La Isla #2
—En mi casa —dijo Erika sonriendo—, el silencio es un lujo que no existe, siempre hay alguien celebrando un cumpleaños, una boda o simplemente el hecho de que es domingo, mis tíos en México son capaces de armar una fiesta con una guitarra y un par de kilos de carne, mi familia es como un árbol con raíces que se enredan por todas partes; a veces asfixian, sí, pero nunca te dejan caer.
Will la miraba fascinado le costaba imaginar una vida donde la soledad no fuera el estado predeterminado, pero ver el brillo en los ojos de Erika mientras hablaba de sus parientes le hacía desear, por primera vez, entender lo que significaba ese tipo de pertenencia.
En esa cocina de la mansión Freeman, las dos soledades se encontraron: la de él, forjada en la independencia fría de Seattle, y la de ella, que buscaba su propio camino lejos del control familiar, pero llevando siempre la sazón y los recuerdos de su abuela sinaloense en la maleta.
Will observaba cada movimiento de Erika como si estuviera presenciando un truco de magia, ella se movía con una seguridad envidiable, esparciendo un poco de harina sobre el granito de la cocina de los Freeman, que para ese momento ya parecía más un hogar mexicano que una fría mansión de seguridad.
—¿Me estás diciendo, que... ¿Nunca en tus treinta y tantos años, has probado una tortilla de harina recién salida del comal? —le preguntó ella con una chispa de picardía en los ojos.
—He comido wraps, si a eso te refieres —respondió él, un poco a la defensiva. Erika soltó una carcajada y negó con la cabeza mientras empezaba a bolear la masa con una rapidez experta.
—No me insultes, William, esos pedazos de cartón frío no cuentan, mira, yo te voy a dar esa "primera vez" y te juro que no la vas a olvidar —dijo ella con una broma que le sacó una sonrisa cómplice.
Él se quedó hipnotizado viendo cómo las manos de Erika daban forma a las bolitas de masa —los testales, como ella les decía— y luego las cubría con un trapo limpio para dejarlas reposar, mientras tanto, ella no paraba de contar chistes y anécdotas de sus tíos en México, llenando la cocina de una energía que Will nunca había sentido en ese lugar.
Erika estrenó un comal que estaba guardado en el fondo de una alacena, brillando bajo la luz de la estufa con un rodillo, extendió la masa hasta que quedó casi transparente y la puso sobre el fuego vió con asombro cómo la tortilla empezaba a inflarse, creando pequeñas burbujas doradas.
—Ten —dijo ella, enrollando la primera tortilla todavía humeante y dándosela directamente a la mano—. Ten cuidado, que quema.
Will le dio el primer mordisco, el sabor del trigo caliente y la textura suave pero firme lo dejaron mudo por un segundo.
—Esto es... increíble, no tiene nada que ver con lo que venden en el súper —murmuró él, masticando con deleite.
—Espera, que todavía falta el toque de gracia —le interrumpió ella.
Erika tomó otra tortilla, sacó un poco de mantequilla y la untó con generosidad, la grasa se derritió instantáneamente, dejando un rastro brillante y un aroma que inundó los sentidos de Will se la entregó de nuevo y él cerró los ojos al probarla.
—Nunca me había dado cuenta de que la mantequilla supiera tan buena —dijo Will, mirando la tortilla como si fuera un tesoro—. Erika, me estás arruinando la comida de Seattle para siempre mañana voy a despertar y voy a odiar mi tostada de aguacate.
Erika se río, satisfecha con su victoria culinaria en ese momento, en medio de la harina y el calor del comal, la distancia entre el frío consultor de seguridad y la impulsiva periodista desapareció por completo ya no eran dos extraños cuidando documentos secretos; eran dos personas compartiendo un pedazo de historia y sabor en el rincón más inesperado del mundo.
Después de comer se dieron cuenta que era tarde y había que dormir él le mostro las habitaciones de arriba y se atrevió a preguntar si no podía dormir con él, ella no estaba muy convencida pero luego se encogió de hombros y dijo bueno, ya viste todo no creo que haya nada diferente a lo de anoche así que … qué más dá
Will soltó una carcajada ante la honestidad brutal de Erika, ella tenía esa forma de desarmarlo con una frase, mezclando su pragmatismo con esa chispa de picardía que lo volvía loco.
—Tienes razón —dijo él, tomando su mano mientras subían las escaleras de madera sólida—. No creo que el inventario haya cambiado mucho desde ayer, pero te aseguro que el escenario es bastante superior.
La habitación principal de la mansión Freeman era un santuario de lujo rústico: una cama inmensa con sábanas de hilo de alta densidad, una chimenea de piedra que ya estaba encendida gracias al sistema automático y un ventanal que ofrecía una vista privilegiada al lago oscuro, donde la luna se reflejaba como un espejo de plata.
Erika entró y, fiel a su estilo, no se dejó impresionar por las sábanas de mil hilos se quitó los zapatos, estiró los brazos y se lanzó de espaldas a la cama con un suspiro de satisfacción.
