Amor por casualidad (Millonarios y herederas) La venganza de la isla
88%

La venganza de la isla

El motor del helicóptero rugía con fuerza mientras se elevaba sobre la densa copa de los árboles de la isla, adentro, en la cabina médica, los paramédicos de la compañía ya estaban estabilizando a Erika, limpiando la herida de su pierna y colocándole un vendaje de compresión, Will no le soltó la mano ni un solo segundo; sus ojos seguían fijos en ella, asegurándose de que la pesadilla fuera finalmente cosa del pasado.

Will levantó la vista hacia el equipo táctico que operaba los sistemas de navegación.

—¿Todavía están encendidos los monitores de los sensores térmicos en la isla? —preguntó con voz autoritaria.

—Afirmativo, jefe el sistema perimetral sigue activo y transmitiendo en tiempo real a la base —respondió uno de los comandos.

—Bien, verifiquen que nadie, absolutamente nadie, salga de esa isla —ordenó Will con una frialdad que helaba la sangre.

Abajo, en la playa de la costa norte, los últimos hombres del comando de Marcus abordaron la lancha rápida en la que habían llegado y, antes de retirarse, engancharon y se llevaron también la embarcación en la que Dan y sus hombres habían desembarcado la isla estaba oficialmente sellada, no quedaba ninguna vía de escape.

Mientras tanto, en la penumbra de la cabaña destruida, la realidad de su abandono golpeó a Dan, sangrando profusamente por el hombro y el costado, apretó los dientes con rabia.

—Malditos... imbéciles inútiles —escupió entre dientes, refiriéndose a los hombres que lo habían dejado solo—. Todo tengo que hacerlo yo.

Con una determinación nacida de la pura malicia, empezó a arrastrarse penosamente por el suelo de madera, dejando un rastro espeso de sangre detrás de él, logró salir de la estructura y se adentró en el espeso y traicionero sendero, avanzando apenas unos 100 metros hacia la dirección donde creía que estaba su transporte.

El dolor era insoportable, pero su mente seguía destilando veneno.

—Maldito gringo... cuídate cuando te encuentre —jadeaba, arrastrando las piernas entre las ramas y las espinas—.

Y a la perra también... porque lo voy a hacer, voy a regresar y voy a matar a toda su maldita familia entera...

no va a quedar ninguno... Sus delirios de grandeza y venganza se cortaron en seco.

De repente, entre la densa oscuridad de la maleza, el eco de un gruñido bajo, ronco y territorial hizo que la tierra misma pareciera temblar, se congeló en el suelo, sintiendo cómo el vello de los brazos se le erizaba, con los dedos temblorosos, estiró la mano y logró alcanzar un arma que había quedado tirada junto al cuerpo de uno de sus hombres caídos en la huida previa, cortó cartucho como pudo, apuntando a la negrura del bosque e intentó seguir arrastrándose, pero la velocidad de la selva fue infinitamente mayor.

No hubo tiempo de apuntar, una sombra imponente y moteada saltó desde los arbustos altos con una ferocidad implacable, él solo sintió el impacto brutal de las garras del jaguar hundiéndose en su pecho, seguido instantáneamente por una mordida certera y devastadora en la yugular.

El líder del cartel soltó un grito ahogado y desgarrador que se ahogó en su propia garganta mientras sentía cómo su sangre caliente se derramaba por completo sobre las hojas secas de la isla.

El arma cayó de sus manos, inútil y en cuestión de segundos, sus ojos se apagaron en la más absoluta soledad, devorado por la misma naturaleza salvaje a la que había osado desafiar.

En lo alto, el helicóptero se alejaba directo a Seattle, llevando a Erika hacia la libertad y la justicia que Santi tanto merecía, dejando atrás, para siempre, el final del monstruo que había arruinado su vida.