El ascenso
La humedad de la mañana en la isla era sofocante cuando la lancha de motor de Dan encalló en la orilla norte. Vestido con ropa táctica negra y portando armamento pesado, el líder criminal bajó a tierra con una sonrisa de superioridad, seguido por un grupo de ocho hombres fuertemente armados.
—Desplieguen el equipo y muévanse —ordenó Dan, ajustándose el chaleco—. La cabaña debe estar en el centro. No dejen rastro.
Pero una cosa era planear un ataque en la ciudad y otra muy distinta enfrentarse a un territorio indomable.
Los hombres de Dan no conocían el sitio y, desde los primeros metros, la selva empezó a cobrar factura.
El terreno era un lodazal traicionero y la maleza crecía tan junta que apenas podían avanzar.
Con machetes, empezaron a cortar ramas de árboles y lianas gruesas, sudando bajo el peso de las armas.
Juan, su leal vasallo y el hombre de mayor confianza, iba al frente abriendo camino con furia. De pronto, un grito desgarrador rompió el silencio del bosque. Juan cayó de rodillas, soltando el machete y sujetándose el tobillo con desesperación.
—¡Me mordió algo! ¡Un animal! —Gritó, retorciéndose de dolor en el suelo.
Entre las hojas secas, una serpiente pequeña, pero de anillos de colores brillantes, se deslizó rápidamente: era una coral, el veneno neurotóxico ya estaba haciendo efecto.
—¡Luis, ayúdalo! ¡Levántalo de ahí! —Bramó Dan, impaciente.
Luis se arrodilló e intentó revisar la herida, buscando desesperadamente en los botiquines tácticos que llevaban colgados.
—¡Patrón, es un coral! ¡No traemos ningún antídoto para esto! —exclamó Luis, entrando en pánico.
No pasaron más que unos segundos, y el veneno paralizó el sistema respiratorio de Juan; sus músculos se tensaron, dejó de respirar y, ante la mirada horrorizada de los demás, se quedó tieso en el suelo muerto.
Los hombres retrocedieron, asustados por la rapidez de la tragedia. Dan miró el cadáver de su mano derecha, se encogió de hombros con una frialdad desalmada y escupió al suelo.
—Son cosas que pasan en este oficio, el que tenga miedo, que se dedique a otra cosa, así que sigamos —sentenció, tomando el machete de Juan.
Aterrados, pero temiendo más a Dan que a la selva, los hombres continuaron quitando maleza durante una hora más, hasta que finalmente llegaron a un claro.
Estaban exhaustos, sudorosos y sedientos.
Al fondo del claro, vieron un pequeño lago de agua cristalina.
Olvidando la disciplina militar, tres de los hombres corrieron desesperados a tomar agua con las manos.
El error fue fatal. El chapoteo en el agua alteró el territorio del verdadero rey de la isla.
De entre los arbustos del matorral alto, una sombra moteada saltó con una velocidad sobrehumana, El jaguar que Will y Erika habían encontrado el día anterior cayó directamente sobre uno de los hombres que bebía agua, clavándole las garras en la espalda y arrastrándolo hacia la densa vegetación entre rugidos salvajes.
—¡Fuego! ¡Disparen! —gritó Luis, pero el pánico fue mayor.
Al ver la brutalidad del ataque y los gritos de su compañero siendo devorado en la maleza, el resto de los hombres salieron corriendo en estampida hacia el claro opuesto, dejando al herido atrás, Dan disparó su ráfaga al aire, maldiciendo a su propia gente, pero por primera vez, una punzada de duda lo invadió, miró a su alrededor, escuchando los sonidos de la selva, y empezó a dudar de si realmente estaban preparados para estar en ese infierno.
Al otro lado de la isla, en la seguridad de la cabaña, el silencio fue interrumpido por el chirrido del radio satelital, Will contestó al primer segundo.
—Will, aquí Marcus, alerta roja, para decirte que los sensores térmicos y de movimiento del cuadrante norte se acaban de activar hay múltiples objetivos en la isla, y por los reportes de audio satelital, ya sufrieron dos bajas por la fauna del lugar, estoy enviando el equipo de extracción aérea en este instante.
Will colgó el radio en su chaleco y miró a Erika, la calidez de la noche anterior se había esfumado; volvía a ser el comandante implacable. Caminó hacia la caja de armas, sacó una pistola Glock de nueve milímetros, le cortó cartucho y se la entregó a ella.
—Llegó el momento, Erika prepárate y mantén la cabeza abajo —le dijo, tomándola por los hombros un segundo para transmitirle seguridad.
Ella asintió con la mandíbula firme, sosteniendo el arma con ambas manos, Will se posicionó junto a la ventana táctica, con su fusil de asalto apuntando hacia el sendero, listo para abrir fuego contra cualquiera que apareciera entre la maleza volvió a presionar el PTT del radio.
—Marcus, diles a tus hombres que cuando se acerquen a la cabaña digan el código Ice34 por la frecuencia abierta, necesito identificarlos para no dispararles, el perímetro está minado y yo tengo el dedo en el gatillo.
—Copiado, jefe será el Código Ice34 —respondió Marcus—. Aguanta la posición, Richard y yo ya estamos en camino con el soporte pesado no dejes que se acerquen a ella.
Will apagó la luz de la cabaña, dejando el interior en una penumbra estratégica, afuera, los gritos lejanos de los hombres de Dan y el rugido del jaguar anunciaban que la cacería había comenzado, pero esta vez, el cazador estaba a punto de convertirse en la presa.