Amor por la borda
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Capítulo 1
—¿Qué es esto? —pregunté malhumorada cuando Carlota plantó un folleto delante de mi cara. Era sábado por la tarde y no entendía qué hacía mi hermana en mi casa, por qué no estaba por ahí dando una vuelta o tomando algo con sus amigos o con su novio.
—¡Vamos!, ¡échale un vistazo! —En su cara se reflejaba una ilusión que no logró contagiarme—. Pero hazlo con la mente abierta. Yo creo que te puede interesar.
Lo de la mente abierta no me sonó nada bien. Aun así, cogí el papel que me ofrecía y lo leí con rapidez:
NTA CRUCEROS
¿TE ATREVES A SUBIR AL BARCO DEL AMOR?
¡Un fantástico crucero te espera! Un barco de ensueño, con todo tipo de detalles para hacerte disfrutar, equipado con gimnasio, piscinas, restaurantes de alta cocina y todo tipo de animación y entretenimiento.
Un transatlántico que te permitirá recorrer las islas griegas, explorar las aguas del Caribe o admirar los fiordos del norte de Europa. ¡Lo que prefieras!
Un sinfín de actividades para que no te aburras ni un minuto. Nuestro objetivo es que conozcas gente, hagas nuevas amistades, te diviertas y, ¿por qué no?, encuentres a tu media naranja.
¡Solo singles ! Es decir, nada de familias con niños chapoteando en la piscina o parejitas en su luna de miel paseando de la mano por la cubierta a la luz de la luna: solo solteros como tú a la búsqueda del amor.
¿¿¿A la búsqueda del amor??? No podía creer lo que acababa de leer.
Miré atónita la cara de emoción que mostraba la tarada de mi hermana. ¿Esa chica era boba? En veinticuatro años, que eran los que tenía ella, no me había dado cuenta de su absoluta falta de sensibilidad. Me dieron ganas de abofetearla con la mano abierta.
¿Acaso no sabía que alguien a quien su novio le había puesto los cuernos con su mejor amiga, después de tres años de relación, no tiene ganas de ir a buscar el amor en un barco ni en ningún medio de transporte? Tampoco andando, vaya.
—¿Esta chorrada para qué me la das? —Intenté devolverle el folleto, pero no lo cogió y empezamos a practicar una especie de juego de manos extraño en el que yo quería desembarazarme del panfleto y mi hermana, por motivos que solo ella conocía, se empeñaba en que lo retuviese yo.
Como si con ello ya tuviese un pie dentro del dichoso barco del amor.
Al final, se lo planté en la palma con más fuerza de la necesaria y ella hizo un gesto de contrariedad, como si no entendiese a qué venía la hostilidad con la que yo había enunciado la pregunta ni por qué luchaba por devolverle el dichoso papelito.
—¿No te parece interesante? Tiene una pinta increíble, las fotos del interior del barco son brutales. Te vendrían genial unas vacaciones. Ir del trabajo a casa como un autómata, que es lo que llevas haciendo desde que lo dejaste con Darío, no me parece el plan de vida ideal.
Escuchar su nombre me removió por dentro; seguía acompañándome una sensación de malestar cada vez que lo recordaba.
Tan guapo, tan alto, tan moreno, con tanta labia, tan…
cabronazo. Traté de ignorar que Carlota lo había nombrado.
No me apetecía pensar en él, aunque me resultaba inevitable.
Una vez que su recuerdo acudía a mi mente, ya no se marchaba.
—Me gusta mi trabajo. No necesito vacaciones —afirmé rotunda.
Y no mentía. Trabajar como enfermera me encantaba y había cogido cariño a mis pacientes y a sus familiares.
Era cierto eso de que no había tenido vacaciones desde hacía un montón de tiempo, pero es que tampoco me apetecía.
Mis vacaciones siempre habían sido con él.
Había estado muy enamorada de Darío. No lo culpaba de haberme distanciado de mis amigas hasta el punto de que ya ni siquiera me llamaran porque nunca acudía a los planes que organizaban.
La culpa había sido mía y de nadie más. Pero es que yo no me quería separar de Darío y a él no le gustaba hacer planes con mis amigas y sus parejas.
Fue así de sencillo y de complicado a la vez.
Ahora, viendo cómo había terminado mi historia de amor, me sentía bastante estúpida, y también sola, pero no se lo pensaba decir a mi hermana.
Una aún tenía su orgullo y quería aparentar fortaleza y transmitir un «Yo puedo con todo y no me hace falta nadie» que casi nunca sentía en realidad.
—Los pacientes seguirán a tu vuelta, ¡solo son doce días!
Y si no siguen, será una noticia genial que seguro que te alegra, porque significará que se habrán recuperado.
