
Eso no era difícil, ya que yo apenas había dormido cuatro horas la noche anterior por ver una película de Netflix que era mala mala, pero muy mala.
Era mejor plan que meterme en la cama y ponerme a pensar en si Darío y Moniarda —unión de las palabras Mónica y petarda— seguirían quemando calorías en las duchas del gimnasio ahora que también podían hacerlo en casa de él, de ella, en el coche, en el monte con las piedrecitas y las ramas clavándoseles en el culo o en donde surgiese la oportunidad.
Que Darío me hubiese engañado, cuando yo estaba tan enamorada de él, me había dolido muchísimo; pero que Mónica, la única amiga con la que seguía viéndome, ya que, extrañamente —nótese mi ironía—, Darío con ella sí que quería quedar, me la hubiese jugado de esa forma me había hundido en la miseria.
No me lo esperaba para nada. «Bienvenida al infierno de los recuerdos imborrables un día más», me dije.
—Vete a tu casa. No me voy a ningún barco, déjame dormir en paz.
—Me giré en la cama y me arremoliné entre las sábanas pensando que, si la ignoraba, desaparecería.
El mensaje había sido claro, contundente y, debido a que era la primera frase que pronunciaba esa mañana, había sonado como si lo dijese un ser de ultratumba, absolutamente fantasmagórico.
Pero ni lo que le dije ni el tono con el que lo pronuncié le hizo desistir de su objetivo. Carlota era una mujer insistente y terca. Siempre lo había sido. Me cubrí la cabeza con las sábanas para ser yo la que desapareciese, ya que ella no lo hacía.
—¿¿¿No has preparado la maleta??? —Su voz sonó histérica cuando se percató de que mi «valija», como diría el asqueroso de mi ex, estaba vacía y mi ropa seguía ordenadita en el armario. Me di cuenta de que ya no iba a poder volver a dormir y gruñí:
—¡Que me dejes en paz!
Carlota ignoró mi orden y se dirigió hacia mis estanterías.
Decidida, empezó a meter ropa en mi Samsonite: camisetas, pantalones, vestidos, faldas…
Todo sin demasiada reflexión ni estudio de los looks o combinaciones, como si se tratase de una maleta para alguien que se iba un año a vivir fuera en vez de solo doce días.
Todo lo que entraba en su campo de visión iba para dentro. Intenté protestar:
—Lo que está al fondo del armario es porque ya no lo uso y resulta que lo estás metiendo todo.
—¿Y por qué no lo tiras?, ¿o lo donas a algún sitio?
Levanté los hombros porque no podía malgastar la poca fuerza que tenía en explicárselo, y porque no tenía trascendencia y tampoco una explicación razonable. ¿Por vaguería? ¿Por apego hacia las prendas? ¿Porque no había leído el libro de Marie Kondo?
Decidí levantarme a poner orden. Estudiando la situación y viendo lo avanzada que estaba mi maleta, me di cuenta de que mi hermana no iba a claudicar.
Se había fijado como un objetivo más importante que aprobar sus oposiciones que yo me fuese al dichoso crucero, y, cuando ella se empeñaba en algo, el resto del mundo ya podía colaborar o rendirse.
Me pilló agotada y sin fuerzas para una pelea contra un martillo pilón de cincuenta y cinco kilos de peso, así que fui a elegir mis bañadores más bonitos o terminaría con el bikini de la goma cedida que guardaba para… , que guardaba sin más.
Si lo pensaba con objetividad la idea del viaje tampoco era tan horrible.
Por un lado, en ese momento no me apetecía en absoluto marcharme de vacaciones, pero quizá no era tan descabellado salir de mi casa por unos días.
En mi piso visualizaba a Darío por todas partes, sobre todo en el cuarto de baño, donde pasaba mucho tiempo haciendo sus necesidades y comprando boletos para que le saliesen hemorroides, pero, seguramente, también escribiendo a la petarda de Mónica y sonriendo como un bobo ante las respuestas subidas de tono de ella. Casi podía verlo en ese momento.
