Amor por casualidad (Millonarios y herederas) La Isla #3
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La Isla #3

—Sabes, William... —dijo ella con voz suave y somnolienta—, por un momento en el pent-house pensé que eras el hombre más arrogante y frío de Seattle, pero ahora, aquí... creo que simplemente eres un hombre que necesitaba que alguien le enseñara a disfrutar de unas albóndigas y de un baño en paz.

Le besé la sien, sintiendo el aroma de las sales y de su propio aroma natural, en ese momento, sumergidos en la calma de la mansión, supe que no había sistema de vigilancia en el mundo que pudiera protegerme de lo que empezaba a sentir por ella estábamos limpios del sudor y del caos del día, pero totalmente empapados el uno del otro.

La luz del sol de la mañana entraba con una claridad implacable por el ventanal, contrastando con la oscuridad de la confesión que estaba por llenar la habitación.

El cansancio de una noche donde nos habíamos entregado el uno al otro en cada rincón —desde la tina hasta la cama— se evaporó en un segundo cuando el primer grito de Erika rasgó el silencio.

Me incorporé de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas, ella estaba atrapada en las sábanas, luchando contra un enemigo invisible, con los ojos abiertos pero perdidos en un terror que no pertenecía a esta habitación.

—¡Erika! ¡Mírame! —la tomé por los hombros, tratando de traerla de vuelta—. Soy Will estás a salvo, estás conmigo.

Tardó varios segundos en enfocar la mirada, cuando finalmente reconoció mi rostro, la tensión abandonó su cuerpo de golpe, dejándola temblorosa.

Una sola lágrima rodó por su mejilla, una que pesaba más que todo lo que habíamos vivido.

Se abrazó las rodillas, encogiéndose en la cama que horas antes había sido testigo de nuestro placer.

—¿Qué pasó, Erika? —pregunté con la voz suave, aunque por dentro sentía una furia gélida creciendo—. Nadie reacciona así por una pesadilla común. ¿Qué fue lo que viste?

Ella respiró hondo, mirando un punto fijo en la alfombra, y finalmente soltó el nudo que llevaba años guardado.

—Antes de que mi madre me mandara al internado...

—comenzó con voz quebrada—, mi mundo se desmoronó.

A mi padre lo metieron a la cárcel, fue rápido, violento.

Mi madre estaba desesperada por salvarme del caos, por sacarme de ahí antes de que los enemigos de mi padre nos alcanzaran, pero no pudo protegerme de lo que estaba dentro de casa, hizo una pausa y sentí cómo se le erizaba la piel.

—Estaba Dan. Él era la mano derecha de mi padre, el hombre de confianza en los negocios en el momento en que supo que mi padre ya no estaba para defendernos, decidió que yo era parte del botín que le correspondía pensó que, sin un hombre que me cuidara, yo era de su propiedad, intentó... intentó violarme, Will.

El silencio que siguió fue sepulcral sentí una punzada de odio tan pura que me heló la sangre, ahora todo encajaba: su rechazo absoluto al control, su furia cuando intenté darle órdenes, su necesidad de ser libre y fuerte no era solo orgullo; era un mecanismo de supervivencia forjado en el trauma.

—Por eso mi madre me mandó lejos —continuó ella, limpiándose la lágrima con rabia—. No fue para castigarme, fue para esconderme me volví periodista para tener una voz, para que nadie nunca más pudiera silenciarme o decirme qué hacer.

Me acerqué a ella, no como el hombre que quería poseerla, sino como el que quería ser su escudo, la atraje hacia mí y esta vez ella no peleó.

—Erika, mírame —le dije, obligándola a conectar con mis ojos—. Te juro por mi vida que mientras yo respire, ningún "Dan" volverá a acercarse a ti y te pido perdón... por cada vez que, en mi arrogancia, te hice sentir que quería controlarte, no tenía idea de la guerra que ya habías peleado sola.

Ella apoyó la cabeza en mi pecho y, por primera vez desde que la conocí, la "jefa" dejó que yo sostuviera el peso del mundo por ella, aunque fuera solo por unos minutos, mientras el sol de la isla terminaba de salir.

