Amor por casualidad (Millonarios y herederas) La vida sigue. #2
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La vida sigue. #2

—Tenemos que habilitar la señal táctica y los sistemas de monitoreo antes de que caiga la noche —le dije, sacando las antenas y el equipo de comunicación de mi mochila—. Voy a subir al techo de la cabaña para instalar los repetidores y el enlace satelital.

—Yo te ayudo, "Ice Man" —respondió ella, dejando un momento el trapo—. Pásame los cables desde abajo, así terminamos más rápido.

Erika se colocó en la base de la estructura, pasándome las herramientas y asegurando las conexiones mientras yo trabajaba en lo alto, fijando las antenas ocultas entre las ramas del tejado.

En medio de la nada, rodeados de peligro y polvo, trabajábamos como un verdadero equipo, blindando nuestro último bastión contra el mundo exterior.

Con las antenas fijadas en el techo y los cables conectados, el panel de control del radio táctico encendió sus luces LED en color verde.

La señal satelital estaba activa y encriptada, bajé del tejado de un salto, me sacudí el polvo de las manos y tomé el micrófono.

—Marcus, aquí Will. Estamos dentro del refugio. Enlace satelital seguro —informé con voz firme.

—Te recibo fuerte y claro, jefe, qué bueno saber que siguen enteros en esa selva —respondió Marcus desde la base—. ¿Cuáles son las órdenes?

—Habilita la Estrategia 5. Ahora mismo.

Hubo una pausa seria del otro lado, la Estrategia 5 era nuestro protocolo de contingencia militar más agresivo: significaba desplegar a todos nuestros hombres en activo en misiones de caza y contención en el terreno, utilizando recursos de inteligencia de grado alfa.

—Entendido, Will. Activando la 5. Los muchachos ya se están movilizando —Marcus tecleó rápidamente y continuó con tono grave—.

Tengo actualizaciones, ya sé cómo la encontraron tan rápido, las fotos de la prensa local sobre la boda de Kim y Richard se subieron a las redes ayer en la madrugada, y Erika aparecía en una de las imágenes principales como la madrina.

Erika, que terminaba de limpiar la mesa, se congeló al escuchar el radio y se acercó a mí, con los ojos muy abiertos.

—El software de reconocimiento facial de Dan saltó de inmediato —explicó Marcus—.

Pero esos tipos no solo vinieron por ella, Will, aprovecharon el viaje porque descubrimos que están metidos en una operación pesada de tráfico de drogas aquí mismo en Seattle; están usando los muelles del norte para mover mercancía, ahora que saben que Erika está en la ciudad, tienen a toda su gente buscándola por todos lados, peinando hoteles, estaciones y aeropuertos.

Miré a Erika y le tomé la mano, apretándola para darle seguridad su pasado y los negocios de Dan acaban de chocar de frente con nuestro territorio.

—Déjalos que busquen —le respondí a Marcus por el radio, con una frialdad absoluta—.

Que gasten sus recursos buscándola en la ciudad, mis hombres tienen luz verde para rastrear esa operación de drogas; si encontramos sus almacenes, encontraremos a Dan, mantén el perímetro digital cerrado, Marcus nadie sale de Seattle y nadie toca a Erika.

Colgué el radio y miré el rostro preocupado de la "Princesa Salazar" estábamos en una cabaña en medio de una isla salvaje, pero la guerra ya había comenzado en las calles de Seattle.

La noche cayó sobre la isla con una densidad absoluta. El silencio del bosque exterior era interrumpido únicamente por el crujido de la madera en la pequeña estufa de la cabaña y el silbido del viento entre los árboles.

La adrenalina del día se había evaporado, dejando al descubierto el agotamiento y el miedo real que Erika había estado ocultando detrás de su fachada de mujer fuerte.

Estábamos sentados en el borde de una de las literas militares.

De repente, el cuerpo de Erika empezó a temblar.

Intentó contenerlo, apretando los puños, pero la presión de saberse cazada por el monstruo de su pasado fue demasiada.

Soltó un sollozo ahogado y, por primera vez, se quebró por completo, dejando caer la cabeza sobre mi hombro.

La abracé de inmediato, envolviéndola con mis brazos, pegándola a mi pecho como si pudiera protegerla de sus propios recuerdos con mi propio cuerpo.

—Llora, Erika. Suéltalo todo —le susurré al oído, acariciándole el cabello suavemente—. Ya no tienes que ser la "jefa" ni la "Princesa" indomable frente a mí. Aquí estás a salvo.