—¡Por fin nos empezamos a entender! —Carlota me abrazó por detrás al ver que me acercaba a elegir bikinis y tuve que reprimir el impulso de darle una coz.
Ella notó mi incomodidad—. ¿Sabes que el contacto físico no provoca que te salgan pústulas ni nada por el estilo?
En realidad, pienso que te vendría hasta bien un poco de cariño.
Antes te pasabas el día pegada a mí. —Abrió mis brazos haciendo un esfuerzo titánico, como quien intenta separar los polos opuestos de un imán, y se coló dentro con un movimiento rápido.
No se lo reconocí, pero el abrazo me sentó bien.
Ella se dio cuenta porque permanecimos así más tiempo del necesario.
—Carlota, ¿qué quieres que haga allí sola?
—Me senté en la cama con una túnica demasiado floreada entre mis manos.
No era en absoluto mi estilo, pero había logrado permanecer en mi armario porque había sido un regalo de Darío, que también en esa ocasión me demostró que no se calentaba demasiado la cabeza intentando acertar cuando me regalaba algo.
Me compraba lo que le gustaba a él, a su madre o lo primero que pillaba, eso no lo tenía claro.
La túnica me la había puesto unas cuantas veces cuando estaba con el argentino, porque no quería herir sus sentimientos y, aunque no me la pensaba volver a poner, tampoco había sido capaz de deshacerme de ella.
—Paula, ¡si a ti te encantaba viajar sola!
Eras la más independiente de las dos. Nunca has tenido ningún problema en ir al cine o al teatro cuando nadie se animaba a acompañarte y, desde los dieciocho años, has hecho un montón de escapadas porque decías que te ayudaban a conocerte mejor.
Me planteé acompañarte, pero estoy convencida de que viajar sola de nuevo te va a ayudar a superar la ruptura.
A mi lado solo te quejas y te lamentas. No podrás hacerlo si no tienes a nadie que te escuche, ¿no?
—Tu plan es cruel. Quieres que no me pueda lamentar porque no habrá nadie para escucharme. —Fingí indignación, pero en el fondo comprendía lo que trataba de decirme. Ella quería ver un cambio en mí y, si continuaba con mi actitud de lamento constante, ese cambio no iba a llegar nunca.
—En el barco puedes ser una mujer nueva con la gente que conozcas, nadie sabe lo que ha pasado con Darío.
Solo serás tú, Paula, una chica superdivertida —sonreí—, que cocina regular —le lancé una mirada de ligero odio—, sensible —ahora puse una mirada angelical— y que seguro que enamora a cualquier chico que la conozca a fondo.
—Yo era divertida, ¿verdad?
—Lo sigues siendo. —Carlota me cogió una mano con cariño—. Venga, Darío no puede haberte jodido hasta el punto de que no recuerdes que tú, baby , eres la puta hostia.
—¿Lo soy?
—Así es. Solo tienes que esconder a la vieja del visillo adicta a las telenovelas que te ha poseído y desmelenarte un poco.
—Así que nunca me lo dices, pero piensas que tienes una hermana superespecial, ¿no?
—le pregunté con una sonrisa en la cara.
Mi hermana no se caracterizaba por regalarme los oídos y aproveché la ocasión para forzarla a decirme algo bonito.
Hasta ese momento no me había dado cuenta de cuánto necesitaba escuchar lo que valía.
—Lo pienso de verdad. —Me dio un beso en la mejilla y no la aparté ni me limpié la cara y tampoco la empujé.
—Gracias. Pero, si acepto estas vacaciones, solo lo haré para estar unos días tranquila y reflexionar. No pienso hablar con nadie y mucho menos intimar, entablar amistad barra amor barra cualquier cosa parecida.
—Vale, puede ser un reto curioso eso de permanecer tantos días en silencio absoluto, pero tú verás. —Carlota me arrancó la túnica de las manos y la lanzó al suelo—. La bata de las flores no te la llevas.
Yo caminé hasta ella y la chafé con toda mi rabia, como si estuviese pisoteando la cara de Darío.
—No me la llevo ni de coña.