Algo Inesperado
Horas después de las risas, el brindis y la algarabía, llegó el momento del tradicional lanzamiento del ramo, el cual terminó, para sorpresa y diversión de todos, en las manos de una emocionada Jess, tras las últimas despedidas de una noche perfecta, el novio tomó de la mano a su ahora esposa y la guio hacia la salida del gran hotel de Seattle.
—Es hora de irnos, señora Jones —le susurró al oído con una sonrisa cómplice.
En la entrada principal los esperaba una espectacular limusina negra, un vehículo de súper lujo que destilaba elegancia, una vez dentro, acomodados en los asientos de piel y brindando con las últimas copas de champán, Will miró a Erika con un brillo de entusiasmo en los ojos.
—Esta joya es cortesía de Michael Freeman, el padre de Richard —le contó, rodeándola con su brazo—. Y ese no es el único regalo del viejo, nos obsequió una luna de miel con todo incluido en las playas de Cancún, salimos en el vuelo nocturno de hoy mismo.
Erika se puso sumamente feliz. La idea de dejar atrás el frío de Seattle para refugiarse en el calor del Caribe mexicano, rodeada del amor de su vida y con la tranquilidad de saber que su familia estaba a salvo, era más de lo que alguna vez se atrevió a soñar, sin embargo, el destino tenía preparado el último giro de su historia.
Al llegar al aeropuerto de Seattle, mientras caminaban por la terminal hacia la sala de embarque arrastrando sus maletas, el rostro de Erika volvió a palidecer, la adrenalina de la boda y el ajetreo del viaje le pasaron factura.
De repente, el mundo le dio una vuelta completa y, antes de que pudiera dar un paso más, sus ojos se cerraron y su cuerpo se desplomó.
Will, con los reflejos intactos, la atrapó en el aire antes de que tocara el suelo, la cargó en sus brazos, sintiendo cómo el pánico le oprimía el pecho, su fachada frialdad se derrumbó por completo; el miedo a perderla, ese terror que creía haber enterrado en la isla, regresó con fuerza.
—¡Erika! ¡Erika, mírame! —le pedía con la voz rota por la angustia mientras la recostaba suavemente en los asientos de la sala de espera—. ¡Llamen a una ambulancia! Nos vamos al hospital ahora mismo.
Poco a poco, ella empezó a parpadear, recobrando el sentido y al ver el rostro desencajado de su esposo, y su mirada llena de terror, entorno una sonrisa tierna y llena de una paz, que se dibujó en sus labios, le tomó la mano con suavidad, deteniéndolo.
—Hey... tranquilo, no es necesario ir al hospital —susurró con voz débil pero firme, acariciándole la mejilla.
—¿De qué hablas? Te acabas de desmayar, no voy a correr ningún riesgo contigo.
Erika soltó una pequeña risa, colocó la mano de Will directamente sobre su propio vientre y lo miró con esos intensos ojos que lo habían conquistado.
—No son los nervios del viaje, mi amor... Lo supe hoy por la mañana, justo antes de ponerme el vestido de novia, Kim y Jess me ayudaron a confirmarlo... estoy embarazada, vamos a tener un bebé.
La reacción de su esposo fue instantánea, el hombre que había enfrentado a ejércitos, que controlaba crisis internacionales sin pestañear y que mantenía la mente fría en los peores escenarios, se quedó completamente paralizado, mientras sus ojos se abrieron de par en par, la mandíbula se le aflojó y una mezcla de incredulidad, asombro y una alegría tan pura que casi no cabía en su cuerpo lo inundó por completo se arrodilló frente a ella en mitad del aeropuerto internacional, olvidándose de las maletas, de los pasajeros que los miraban y del vuelo a Cancún, se inclinó y pegó su frente a la de ella, dejando escapar una lágrima de felicidad que rodó por su mejilla.
Al ver esa vulnerabilidad y ese amor desbordante en el rostro de su esposo, Erika se dio cuenta, con una certeza absoluta, de que sus vidas habían empezado de verdad y para siempre, la oscuridad del pasado se había disipado por completo, dando paso a la luz de una nueva familia que nacería bajo el amparo del escudo más fuerte del mundo.