Amor por casualidad (Millonarios y herederas) Nervios
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Nervios

Al pie del altar, rodeado por Richard, Marcus y Ben, el chico frio de Seattle parecía cualquier cosa menos de hielo, porque Will se ajustaba el cuello del esmoquin por tercera vez, con la mirada fija en la entrada, visiblemente ansioso.

Richard, que no podía dejar pasar la oportunidad, comenzó a reírse por lo bajo, dándole un leve codazo a Ben.

—Mírenlo, muchachos, el comandante de acero está temblando como gelatina —susurró Richard entre risas—. Will, si te desmayas, te juro que yo no te voy a cargar, Marcus, prepárate para darle respiración boca a boca.

Marcus y Ben ahogaron una carcajada, rompiendo por un segundo la rigidez de su amigo, quien solo alcanzó a lanzarle a su mejor amigo una mirada fulminante, cuando las bromas se cortaron en seco porque las notas solemnes e imponentes de la marcha nupcial comenzaron a resonar en todo el recinto, en un instante el ambiente se volvió serio y emotivo y todos los presentes se pusieron de pie.

Una a una, las madrinas comenzaron a desfilar por el pasillo central, iluminando el lugar con sus vestidos elegantes, Kim avanzó con una mano apoyada con ternura en su pancita de embarazada y, al llegar al frente, se colocó con una sonrisa radiante al lado de Richard, quien la miró con absoluta devoción, luego desfiló Jess, caminando con paso firme hasta posicionarse al lado de Marcus, seguida por Liz, quien ocupó su lugar junto a Ben.

Entonces, las puertas principales se abrieron de par en par.

Del brazo de su hermano recién exonerado, Erika apareció espectacular, el vestido blanco contrastaba con sus intensos ojos esmeralda, que se clavaron de inmediato en los de Will y al verla caminar hacia él, libre, segura y radiante, se le cortó la respiración por completo.

El hermano de Erika avanzó por el pasillo y, con un asentimiento lleno de respeto y gratitud, le entregó la mano de su hermana al hombre que la había protegido con su propia vida.

Frente al altar, el mundo exterior pareció desaparecer para los dos, llegado el momento de los votos, el ambiente se llenó de una profunda intimidad.

Will tomó las manos de Erika, mirándola con una intensidad que conmovió a todos los presentes.

—Erika, pasé la mayor parte de mi vida construyendo muros, creyendo que la única forma de proteger y protegerme era manteniéndome frío y distante —dijo Will con voz grave, pero cargada de emoción—.

Pero llegaste tú con tu fuerza, tu valentía y ese fuego indomable, y derretiste cada una de mis defensas, no solo encontré a la mujer que quiero proteger con mi vida, sino a la única persona con la que quiero vivirla de ahora en adelante eres mi hogar, y te prometo amor, lealtad y mi escudo para siempre.

Erika sonrió, con los ojos empañados por las lágrimas, y apretó sus manos.

—William, durante años corrí en la oscuridad, cargando con el peso del dolor y la culpa, pensando que nunca volvería a tener una vida real —expresó ella con la voz entrecortada—.

Pero tú te convertiste en mi refugio, en el hombre que se paró frente a mis monstruos y me devolvió la libertad además me enseñaste que no tengo que pelear sola por eso te amo por tu fuerza, por tu entrega y por el corazón tan inmenso que escondes detrás de esa fachada de hielo eres mi presente y mi futuro.

El sacerdote, conmovido, sonrió y pronunció las palabras que sellaban su destino:

—Por el poder que me ha sido otorgado, los declaro marido y mujer, puede besar a la novia.

Will no esperó un segundo más, tomó a Erika por la cintura y la atrajo hacia sí, sellando el momento con un beso profundo, lleno de pasión, alivio y la promesa de un nuevo comienzo.

Al instante, una ovación estalló en el salón.

Richard y Kim comenzaron a aplaudir con euforia, seguidos por los vítores de Marcus, Ben, Liz, Jess y toda la numerosa familia Salazar entre los aplausos y la alegría desbordante, Erika miró a Will con una sonrisa cómplice, guardándose por unos minutos más el gran secreto que estaba a punto de cambiar la vida para siempre.