La isla
El sonido del radio táctico rompió la calma de la tarde con un pitido seco, Will escuchó el reporte de Marcus, asintió y colgó el dispositivo en su cinturón antes de mirar a Erika con una sonrisa ligera.
—Marcus acaba de hacer un envío —anunció Will, tomando su machete y asegurando su arma táctica—. Dejó una lancha rápida en la costa sur con víveres y suministros para las próximas semanas, Tenemos que ir a la playa por las cajas antes de que oscurezca.
A unos diez metros de ellos, en mitad del sendero difuso, la maleza se abrió para revelar una silueta imponente era un enorme jaguar de pelaje moteado y ojos brillantes los observaba fijamente, el felino mantuvo la posición, evaluando a los intrusos con una elegancia peligrosa, Erika contuvo el aliento, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba por el instinto de supervivencia.
Will, manteniendo una calma absoluta, le dio un ligero apretón en la mano.
—No te muevas y no tengas miedo, Erika —le susurró con voz extremadamente baja y firme—. Solo está protegiendo su territorio, no nos ve como una amenaza si mantenemos la distancia.
Will sostuvo la mirada del animal sin mostrar agresividad, manteniéndose firme como un muro tras unos segundos de una tensión sepulcral que parecieron eternos, el jaguar se dio media vuelta con parsimonia y se internó de nuevo en la selva profunda, desapareciendo entre los árboles.
Erika soltó el aire que contenía y miró a Will con una sonrisa de incredulidad.
—Definitivamente esta isla no es para turistas, Wil —dijo, intentando aligerar el susto.
—Te dije que era peligrosa, pero estás conmigo preciosa así que no tienes de que preocuparte, quien crees que saco a mis compañeros de aquí la vez pasada, pues yo—respondió él, guiándola el resto del trayecto hasta la playa.
En la orilla, ocultas bajo unas redes de camuflaje, encontraron las cajas de provisiones que el equipo de Marcus había dejado entre los dos cargaron el equipo y los víveres, regresando a pie por el sendero con la guardia alta, pero logrando llegar a salvo a la cabaña sin más sorpresas felinas.
Una vez dentro, con las puertas trancadas y las cajas sobre la mesa, Will empezó a desempacar los suministros, pero él su rostro serio de soldado se transformó y una gran sonrisa, franca y casi infantil, iluminó sus facciones mientras sacaba varios paquetes específicos de la caja.
—Me encargué personalmente de que Marcus comprara todo lo necesario para que cocines —le dijo Will, mirándola con ojos brillantes—. Tengo días pensando en esto... y realmente quiero tortillas hechas a mano y albóndigas con esa sazón tuya.
Erika se quedó mirándolo un segundo, sorprendida por la petición del temible consultor de seguridad militar, y luego soltó una carcajada limpia y sonora que llenó toda la cabaña.
—¿El gran William, trajo a una isla desierta infestada de jaguares solo para que le cocine albóndigas? —se burló ella, tomándose la cintura—. Eres increíble, de verdad.
—Anda, te lo pido como pago por ser tu jefe de seguridad, además tengo hambre y tenemos que alimentarnos —replicó él, divertido.
—Está bien, tus deseos son órdenes por hoy —dijo Erika, arremangándose la camisa y tomando los ingredientes con entusiasmo—. Ve preparando la mesa, porque te voy a demostrar cómo cocina una verdadera Salazar.
Mientras el olor de la comida casera empezaba a invadir el rústico refugio militar, la amenaza de Dan y las sombras del pasado parecieron quedar fuera, derrotadas momentáneamente por la risa de Erika y la calidez que finalmente había tomado el control de la cabaña.