Amor por casualidad (Millonarios y herederas) Nuestra Boda
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Nuestra Boda

Un mes después, la algarabía en el lujoso hotel de Seattle era absoluta, los pasillos y salones estaban inundados por la numerosa y apasionada familia de Erika, que corría de un lado a otro afinando los últimos detalles de la celebración.

Liz y Jess lucían espectaculares en sus vestidos de madrinas, compartiendo el honor nuevamente con Richard y Kim, quienes no cabían en sí de la felicidad al ver cumplido el sueño de unir a sus mejores amigos.

En la suite principal, la madre de Erika entró con los ojos llenos de lágrimas al ver a su hija vestida de blanco, la abrazó y la besó con una ternura infinita, acariciándole el rostro.

—Mírate, mi niña... estás hermosa —dijo la mujer con la voz entrecortada—.

Pensar en todo lo que pasamos... hoy sé que la mejor decisión que tomé en mi vida fue enviarte a Suiza para protegerte, y tengo una sorpresa más para ti: tu hermano, que acaba de ser exonerado de todos los cargos falsos que el cartel le había plantado, ya está aquí abajo él te espera para llevarte del brazo hacia el altar.

Erika ahogó un sollozo de pura felicidad al saber que su familia finalmente estaba limpia, libre y reunida. Su madre le dio un último beso y bajó para recibir a los invitados, dejándola un momento a solas para terminar de retocarse.

Pocos minutos después, la puerta se abrió suavemente, Kim entró a la habitación luciendo una hermosa panza de embarazada, quien, al ver a su gran amiga lista para el altar, se acercó despacio, la abrazó con cuidado y le sonrió con los ojos empañados.

—Te deseo lo mejor del mundo, Erika porque te mereces toda la felicidad que ese hombre te va a dar —le dijo Kim de corazón.

Erika le sonrió, pero de pronto se llevó una mano al vientre y se sentó en el sofá, respirando hondo mientras una leve palidez cubría su rostro.

—Gracias, Kim... De verdad estoy feliz, pero... no sé qué me pasa, nunca haba estado tan nerviosa porque me siento muy extraña y he estado teniendo unos mareos horribles toda la mañana y no entiendo por qué, los nervios nunca me habían pegado así.

Kim abrió los ojos de par en par, miró fijamente a su amiga y luego bajó la vista hacia su propia panza, el instinto de futura madre se le encendió al instante.

—Espera un segundo... ¿Mareos? ¿Solo mareos? —Kim no lo pensó dos veces, entonces salió corriendo al pasillo a toda velocidad y divisó a Jess—. ¡Jess! ¡Necesito que vayas a la farmacia del hotel ahora mismo y compres una prueba de embarazo! ¡Muévete, es una emergencia!

Jess, sorprendida, pero reaccionando con la velocidad de una madrina todoterreno, regresó en cuestión de minutos, entró a la habitación y le entregó la pequeña caja a Erika que con las manos temblorosas y el corazón latiéndole a mil por hora, se encerró en el baño mientras Kim y Jess esperaban afuera, conteniendo el aliento, cuando salió, sostenía el dispositivo en la mano haciendo que las tres amigas se inclinaran para mirar la pequeña pantalla digital.

Positivo

Erika se llevó las manos a la boca, soltando una carcajada llena de lágrimas de absoluta felicidad, el encierro de esa cabaña había dado frutos, no solo había derretido el invierno de su futuro esposo mientras ganaba una guerra por ella, había creado una unión de amor real, que ahora, mientras aquel hombre que la esperaba al final del altar rodeado de toda su familia no tenía idea de que estaba a punto de recibir el mejor regalo de su vida.