Sus lágrimas empaparon mi camiseta táctica mientras sus manos se aferraban a mi espalda con desesperación. Era el llanto de años de huida, del trauma de Dan, del dolor de ver su nombre arrastrado en el fango del narcotráfico y del miedo de perder la libertad que tanto le había costado construir.

—Tengo rabia, Will... tengo tanto miedo —consiguió decir entre lágrima y lágrima—. Odio que esa gente tenga el poder de arruinarlo todo. Odio que pongan en peligro tu vida.

—Mírame —le pedí, apartándole con cuidado el cabello del rostro húmedo y obligándola a mirarme a los ojos bajo la tenue luz de la linterna—. Mi vida no importa si no es para proteger lo que quiero, y te quiero a ti, preciosa.

Escúchame bien: esos tipos son criminales que juegan con el miedo de la gente, pero mi equipo y yo jugamos con la estrategia, la fuerza y la ley, no estás sola en esto, esta isla es impenetrable y yo soy tu escudo.

Le besé la frente, limpiando las lágrimas residuales de sus mejillas con mis pulgares, poco a poco, los sollozos cesaron y su respiración se fue acompasando con la mía. Erika se acomodó contra mí, buscando mi calor en la fría noche.

El hombre frio de Seattle se había derretido por completo, transformado en el único refugio seguro que la Princesa Salazar tenía en el mundo.

El silencio que siguió en la cabaña fue tan denso que el crujido de la madera pareció apagarse por completo, el cuerpo de Erika se volvió a tensar en mis brazos, pero esta vez no era por miedo al presente, sino por el peso de un secreto que la estaba carcomiendo por dentro.

Se apartó un poco de mi hombro, mirándome con unos ojos vacíos, apagados por el recuerdo de la peor noche de su vida.

—Will... no te conté todo —dijo con un hilo de voz, y el temblor en sus labios me hizo saber que lo que venía era una herida abierta que nunca había sanado—. La razón por la que Dan me busca con tanta saña no es solo por el poder es porque hay sangre de por medio, mucha más de la que crees.

La miré sin interrumpirla, sosteniendo sus manos frías entre las mías.

—Esa noche, cuando Dan entró a mi habitación e intentó violarme... yo grité con todas mis fuerzas, y alguien me escuchó, mi hermano menor, Santi, llegó a salvarme.

Él tenía solo quince años, Will, era solo un niño que quería proteger a su hermana.

Una nueva lágrima, cargada de una culpa antigua y dolorosa, rodó por su mejilla, cerró los ojos con fuerza, como si reviviera la escena en la oscuridad de su mente.

—Santi no tenía un arma, no sabía pelear contra un monstruo lo enfrentó con las manos vacias... y Dan no tuvo piedad.

Lo asesinó a golpes y de un disparo justo enfrente de mí, en el suelo de mi propia recámara mi madre llegó poco después, y la escena era tan brutal que entendió que, si me quedaba ahí un día más, yo sería la siguiente por eso me mandó a Suiza y por eso borró mi rastro.

El estómago se me revolvió sentí una furia tan ciega y destructiva correr por mis venas que tuve que apretar la mandíbula para no golpear la pared de la cabaña.

Ahora entendía el infierno que Erika cargaba a cuestas. No solo huía de un matrimonio forzado o del narcotráfico; huía del asesino de su hermano de quince años.

La atraje de nuevo hacia mí, esta vez con una fuerza desesperada, pegándola a mi pecho como si pudiera absorber su dolor.

—Él no solo me busca para ser el líder, Will —susurró ella contra mi cuello, con la voz rota—.

Me busca porque soy el único testigo de lo que le hizo al hijo de su antiguo jefe.

Sabe que, si yo hablo, los hombres leales a mi padre lo destrozarán por romper la regla más sagrada: la familia no se toca.

—Erika, mírame —le dije, tomándole el rostro con firmeza, obligándola a ver la promesa de muerte que se acababa de instalar en mis ojos—.

Ese maldito ya no solo tiene una cuenta pendiente con la ley o con tu familia ahora la tiene también conmigo, Santi te salvó esa noche, y te prometo, por la memoria de tu hermano y por lo que ya siento por ti, que la muerte de ese niño no va a quedar impune, Dan no va a salir vivo de Seattle.

En la oscuridad de la isla, el operativo ya no era solo por protección se había convertido en una misión.