Amor por casualidad (Millonarios y herederas) La vida sigue.
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La vida sigue.

La mañana siguiente a la boda tenía ese aire de pesadez que queda cuando la euforia se retira y la realidad golpea de frente. Erika bajó al vestíbulo del hotel, todavía con el cansancio en los huesos, pero con la intención de cerrar su cuenta y buscar un lugar más seguro.

Sin embargo, al llegar a la recepción, su sangre se convirtió en hielo.

A través de los grandes ventanales de la entrada, estacionados de manera prepotente, vio a dos hombres con abrigos oscuros que no encajaban con el flujo de turistas del hotel.

Uno de ellos estaba de espaldas, pero Erika reconoció instantáneamente esa postura rígida y la forma en que escaneaba el lugar, eran la gente de Dan, el pánico, ese que ella siempre intentaba mantener bajo llave, se desbordó, sintió que las paredes del hotel se cerraban sobre ella y que no tenía salida.

Sin pensarlo dos veces, retrocedió hacia el pasillo de los elevadores, ocultándose tras una columna. Con los dedos temblorosos, marcó el único número que sabía que respondería a cualquier hora.

—¿Will? —su voz era un susurro quebrado por el miedo.

—¿Erika? ¿Qué pasa? te escucho agitada —la voz de Will sonó alerta al instante, ya se escuchaba el ruido de llaves y el cierre de una puerta de su lado.

—Están aquí, Will. En el lobby, aquí están los hombres de Dan.… me encontraron y no sé qué hacer, tengo miedo, no sabía a quien llamar, pero tú eres de seguridad quizá me puedas ayudar…

—Escúchame bien, Erika quédate donde estás y no salgas por la puerta principal busca las escaleras de servicio o el acceso a la cocina.

Ve hacia el estacionamiento subterráneo, sección B, cerca de los contenedores de carga, llego en siete minutos no cuelgues el teléfono.

Will manejó por las calles de Seattle como si estuviera en una persecución de alta velocidad, ignorando semáforos y esquivando el tráfico dominical con una precisión quirúrgica su mente era una computadora analizando rutas de escape.

Siete minutos exactos después, el motor rugiente de su camioneta negra frenó en seco en la zona de carga del hotel, Erika estaba allí, abrazada a sí misma, con la maleta a un lado y el rostro pálido.

Will saltó del vehículo antes de que terminara de detenerse, corrió hacia ella y la rodeó con sus brazos en un gesto que era mitad protección y mitad alivio.

—Ya estoy aquí. Estás a salvo —le dijo contra el cabello, mientras la subía al asiento del copiloto con urgencia.

Erika no dijo nada, solo se aferró a su brazo. Will subió al auto, puso la marcha atrás y salió del estacionamiento justo cuando uno de los hombres de Dan asomaba la cabeza por la puerta de servicio.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella finalmente, cuando ya estaban a varias cuadras de distancia.

Will la miró de reojo, con la mandíbula tensa y una determinación que no dejaba lugar a dudas.

—Al único lugar donde puedo controlar cada centímetro de lo que sucede al único lugar donde nadie, ni Dan ni sus ejércitos, va a ponerte una mano encima. Te vas a quedar conmigo, Erika se acabó el jugar al escondite en hoteles, de ahora en adelante, tu seguridad es mi única prioridad.

Erika miró por la ventana, viendo cómo el hotel quedaba atrás, sabía que, al aceptar ir con él, estaba rompiendo su regla de oro de no involucrar a nadie, pero al ver el perfil decidido de Will, entendió que ya no estaba sola en esta guerra había dejado de ser un consultor para convertirse en su guardián personal.

Will mantuvo una mano firme en el volante mientras con la otra extraía un radio táctico de frecuencia encriptada, un dispositivo que no dejaba rastro en las redes convencionales.

Presionó el PTT y la voz de Marcus respondió al segundo, nítida y profesional.

—Dime, Will. ¿Alguna novedad con el informe de la boda? —preguntó Marcus.

—Situación roja, Marcus encontraron a Erika, te acuerdas de que te conté su situación pues la localizaron su hotel esta mañana, tuvimos que hacer una extracción de emergencia.

Hubo un silencio breve del otro lado, Marcus, que siempre tenía una respuesta para todo, sonó genuinamente confundido.

—¿Su familia la encontró? Will, no te sigo. ¿Cuál es el problema real? es una periodista, no un activo de inteligencia. ¿Por qué tanto despliegue por unos parientes molestos?

Will miró de reojo a Erika, que permanecía en silencio, con la mirada perdida en el asfalto, respiró hondo antes de soltar la verdad que cambiaría las reglas del juego para todo su equipo.

—No es una familia común, Marcus., eso fue lo único que te dije, pero escucha bien porque no lo voy a repetir: el padre y el hermano de Erika son narcotraficantes de alto nivel en México, ella es la "Princesa Salazar".

La mandaron a un internado en Suiza hace años para sacarla de la línea de fuego y del control del grupo, pero ahora las cosas cambiaron.

—¿Narcos? —la voz de Marcus bajó dos tonos, perdiendo todo rastro de ironía—. Eso explica el vehículo negro de ayer.

