Amor por casualidad (Millonarios y herederas) La Boda
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La Boda

Llevaba un traje a medida, oscuro y elegante, pero bajo la chaqueta el peso de mi arma reglamentaria y el auricular de comunicación me recordaban que no estaba allí solo como el mejor amigo del novio.

Mis hombres estaban apostados en cada entrada, disfrazados de camareros o personal de seguridad, con una orden clara: nadie entraba sin escaneo previo.

Richard estaba radiante, pero mis ojos no dejaban de buscar a Erika cuando finalmente la vi, el aire se me escapó de los pulmones.

Llevaba un vestido de seda en un tono esmeralda profundo que resaltaba su piel y ese fuego en su mirada.

Se movía entre los invitados con la gracia de la "Princesa" que decía ser, pero con la agudeza de la periodista que había elegido ser al acercarme a ella, noté que, aunque sonreía a las cámaras, sus ojos escaneaban la multitud con la misma paranoia profesional que los míos.

—Te ves... increíble, preciosa —le susurré al oído, colocándome a su lado para bloquear cualquier ángulo de visión desde la entrada trasera.

—Tú tampoco te ves mal, —respondió ella sin perder la sonrisa social—. Pero mantén la mano fuera del arma, vas a asustar a las tías de Richard.

—Mis hombres están en posición el perímetro es una fortaleza —le aseguré.

—Eso espero, Will porque hoy Kim merece ser feliz, y no voy a permitir que los fantasmas de mi padre arruinen su momento.

La ceremonia fue perfecta, Kim caminó hacia el altar con una fuerza asombrosa, la herida de su cabeza oculta por un velo exquisito, Richard la miraba como si fuera el milagro que le devolvió la vida, pero mientras ellos intercambiaban votos, yo sentí un clic en mi auricular.

—jefe, tenemos un vehículo negro sin acreditar en la puerta norte, son Tres individuos, pero no coinciden con la lista de invitados —la voz de Marcus sonó tensa en mi oído.

Sentí que Erika se ponía rígida a mi lado, ella también lo había notado: un movimiento inusual entre los meseros cerca de la barra.

—Están aquí, ¿verdad? —preguntó ella, con la voz apenas audible, mientras los invitados aplaudían el beso de los novios.

—No te separes de mí —le ordené, entrelazando mis dedos con los suyos, pero esta vez no era una orden de mando, sino una promesa de protección—. Que empiece la fiesta, porque si Dan cree que puede entrar a una propiedad de los Freeman bajo mi guardia, se va a llevar la sorpresa de su vida.

La música comenzó a sonar, pero para nosotros, el baile apenas estaba por comenzar, la "Princesa Salazar" y su guardián estaban listos para enfrentar al pasado en medio de los brindis y el champán.

—No les des nada, que se larguen de aquí ahora mismo, diles que llamarás a la policía sino se retiran —le ordené a Marcus por el auricular, manteniendo la voz baja mientras fingía tomar una copa de champaña.

Marcus, con esa habilidad suya para mentir con una cara de piedra, se acercó al vehículo negro.

Les dijo que la propiedad estaba bajo una auditoría federal de seguridad y que cualquier vehículo no registrado sería remolcado y sus ocupantes detenidos para interrogatorio, los hombres de Dan, que no esperaban encontrarse con un muro profesional de ese calibre, dudaron, pero finalmente dieron marcha atrás y desaparecieron en la oscuridad de la carretera.

Con la amenaza neutralizada por el momento, la boda explotó en alegría, Erika se olvidó por unas horas de las sombras de su pasado, estaba radiante, orgullosa de ver a Kim tan fuerte y feliz después de la pesadilla del secuestro.

Cuando la música movida empezó a sonar, ella arrastró a la pista esa energía latina que llevaba en la sangre; bailaba con una libertad que hipnotizaba a cualquiera que la mirara, riendo con sus amigas y celebrando la vida.

Entonces, la música cambió, las luces se atenuaron, adquiriendo un tono cálido y romántico, y los primeros acordes de un vals suave llenaron el salón, Richard y Kim se adueñaron del centro de la pista, moviéndose con una armonía que solo tienen los que han estado al borde de perderlo todo.

todos aplaudíamos, conmovidos por la escena, cuando el novio, sin dejar de abrazar a su esposa, tomó el micrófono.

—Esta noche no estaríamos aquí sin dos personas que movieron cielo y tierra por nosotros —dijo Richard, buscándonos con la mirada—. Will, hermano... Erika... por favor, únanse a nosotros, el padrino y la madrina tienen que abrir este baile con los novios.