Nadie es imprescindible, Paula, y tú te mereces disfrutar después de los seis meses de vida monjil que has llevado.
Los papás y yo estamos preocupados por ti.
Eras tan alegre antes…, ahora siempre pareces triste y enfadada —dijo esto último en voz baja, como si no quisiera hacerme daño o molestarme.
Yo tenía cara de cabreo, lo cual reforzaba su teoría, pero es que no me apetecía en absoluto esa charla-intervención en ese momento, cuando tenía cosas importantes que hacer, como ver la telenovela colombiana que me tenía enganchada y comer chocolate y esconder los papeles del envoltorio en el fondo de la basura.
Aunque viviese sola y mi basura ya no la viese nadie, lo cual parecía indicar que continuaba con las costumbres adquiridas en la convivencia con un novio que examinaba hasta los residuos que tiraba a la papelera.
«Esto no lo vuelvas a comer, mi reina», recordé a Darío negando con la cabeza mientras sujetaba entre sus dedos el envoltorio que yo creía haber ocultado mejor en la basura. «Son grasas saturadas, mi amor».
Él sí que me debería haber saturado con su tono condescendiente y su manía de controlar lo que comía su novia de veintiséis años.
Pero la realidad era que no, no me saturaba; yo lo quería y le preparaba táperes con macarrones a la boloñesa mientras él se tiraba a mi amiga Mónica en el gimnasio.
El cardio, al parecer, ellos lo hacían en las duchas.
Cuando alguien abre un gimnasio de esos de veinticuatro horas, debería estar un poco atento a que la gente no fornique en los baños, en los vestuarios o en las duchas a las cinco de la madrugada, ¡que ya son ganas de echar un polvo a esas horas, también te lo digo!
Mis pensamientos habían volado hacia los empotramientos de Darío y Mónica de madrugada. De nuevo, ahí estaba, mi exnovio en mi cabeza una vez más, ¡menuda novedad! Traté de volver a prestar atención a mi hermana, que seguía plantada delante de mí con el estúpido papelito arrugado en su mano.
Me dio la sensación de que me miraba con lástima y me pareció exagerado.
Podía llegar a entender que, desde fuera, mi vida en los últimos tiempos pudiese parecer un poco aburrida.
Desde dentro también lo era, no os voy a engañar.
Y me había dado cuenta de ello por varios motivos.
Uno de ellos era que no tenía ni una foto para compartir en mis redes sociales.
Pasaban las semanas y yo no hacía nada interesante.
Como no fotografiase mi sofá y mi televisor, poco más podía publicar.
Incluso me había planteado adoptar un gato, por aquello de lo monos que salen en las fotos, pero no tenía ganas de comprometerme con ningún animal, con ninguna persona ni con ningún objetivo.
No me sentía capaz ni de mantener con vida un tamagotchi .
Otro era que me había dado por hacer pan.
¿Quién hace pan teniendo una panadería debajo de casa?
Alguien que tiene demasiado tiempo libre.
En la época de la pandemia nacieron grandes reposteros, pero ellos tenían excusa, no podían salir de casa y pagar un euro por una barra.
Viéndolo así, era posible que me encontrase más apática de lo que me imaginaba o quería admitir.
Pero ser consciente de esa realidad no me haría admitirla ante la entrometida de Carlota, más bien al revés:
—No sé qué os pasa a vosotros tres. Siempre estáis con esa necesidad constante de meteros en mi vida.
Yo estoy genial —alcé la voz y reprimí las ganas de echarme a llorar como una niña pequeña, porque la verdad era que no lo estaba y me sentía ridícula por no estarlo.
Habían pasado ya seis meses, ¿por qué no me sentía mejor?
, ¿por qué seguía pensando en él cada día y en varios momentos del día?
, ¿por qué me resultaba impensable ilusionarme con algo?
, ¿pensar en el futuro?, ¿volver a ser feliz?
Siempre me había considerado una mujer fuerte, no sabía en qué momento había cambiado tanto todo.
No pude hablar más, tenía un nudo en la garganta que me lo impedía, así que permanecí en silencio mirando fijamente el folleto que sujetaba Carlota, hasta que la visión se volvió borrosa y tuve que pestañear.
—Lo hemos pagado ya. El barco sale el lunes —lo dijo tan bajito que no estuve segura de haberla escuchado bien.
—¿Cómo has dicho?
—Que el lunes te vas de vacaciones. —Aquí ya subió la voz, intentando parecer firme.
—¿Perdona? No sé si te estoy entendiendo. Yo no tengo intención de ir a ningún sitio. Se te está yendo la olla por completo.