—Exacto, el nuevo líder del grupo, un tipo llamado Dan, la está cazando, no la quiere muerta, la quiere como trofeo; necesita casarse con ella para afianzar su dominio ante los viejos leales al padre de Erika. Para ellos, ella es la legitimidad.

Will hizo un giro brusco, adentrándose en una ruta menos transitada que conducía hacia las afueras de la ciudad, donde el bosque empezaba a espesarse.

—No voy a llevarla a mi departamento ni a la oficina me la voy a llevar al escondite de defensa del grupo de seguridad militar es el único sitio con inhibidores de señal y muros de grado balístico que puede aguantar un asedio. Marcus, quiero que limpies cualquier rastro digital de este trayecto.

Borra las cámaras de tráfico de los últimos diez minutos, estaré comunicándome conforme avance, no confíes en nadie fuera del círculo interno.

—Entendido, jefe. Entrando en modo "Fantasma". Si esos tipos quieren llegar a ella, van a tener que pasar por encima de toda nuestra infraestructura, suerte en el camino.

Will colgó el radio y aceleró, ella lo miró, y por primera vez, vio en los ojos de él no solo al hombre que la deseaba, sino al soldado que estaba dispuesto a ir a la guerra por ella.

—¿Un escondite militar? —preguntó ella con un hilo de voz—. Will, esto es demasiado, te van a matar si te quedas en medio.

—Que lo intenten, Salazar —respondió él sin apartar la vista del camino—. Ya te lo dije: para llegar a ti, primero tienen que borrarme del mapa y no planeo irme a ninguna parte.

Will tomó los caminos traseros y los callejones secundarios, maniobrando la camioneta con destreza hasta llegar a una zona apartada del muelle, lejos de los ojos de cualquiera. Frenó en seco y apagó los faros.

—Erika, abajo. Rápido —le pidió con voz firme pero calmada, abriendo su puerta.

Ella no lo dudó un segundo; tomó su maleta y bajaron a toda prisa, moviéndose como sombras entre las estructuras del puerto hasta llegar a una sección restringida.

Ahí, amarrada y camuflada entre el follaje de la orilla, nos esperaba una embarcación pequeña pero completamente equipada: motor fuera de borda de alta potencia, refuerzo de casco y equipo de navegación militar.

Nos subimos de inmediato y encendí el motor, que rugió con un siseo sordo mientras nos adentrábamos en las aguas picadas del lago.

Erika, con el viento golpeándole el rostro y sosteniéndose del borde, me miró tratando de descifrar el rumbo.

—¿A dónde vamos, Will? Esta no es la ruta a la mansión de Richard —preguntó, alzando la voz sobre el ruido del agua.

—No, no lo es —respondí, ajustando las coordenadas en el radar táctico—. Vamos a un refugio de emergencias militares, es una propiedad confidencial.

En la compañía no la registramos en los contratos comerciales, pero Richard nos otorgó el derecho de uso exclusivo para resguardo en operaciones de alto riesgo.

La miré de reojo, asegurándome de que entendiera la gravedad de la situación.

—Esa es precisamente la isla donde los Calavera se perdieron cuando eran jóvenes, Erika no es un lugar turístico. Es una zona extremadamente peligrosa; hay animales salvajes sueltos y no existe ningún camino trazado.

Nadie en su sano juicio se atreve a entrar ahí, y es exactamente por eso que los hombres de Dan no te encontrarán. Si quieren buscarte, tendrán que sobrevivir primero a la isla.

Erika tragó saliva y miró hacia el horizonte, donde la silueta de una masa de tierra densa y oscura empezaba a recortarse contra el cielo.

El refugio militar blindado construido por Richard años atras nos esperaba, oculto en el corazón de un territorio salvaje donde el pasado de ella y mi entrenamiento estaban a punto de ponerse a prueba.

La embarcación encalló con un golpe seco contra la orilla de la isla. Al bajar, la realidad del lugar nos golpeó de frente: era un sitio completamente inhóspito, donde la naturaleza salvaje parecía haber devorado cualquier rastro de civilización.

La maleza era tan densa y alta que bloqueaba la luz del sol, creando una atmósfera pesada y cerrada.

Me colgué el equipo táctico al hombro y saqué un machete largo y afilado de la bolsa militar.

—Quédate detrás de mí y pisa donde yo pisé, Erika —le ordené, levantando el arma.

Empecé a cortar ramas gruesas, enredaderas y espinos, abriéndonos paso a la fuerza a través de la vegetación virgen, no había senderos, solo el sonido del metal chocando con la madera y nuestras respiraciones agitadas.

Tras una caminata extenuante que nos llevó al corazón de la nada, en el centro mismo de la isla, la vegetación cedió para revelar el refugio: una cabaña rústica, camuflada perfectamente entre los árboles altos.

Al abrir la pesada puerta de madera, nos recibió un olor a encierro y una capa densa de polvo que cubría los muebles militares y las repisas.

Erika, lejos de quejarse o amedrentarse por las condiciones, demostró una vez más la casta de la que estaba hecha. Se amarró el cabello, se arremangó y, con esa determinación tan suya, empezó a sacudir y a ordenar el lugar para hacerlo habitable.