La sorpresa fue general. Erika se quedó helada un segundo, mirando a la multitud y luego a mí, yo no esperé su respuesta; caminé hacia ella y le extendí la mano.

—No hay escapatoria, Salazar —le dije con una sonrisa suave—. El novio manda.

Ella puso su mano sobre la mía y la guie al centro de la pista. En cuanto la tomé por la cintura y ella apoyó su mano en mi hombro, el mundo exterior —el GPS, los hombres de Dan, la vigilancia— dejó de existir.

Empezamos a girar al ritmo de la música, y para sorpresa de todos los presentes, el hombre mas frio de Seattle se movía con una elegancia que nadie le conocía.

No podía quitarle la vista de encima, sus ojos brillaban bajo las luces, y en ese contacto tan cercano, pude sentir su corazón latiendo tan rápido como el mío.

—Bailas demasiado bien para ser un consultor de seguridad —susurró ella, acercándose un poco más a mi oído, dejando que su perfume me nublara el juicio.

—Tengo una excelente maestra que me enseñó que la vida se trata de ritmo y sazón —respondí, apretando ligeramente su agarre—. En este momento te digo Olvida a Dan, olvida el pasado, solo somos tú y yo en este salón, Erika.

En ese vals, frente a toda la élite de la ciudad, ya no éramos el guardián y la protegida, éramos dos fuerzas que habían chocado y que, por fin, estaban encontrando el mismo paso, Will no la miraba como a una misión que cumplir, sino como el hombre que estaba dispuesto a seguir ese baile hasta las últimas consecuencias.

El momento culminante de la noche llegó con un grito de entusiasmo de todas las solteras agrupándose en la pista, Kim, con una chispa de travesura en los ojos que delataba sus intenciones, se posicionó de espaldas, ella intentó escabullirse hacia la barra, pero Kim la señaló con el dedo antes de girarse, advirtiéndole que no se moviera.

—¡A la cuenta de tres! —gritó Richard, abrazando a su esposa por la cintura.

—¡Uno... dos... tres!

Kim no lo lanzó al azar, hizo un giro perfecto y el ramo de peonias blancas voló con una trayectoria directa, como si tuviera un sistema de guía láser, hacia las manos de Erika, ella, por puro instinto de reflejo, extendió los brazos y lo atrapó contra su pecho.

La multitud estalló en aplausos y silbidos. Erika se quedó congelada, mirando las flores y luego a Kim, quien le guiñó un ojo con una sonrisa cómplice mientras Richard la guiaba hacia la salida entre una lluvia de pétalos, se iban a su luna de miel, dejando atrás el caos y comenzando su nueva vida.

Erika se quedó ahí, en medio de la pista, con el ramo en las manos y una expresión que mezclaba la sorpresa con esa ironía que tanto la caracterizaba me acerqué a ella, divertido por la situación.

—Vaya, Salazar... parece que el destino, o al menos Kim, tiene planes muy claros para ti —le dije, deteniéndome a pocos centímetros.

Ella soltó una carcajada seca y sacudió la cabeza, aunque no soltó las flores.

—Esto es trampa, Will esa mujer es peligrosa con un ramo en las manos —respondió ella, pero sus ojos brillaban con una suavidad que no había visto antes—. Pero bueno, ya que lo tengo, no voy a tirarlo a la basura porque es demasiado bonito.

La música volvió a subir de volumen, transformándose en un ritmo contagioso que invitaba a seguir la celebración.

Los novios se habían ido, pero la fiesta apenas comenzaba para nosotros, aunque el peligro seguía afuera, en las sombras, pero en ese salón, rodeados de amigos y bajo la protección de mi equipo, el ambiente era de pura euforia.

—¿Me concedes otra pieza, "futura novia"? —le pregunté con un tono burlón, ofreciéndole mi mano de nuevo.

—No tientes a tu suerte, William —dijo ella con una sonrisa desafiante, entregándole el ramo a una de las meseras para que lo guardara en agua—. Pero acepto, solo porque eres el único aquí que puede seguirme el paso sin pisarme los pies.

Nos perdimos de nuevo en la multitud, bailando entre risas y brindis. Por una noche, la "Princesa Salazar" no estaba huyendo de nadie y el "Ice Man" no estaba analizando amenazas.

Éramos simplemente dos personas disfrutando de una noche que, contra todo pronóstico, nos había unido más de lo que cualquiera de los dos se atrevía a admitir en voz alta.

La fiesta siguió hasta la madrugada, y mientras girábamos en la pista, supe que no importaba cuántos ramos atrapara, yo ya la había elegido a ella mucho antes de que Kim lanzara esas flores.