El traslado a la habitación
Al día siguiente, los rayos del sol de Seattle entraban suavemente por la ventana de la habitación privada del Hospital, y Erika ya se encontraba despierta, sentada en la cama, con un color mucho más saludable en el rostro, aunque su pierna permanecía avendajada y en reposo, Will estaba sentado a su lado, sosteniéndole la mano con esa devoción silenciosa que ahora le pertenecía por completo.
Erika miró hacia la ventana, pensativa, y luego clavó sus ojos en él.
—Will... ahora que todo ha pasado, que Dan ya no es una amenaza y que por fin puedo respirar libre... quiero ver a mi familia —dijo con un hilo de nostalgia y alivio—. Necesito abrazar a mi madre, decirle que estoy a salvo y que la pesadilla que empezó con Santi por fin terminó.
Él sonrió con ternura, le acarició el dorso de la mano con el pulgar y asintió sin dudarlo.
—Por supuesto que vas a verlos, preciosa te lo prometo ya hablé con Marcus para organizar un operativo de traslado privado y completamente seguro para que tu madre viaje en cuanto los médicos te den el alta —explicó él, manteniendo un brillo misterioso en los ojos—.
De hecho, ya acepté que vayas a verlos si tú quieres ir para allá...
pero tengo planeada una fecha ideal para que toda tu familia esté reunida en un solo lugar.
Erika lo miró con curiosidad, arqueando una ceja con esa chispa desafiante que tanto lo volvía loco.
—¿Una fecha ideal? —preguntó ella, extrañada por el misterio—. ¿De qué estás hablando? ¿Qué estás planeando?
Will se inclinó hacia ella, acortando la distancia entre sus rostros. La enorme sonrisa que iluminaba sus facciones no dejaba espacio a las dudas; el hombre frío y calculador se había transformado por completo.
—¿Qué te parece nuestra boda el próximo mes? —soltó Will con voz suave pero firme.
Erika se quedó helada por un segundo, con los ojos abiertos de par en par, procesando la inesperada y directa propuesta de matrimonio.
—¿Nuestra... boda? —repitió, sintiendo que el corazón le daba un vuelco de pura felicidad.
—Sí —reafirmó Will, tomándole el rostro con ambas manos con una delicadeza infinita—.
Dijiste que no me ibas a hacer las cosas nada fáciles, preciosa, pero yo no pienso perder más tiempo quiero que tu madre y toda tu gente estén aquí, no solo para celebrar que estás a salvo, sino para ver cómo te conviertes oficialmente en mi esposa, recuerda que prometí que te protegería, y quiero hacerlo para el resto de nuestras vidas. ¿Qué dices?
Erika soltó una carcajada entrecortada, con los ojos empañados por lágrimas de alegría y se colgó de su cuello, ignorando por completo el dolor de su pierna, mientras lo besó con todo el fuego y la pasión que los había unido en medio de la tormenta.
—Digo que eres un exagerado, William Jones... pero que acepto, nos casamos el próximo mes —susurró contra sus labios.
Desde el pasillo, Kim, que venía llegando con Richard para visitarla, escuchó el grito de aceptación y abrió la puerta de golpe con una enorme sonrisa de triunfo, celebrando que su plan de madrina había funcionado a la perfección.
La guerra había terminado, y el futuro de Will y Erika apenas estaba comenzando.
—¡Aceptó! ¡Richard, aceptó! —gritó Kim, dando saltos de alegría en mitad del pasillo antes de lanzarse a los brazos de su esposo—. ¡Nuestros mejores amigos terminaron juntos! Si nosotros dos lo hubiéramos planeado en una pizarra con estrategias y todo, ¡juro que no sale tan perfecto!
Richard la atrapó en el aire con una carcajada, contagiado por la felicidad de su esposa, y miró a Will por encima del hombro de Kim con una sonrisa de complicidad absoluta.
—Bienvenido al club, hermano —le dijo Richard a Will, extendiendo una mano para chocarla mientras mantenía a Kim abrazada—.
Oficialmente has caído en las redes del matrimonio, y pensar que ahora los papeles se invierten...
Te pasaste años cubriéndome la espalda, rescatándome de mis locuras y recordándome las reglas de seguridad con esa cara seria tuya, y ahora me va a tocar a mí recordarte que tienes que pedir permiso para salir a misiones tácticas.
—Ni lo sueñen —intervino Erika desde la cama del hospital, esbozando esa sonrisa desafiante que la caracterizaba—. Este hombre ya no recibe órdenes de nadie más que de mí.
—¡Eso es todo, mi amiga! ¡Así se habla! —celebró Kim, soltando a Richard para correr a sentarse en el borde de la cama de Erika, abrazándola con cuidado de no lastimar su pierna herida—. Ya tenemos que empezar a planear el vestido, las flores, el banquete... ¡Tenemos solo un mes!
Will y Richard se quedaron de pie junto a la puerta, observando a las dos mujeres hablar atropelladamente sobre los preparativos de la boda, Richard le dio un ligero codazo en las costillas.
—Te lo dije, Will —murmuró Richard con tono divertido—. No es dulce ni calmada, pero mírala... Tiene ese fuego que te hacía falta te deseo mucha suerte, la vas a necesitar con las dos juntas planeando una boda en tiempo récord.
Guardó silencio, pero la mirada llena de paz y la sonrisa genuina que mantenía fija en Erika lo decían todo, la tormenta en la isla desierta había quedado atrás; el peligro y los monstruos del pasado se habían esfumado, y ahora, rodeados de la familia que habían elegido, el invierno del consultor de seguridad había terminado para siempre.