Amor por casualidad (Millonarios y herederas) Bingo
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Dan

A miles de kilómetros, en su base de operaciones, Dan recibió la notificación, y al abrir el archivo y ver el rostro de la mujer que llevaba años buscando, sus ojos se iluminaron con una mezcla de triunfo y locura.

—¡Por fin! —exclamó Dan, golpeando la mesa. De inmediato, llamó a Juan y al resto de sus gatilleros—. Muevan a un grupo de hombres ahora mismo. Ya sé exactamente dónde está.

La princesita vino a Seattle para la boda de unos malditos ricos de la ciudad, quiero que vayan por ella, pero escúchenme bien: sean discretos porque no quiero un escándalo mediático ni a la policía federal metida en mis asuntos antes de que la tenga bajo mi control, lléguenle por la espalda y sáquenla de ahí sin hacer ruido.

Mientras Dan terminaba de dictar las órdenes tácticas para el secuestro de Erika, la puerta de su oficina se abrió y entró su principal operador de logística, con un teléfono satelital en la mano y una expresión de victoria.

—Patrón, acabo de recibir el reporte de la frontera y del sur —dijo el operador, interrumpiéndolo—. Los muchachos terminaron el trabajo, acaban de acabar con los productores independientes que nos estaban estorbando. La zona está limpia.

Dan se quedó en silencio un segundo, procesando la noticia, y luego soltó una carcajada llena de codicia.

—¿Limpieza total? —preguntó, con una sonrisa que le deformaba el rostro.

—Total, patrón eso significa que muy pronto podremos tener la venta y distribución directa en todo el estado, sin intermediarios y ganando el triple, el mercado norteamericano es completamente nuestro.

El líder criminal se puso de pie, desbordante de alegría y el destino parecía estar jugando a su favor: en un solo día, su negocio de drogas alcanzaba la cima del poder y la Princesa Salazar, la llave para consolidar su imperio ante los viejos leales de la familia, estaba finalmente al alcance de su mano.

—Hoy es mi día de suerte —celebró Dan, mirando la foto de Erika en su pantalla—. Avancen con el cargamento directo y traigan a mi mujer, Seattle va a saber quién es el verdadero dueño del negocio.