Amor por casualidad (Millonarios y herederas) Encuéntrenla
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Encuéntrenla

Apenas unas horas después de haber celebrado lo que creía una victoria segura, el teléfono encriptado de Dan comenzó a vibrar sobre el escritorio y al ver el identificador de Juan, Dan contestó de inmediato, esperando escuchar que ya tenían a Erika amordazada en el auto.

—Dime que ya la tienen —ordenó Dan, con la voz cargada de una fría expectativa.

Al otro lado de la línea, la voz de Juan sonaba tensa, temerosa de la reacción de su jefe, el ruido del tráfico de Seattle se escuchaba de fondo.

—Patrón... tuvimos un contratiempo —titubeó Juan—. Llegamos al hotel según lo planeado, pero la princesita ya no estaba, alguien se nos adelantó.

El recepcionista dice que bajó con sus maletas, pero cuando nuestros muchachos entraron a buscarla por la parte trasera, se había esfumado desapareció del hotel como si se la hubiera tragado la tierra.

La cara de Dan se transformó en una máscara de furia pura el color se le subió al rostro y, en un arranque de rabia ciega, barrió con el brazo todo lo que estaba sobre su escritorio, mandando lámparas, papeles y botellas de alcohol a estrellarse contra el suelo.

—¡¿Cómo que desapareció, par de idiotas?! —rugió Dan por el teléfono, haciendo que Juan se alejara el aparato del oído—. ¡La tenían ubicada! ¡Estaba acorralada en un maldito hotel de turistas! ¡¿Cómo se les escapa una mujer sola en una ciudad que no conoce?!

—Patrón, no estaba sola —intervino Juan rápidamente, tratando de salvar el pellejo—.

Las cámaras de seguridad del perímetro exterior muestran que una camioneta negra la sacó por la zona de carga, fue una extracción limpia, parecía un profesional, no se movía como una periodista asustada, alguien que sabe lo que hace, la estaba guiando.

Dan apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, porque la idea de que Erika tuviera un aliado, un hombre protegiéndola en territorio estadounidense, encendió un fuego de celos territoriales y paranoia en su pecho.

—¡No me importa quién la esté ayudando! ¡Me vale madre si es el mismo presidente de los Estados Unidos!

Encuéntrenla—sentenció Dan, con los dientes apretados y una voz que destilaba veneno—.

Erika no se puede haber ido muy lejos, no tiene pasaporte nuevo, no tiene apoyo de su madre aquí porque ella sigue donde mismo, busquen en cada maldito rincón de Seattle, revisen las cámaras del puerto, los hangares privados, los caminos que salen de la ciudad. ¡Muévanse!

Dan se inclinó sobre la mesa, respirando con dificultad, con la mente fija en la imagen de la Princesa Salazar y en el recuerdo de la noche en que le quitó la vida a su hermano.

—Si tengo que mandar a todo nuestro ejército a Seattle y quemar esa maldita ciudad para encontrarla, lo voy a hacer, a mí nadie me quita lo que es mío. ¡Encuéntrenla ya! —bramó antes de colgar el teléfono de un golpe.

Mientras tanto, en la densa e inhóspita isla del lago, Will terminaba de asegurar el refugio militar, ajeno a los gritos de Dan, pero completamente preparado para la guerra que venía en camino.