Enfrentamiento
El sonido de la vegetación rompiéndose anunció la llegada del enemigo, Dan y los pocos hombres que le quedaban rodearon la estructura rústica, con la prepotencia que lo caracterizaba, se paró frente a la fachada y soltó un grito que destilaba veneno y locura:
—¡Princesita! ¡Es el momento de que cumplas con tu destino! ¡Sal de ahí si no quieres que me eche a tu gringo! Déjame decirte que me da mucho coraje que estés con ese tipo... ¡pero te perdono! ¡Sal ya! —remató con una risa cargada de ironía que resonó en el claro.
Al escuchar la voz del asesino de su hermano, el pánico congeló por un segundo a Erika, quien corrió de inmediato a esconderse al lado de la litera militar, buscando cobertura.
Will, manteniéndose firme junto a la ventana táctica, fue quien respondió con una voz que helaba la sangre:
—Mira, maldito, no te conozco, pero deja en paz a mi mujer, porque Ella no quiere ir contigo a ningún lugar.
—¿Tu mujer? Eso está por verse gringo estúpido —replicó Dan, desencajado por los celos territoriales—. ¡Disparen!
A la orden del capo, los hombres abrieron fuego con sus armas pesadas, las balas impactaron con fuerza, pero el diseño de la cabaña blindada que Richard hizo años atrás no falló: las ráfagas chocaron con los muros y las ventanas blindadas de la cabaña, deformándose sin lograr penetrar, y ellos al ver que el blindaje resistía, hizo que los gatilleros siguieran disparando desesperados.
Will aprovechó la oportunidad, observando fríamente a través de una de las rendijas de la ventana blindada, haciendo eco de años de experiencia recibida por los mejores militares del ejército calculó la trayectoria y abrió fuego, con una precisión quirúrgica, eliminó a tres hombres casi al mismo tiempo, al ver caer a sus subordinados, Dan se arrojó al suelo, escondiéndose detrás de un tronco mientras seguía disparando a ciegas y buscaba una forma de romper el perímetro.
El silencio regresó por unos segundos a la pista exterior, Will escaneó el terreno, pero ya no vio a nadie en la maleza y fue entonces cuando un crujido sordo resonó directamente sobre ellos, pero de repente escucharon pasos en el techo.
Will abrió los ojos de par en par al recordar un detalle crítico: las paredes estaban reforzadas, pero el techo de madera donde había colocado las antenas no estaba blindado, porque requería un material especial para poder resistir en ese clima.
—¡Erika, protégete! —le gritó con desesperación.
Inmediatamente, el techo comenzó a ser perforado por una lluvia de proyectiles que caían desde arriba, Will reaccionó al instante, alzó su fusil de asalto y disparó en ráfaga hacia el cielo raso; dos cuerpos pesados rodaron por el tejado y cayeron sin vida al suelo exterior, Erika, demostrando la casta de lucha en sus venas, en lugar de sentir temor solo levantó el arma que Will le había dado, apuntó hacia otra sección del techo y disparó, dándole a un atacante más.
Sin embargo, en medio del humo y el caos, Dan se las ingenió para romper una de las vigas debilitadas, se descolgó con brutalidad desde la abertura superior, cayendo directamente sobre Erika, y antes de que ella pudiera reaccionar, Dan la tomó con fuerza, jalándole el cabello hacia atrás y pegándole el cañón de su pistola directamente en la sien.
—¡Tira el arma, gringo, o ella muere aquí mismo! —bramó Dan, usándola como escudo humano mientras respiraba agitado.
Erika, con las lágrimas contenidas por frustración, pero con una furia inquebrantable, miró a Will a los ojos.
—¡No lo hagas, Will! ¡No sueltes el arma! ¡Dispara! ¡De todos modos me va a matar! —le gritó, negándose a ser el boleto de escape del monstruo.
Will mantuvo el fusil arriba, con el dedo en el gatillo y la mirada fija en Dan, rehusándose a soltar el arma, increíblemente ella, aprovechando esa milésima de segundo de tensión en la que Dan se distrajo presionando el arma contra su cabeza, se movió con un instinto salvaje y se zafó con fuerza del agarre de su brazo dándole un pisotón brutal en el pie con el tacón de su bota.
Dan soltó un quejido de dolor y perdió el equilibrio, cayendo pesadamente hacia atrás, lo que la pareja aprovecho de inmediato, y ambos se arrojaron detrás del muro interior para cubrirse, mientras Dan, enfurecido, comenzaba a disparar a lo loco desde el suelo.
—¡Erika, sal de aquí! ¡Vete por el pasillo trasero, ahora! —le ordenó Will, tratando de protegerla.
Ella lo miró fijamente desde su cobertura y sacudió la cabeza, negándose rotundamente a dejarlo solo.
—¡Que te vayas! ¡Ahora!
Erika siguió ahí, firme, mirándolo con una determinación que él entendió que no iba a doblar, así que rindiéndose ante la terquedad de la mujer que amaba, Will le gritó con desesperación:
—¡Ven aquí, pues!
Erika corrió a toda velocidad para cruzar el espacio hacia el rincón donde él estaba, Dan la vio y apretó el gatillo, un disparo certero que impactó directamente en la pierna de Erika, haciéndola tambalear, pero la adrenalina era tanta que no se detuvo, justo en ese instante, desde los altavoces exteriores del radio y entre el estruendo de los helicópteros que rompían el cielo de la isla, se escuchó con fuerza la voz de los comandos de Marcus:
—¡Código Ice34! ¡Código Ice34! ¡Entrando al perímetro!
Dan, acorralado y escuchando los códigos de afuera, se desesperó y siguió disparando hacia todas partes.
—¡Erika, activa el botón rojo del panel! ¡Desactiva las trampas para que entren! —le gritó Will, cubriéndola con fuego de supresión.
Arrastrando la pierna herida, Erika se arrastró por el piso de la cabaña, estiró el brazo con las últimas fuerzas que le quedaban y golpeó con fuerza el botón rojo del tablero táctico, las alarmas cesaron y las puertas blindadas se abrieron.
Los hombres de la unidad de comando de Will y Marcus entraron como una auténtica tromba, neutralizando el lugar en segundos, dieron dos disparos en el hombro y el costado que derribaron a Dan, dejándolo herido y desarmado en el suelo, rodeado por un charco de sangre.
Marcus entró de inmediato, asegurando el perímetro, mientras los hombres apuntaban a la cabeza del líder del cartel, quien gemía de dolor.
—jefe, el objetivo está contenido y herido de gravedad —informó uno de los comandos, mirando a Will mientras este corría a presionar la herida de la pierna de Erika con un torniquete—. ¿Qué hacemos con él? ¿Lo extraemos para la federal?
Will levantó la vista, sus ojos ya no eran fríos ahora estaban llenos de temor, de un hombre que casi pierde lo que más quiere en el mundo, miró a Dan tirado en el suelo de la cabaña, y luego a la selva inhóspita y peligrosa que rodeaba el lugar, la misma selva donde los hombres de su enemigo habían sido devorados horas antes.
—No hagan nada —respondió Will con una frialdad absoluta que hizo eco en las paredes de madera—. Solo déjenlo ahí.
Los hombres de Marcus asintieron en silencio, entendiendo perfectamente la orden, levantaron a Erika con cuidado para llevarla al helicóptero de evacuación médica, mientras Will la tomaba de la mano, prometiéndole con la mirada que el infierno finalmente había terminado, detrás de ellos, en el centro de la isla desierta, Dan se quedó solo, escuchando cómo los motores del rescate se alejaban y cómo los ruidos de los depredadores de la noche empezaban a rodear la cabaña.