—Sí, sí que te vas, te lo aseguro. —Carlota se acercó mucho a mí, mirándome fijamente.
Me alejé poco a poco, pero ella me siguió, decidida—.
Aunque te tenga que llevar a rastras, aunque te tenga que empujar al barco de una patada en el culo, aunque te tenga que hacer yo la maleta y meter diez, o doce, o catorce bragas por si encuentras el amor y solo te dedicas a practicar sexo en el barco.
Se me escapó una risa histérica y ella sonrió también, como si ese momento, ese gesto, lo cambiase todo.
Me recordó a cuando éramos pequeñas y yo no le quería dejar alguno de mis juguetes y ella soltaba alguna gracia que me hacía sonreír, y ese era mi fin, se marchaba con él mientras ignoraba mi vocecilla de fondo diciendo: «Pero cuídamelo, eh».
Siempre se salía con la suya. En esa ocasión no fue distinto, lo interpretó como si hubiera aceptado levar anclas y me dio un abrazo, satisfecha.
—No te vas a arrepentir. Te lo vas a pasar genial, te lo prometo —afirmó convencida mi hermana, que, al parecer, era adivina.
La conversación me había agotado tanto mentalmente que no me apetecía discutir.
Era fácil: no iría y punto. Ya se enteraría de la noticia el lunes.
O nunca. Mejor, nunca. A mi supuesta vuelta le contaría que me habían sacado voluntaria en las actuaciones nocturnas, que me había aficionado a beber caipiriñas al atardecer y que un morenazo se había fijado en mí y nos habíamos dado los teléfonos; también que casi había perdido el barco por un despiste al volver de una excursión y que otro día me había quedado encerrada en el camarote y me habían rescatado gracias a una simpática chica que se había convertido en mi mejor amiga.
Yo sabía inventar historias y contar anécdotas.
Ella necesitaba eso: pensar que yo estaba más animada; y yo necesitaba otra cosa: que ella me dejase en paz.
—El problema que le veo a esto de las vacaciones es que no he avisado en el trabajo con la suficiente antelación. Lo siento, pero no puedo dejar al equipo colgado… —Hice un último intento de escabullirme del viaje apoyándome en la lógica.
—Tu jefa hace varios meses que lo sabe y está de acuerdo.
Paula, son doce días de viaje. Y, de todas formas, que sepas que te he cogido quince días libres para que puedas desconectar un poco.
Mañana haces la maleta y lo preparas todo; pasado, directa al barco y, a la vuelta de las vacaciones, unos días para descansar y disfrutar de tu recién encontrado amorcito.
—Me guiñó un ojo y sonrió, como si estuviese convencida de que eso pudiese ocurrir en realidad, no solo en las comedias románticas a las que ella estaba enganchada—.
Pero, vamos, que no hay ningún problema, tu jefa se apaña a la perfección sin ti.
—¿Algo más que deba saber?, ¿me has cogido hora para que me haga un tatuaje?, ¿ya has decidido si donaré mis órganos cuando muera o si quiero que me incineren o que me entierren? Está visto que se te da muy bien organizarme la vida, e igual también la muerte…
Carlota puso los ojos en blanco y luego contestó:
—Sí a la donación de órganos, sí a la incineración y, ahora que lo dices, sí al tatuaje: si sale todo según lo previsto y acabas viendo una puesta de sol en Santorini en buena compañía, te tatuarás en mi honor lo que yo te diga.
—¿En Santorini?
—Claro, ¡el crucero es por las islas griegas! —Carlota dijo esto entusiasmada, como si ese destino lo cambiase todo y yo me tuviese que morir de ganas de ir—. No entiendo cómo puedes estar quejándote con semejante planazo que te hemos organizado.
—¿Quizá porque no quiero ir a ninguna parte?
Ha estado bien el intento, pero entenderás que no quiera meterme en un barco que seguro que está lleno de frikis.
Estoy más animada, de verdad; las rupturas llevan su tiempo, pero yo ya estoy mucho mejor.
—Traté de sonreír. Me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no lo intentaba, porque me salió una mueca extraña.
—Con frikis o sin ellos, tú te vas de crucero. Aunque no lo entiendas, lo hacemos por tu bien. No espero que me des las gracias aún. Prefiero que me las des a tu vuelta.
Mi hermana ya no permitió que añadiese nada más. Me interrumpía cada vez que intentaba argumentar el poco sentido que tenía ese plan que había organizado. Me tiré en el sofá y cerré los ojos esperando que, al despertar, esa tontería del barco del amor hubiese sido solo un sueño.
Cuando abrí los ojos, sin embargo, tenía un mensaje con las instrucciones para embarcar y me entraron unas ganas inmensas de hacer pan.