—Bueno, al menos esta cama no chirría como la del hotel —comentó ella, mirando al techo—. Pero te advierto, William: si intentas darme alguna orden sobre "protocolos de cualquier cosa", te mando a dormir al muelle con los pescados.
Se quitó la camisa, dejando que la luz de las brasas de la chimenea jugara con las sombras de sus hombros, y se sentó en el borde del colchón, observándola con una intensidad que nada tenía que ver con el trabajo.
—Nada de órdenes esta noche, Salazar —le prometió en voz baja—. Solo quiero disfrutar de que, después del desastre de día que tuvimos, estás aquí, y que, por alguna razón que todavía no entiendo, decidiste darme una oportunidad más.
Erika se giró sobre su costado, apoyando la mejilla en la almohada, y lo miró con esos ojos que parecían leerle el alma.
—No te acostumbres, "Ice Man" —dijo ella con una sonrisa suave, aunque sus dedos ya buscaban la mano de él sobre la colcha—.
Pero después de esas albóndigas y de las tortillas de harina, me dio sueño y me puse sentimental además...
alguien tiene que vigilar que no te pongas a hablar de códigos de seguridad mientras duermes.
Will se acostó a su lado, atrayéndola hacia su pecho el aroma a harina y mantequilla todavía flotaba sutilmente en el aire, mezclado con el perfume de ella.
En esa isla desierta, protegidos por muros de piedra y sistemas de vigilancia de última generación, Will sintió por primera vez que el lugar más seguro del mundo no era una fortaleza, sino el espacio que ocupaba Erika entre sus brazos.
Will no pudo resistirse a estar junto a ella sin tocarla.
Empezó como una pequeña caricia cerca de la cadera, donde puso la mano con una mezcla de reverencia y posesión, luego, fue haciendo círculos lentos mientras deslizaba la mano hacia arriba de su ombligo, sintiendo la suavidad de su piel y la respuesta inmediata de sus músculos tensándose bajo su tacto finalmente, su mano descansó en su seno, rodeando su firmeza con una calidez que parecía querer reclamar cada latido de su corazón.
Erika dejó escapar un pequeño sonido de placer, un suspiro entrecortado que rompió el silencio de la habitación, cuando el pulgar de Will rozó con delicadeza la punta ya endurecida de su pecho ese sonido fue el detonante que acabó con cualquier rastro de sueño o cansancio.
—Will… —susurró ella, girándose lentamente entre las sábanas para quedar frente a frente, con los ojos brillando por el reflejo de las brasas de la chimenea.
—No puedo evitarlo, Salazar —admitió él con la voz ronca, acortando la distancia—. Puedo resistir un ataque cibernético o una guerra de negocios, pero no puedo estar en la misma cama que tú y fingir que solo quiero dormir.
Ella sonrió, esa sonrisa valiente y desafiante que tanto le gustaba, y llevó su mano a la nuca de Will para atraerlo hacia ella.
—Entonces deja de hablar tanto, y demuéstrame que todavía tienes fuego después de tantas albóndigas —le retó ella antes de capturar sus labios en un beso que sabía a reconciliación y a un deseo mucho más profundo que el de la noche anterior.
En esa mansión blindada, en medio de la isla, Will se olvidó de los códigos, y de la seguridad del mundo, su única prioridad era el mapa de la piel de Erika y la forma en que ella se arqueaba bajo sus manos, demostrándole que, aunque nadie podía mandarla, ella estaba eligiendo entregarse a él una vez más.
Después de que el fuego de la pasión finalmente se transformó en un cansancio placentero, nos quedamos un momento en silencio, escuchando únicamente el crujir de la madera en la chimenea y nuestras respiraciones volviendo a la normalidad la piel nos ardía y el sudor nos pegaba a las sábanas de lino, pero era una sensación de victoria compartida.
—Ven aquí —le susurré al oído, dándole un beso corto en el hombro—. Necesitamos un baño antes de que el cansancio nos deje pegados a la cama.
Me levanté y caminé hacia el enorme cuarto de baño de la suite principal era una estancia de mármol oscuro con una tina de hidromasaje que parecía una pequeña piscina frente a un ventanal que daba al lago.
Abrí los grifos y dejé que el agua caliente llenara el espacio con una nube de vapor, busqué en los estantes y encontré unas sales de baño con aroma a eucalipto y sándalo; las vertí en el agua, viendo cómo se disolvían y perfumaban el aire.
Regresé a la cama, tomé a Erika de la mano y la atraje hacia mí. Ella, con esa mezcla de vulnerabilidad y confianza que solo mostraba en la intimidad, se dejó guiar.
Al entrar en el agua, el calor nos envolvió de inmediato, relajando cada músculo que había estado en tensión durante el rescate de Kim.
Me senté y la atraje hacia mi pecho, dejando que su espalda descansara contra mí mientras el agua espumosa nos cubría.
—Nada de planes de seguridad, nada de sospechosos, nada de familias complicadas —murmuré, pasando una esponja suave por sus brazos—. Solo el agua, la isla y tú. Erika dejó caer la cabeza hacia atrás sobre mi hombro, soltando un suspiro largo, sus dedos jugaban con el agua, creando pequeñas ondas.