Amor por casualidad (Millonarios y herederas) Vigilancia a distancia
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Vigilancia a distancia

A miles de kilómetros de Seattle, en un punto desértico muy cerca de la frontera con México, el calor del mediodía distorsionaba el horizonte, Dan se encontraba resguardado bajo la sombra de un hangar privado, supervisando el nuevo flujo de la ruta directa que acababa de arrebatarle a los productores locales.

El negocio iba viento en popa, pero su mente seguía fija en una sola obsesión: Erika.

En ese momento, su teléfono de comunicación satelital emitió un pitido agudo, era un mensaje con el más alto nivel de encriptación y al abrirlo, los ojos de Dan se clavaron en el texto enviado por Juan desde el norte:

Patrón, interceptamos una anomalía en los muelles de Seattle, parece ser que los hombres del consorcio Freeman movieron de contrabando una lancha con carga pesada de víveres y suministros, el GPS de la ruta apunta hacia una isla deshabitada e inhóspita en el lago, estamos investigando el perímetro, esperamos órdenes para avanzar.

Dan leyó el mensaje dos veces y una sonrisa retorcida, llena de una malicia letal, se dibujó en su rostro, sintió cómo la adrenalina le recorría el cuerpo, porque la cacería taba llegando a su fin, teclo una respuesta inmediata con dedos firmes, deteniendo las acciones de sus gatilleros en Seattle.

NO VAYAN TODAVÍA. —escribió con autoridad—. Mantengan la vigilancia a distancia y no levanten sospechas porque yo mismo voy para allá.

Guardó el dispositivo en el bolsillo de su pantalón táctico y miró hacia el norte con un odio profundo que llevaba años madurando.

—Yo mismo iré a buscarla —murmuró para sí mismo, con la voz pastosa por la sed de sangre—. Y me voy a encargar de acabar con ese gringo que se cree su salvador, personalmente.

Dan se acomodó el arma al cinto y caminó hacia su avioneta privada que ya tenía los motores encendidos en la pista clandestina.

La idea de que Will estuviera interfiriendo en sus planes solo aumentaba su deseo de destrucción para él, Erika no era una mujer huyendo; era un cabo suelto, una propiedad y la última pieza para asegurar el respeto de los viejos leales a los Salazar.

—Esa perra tendrá que cumplir con lo que le corresponde de una vez por todas —sentenció con una risa gélida antes de subir a la aeronave—. Se acabó el juego, princesa.

La avioneta despegó, rompiendo el silencio del desierto fronterizo y enfilando directo hacia Seattle, mientras tanto, en la cabaña de la isla, ajenos al avance del monstruo, Erika terminaba de palmear las tortillas y el olor a albóndigas llenaba el refugio, marcando las últimas horas de paz antes de que la tormenta desembarcara en su orilla.