La sonrisa que Erika me dedicó fue lo más triste que he visto en mi vida; no era una sonrisa de alivio, sino la de alguien que acepta una sentencia de muerte con dignidad, se apartó un poco, envolviéndose en las sábanas como si fueran una armadura, y su voz recuperó ese tono gélido que usaba cuando el mundo intentaba acorralarla.

—Nadie puede ayudarme, Will —me dijo, y cada palabra caía como un bloque de hielo—.

Mi pasado no es un recuerdo, es una sombra que siempre encuentra el camino para llegar a mí, Dan no es un delincuente común; es un animal que entiende de poder, y sus hombres son peores que él, y él está decidido a encontrarme.

Me quedé helado al escuchar lo que seguía no se trataba solo de un ataque; era una cacería política dentro de un mundo oscuro que yo conocía demasiado bien por mi trabajo.

—Me está buscando desde el día que me fui, no me quiere por deseo, me quiere por legitimidad, necesita casarse conmigo para que los hombres que fueron leales a mi padre lo acepten como el nuevo líder, ante sus ojos, yo siempre seré la Princesa Salazar, la llave del reino por eso odio ese mundo, odio la violencia y la sangre, pero la sangre no se puede ocultar, Will, porque corre por mis venas aunque intente lavarla con títulos universitarios y periodismo, e incluso con internados en Suiza entre niños ricos.

Se levantó de la cama y caminó hacia el ventanal, mirando la inmensidad del lago con una soledad que me partió el alma.

—Por eso no puedo tener nada serio, con nadie ni con Marcus...

ni contigo, el momento en que yo establezca una relación, el momento en que mi nombre se vincule emocionalmente a alguien, dejaré un rastro de migajas que ellos seguirán, y si te quedas a mi lado, no solo vendrán por mí; vendrán por ti y por todo lo que amas para obligarme a volver.

Me levanté y caminé hacia ella, parándome justo a su espalda, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo a pesar de sus palabras frías.

—Erika, escúchame bien —le dije, poniendo mis manos sobre sus hombros, sintiendo su resistencia—. He pasado mi vida construyendo muros, diseñando sistemas de seguridad inquebrantables y enfrentando a tipos que se creen dueños del mundo, he cazado sombras en cuatro continentes.

Si Dan cree que eres una "llave" o una "princesa" que puede reclamar, es porque no me ha conocido a mí. La giré para que me viera a los ojos.

—Que me encuentren y que lo intenten algo contra ti así van a saber que no eres una propiedad que se hereda, y si tu pasado te encuentra, se va a topar con un muro de fuego que no se imaginan.

No me importa el apellido Salazar, me importas tú, y si para protegerte tengo que quemar ese mundo que tanto odias, ten por seguro que yo mismo encenderé la primera cerilla.

Erika me miró con una mezcla de miedo y esperanza, una grieta en su armadura de hierro, el sol ya estaba en lo alto, iluminando la habitación, pero la guerra que ella acababa de describir apenas estaba comenzando a tomar forma en el horizonte.

El sonido estridente del celular sobre la mesa de noche rompió la burbuja de confesiones y promesas en la que estábamos sumergidos, era Richard su voz al otro lado del auricular desbordaba una energía que contrastaba violentamente con la oscuridad de la historia de Erika.

—¡Will! —gritó, y casi podía sentir su sonrisa a través de la línea—.

Hablé con Kim, y no queremos esperar más, nos dimos cuenta de que la vida es demasiado corta y después de lo que pasamos ayer, lo tenemos claro así que la boda es este sábado.

Me quedé mudo un segundo, procesando el cambio de ritmo.

—¿Este sábado, Rich? Eso es en tres días —respondí, mirando a Erika, que se mantenía alerta a mi lado.

—Lo sé, será algo íntimo, solo la familia y el círculo más cercano.

Dile a Erika que Kim la necesita aquí el sábado temprano para todos los preparativos, dice que no acepta un no por respuesta, así que prepárense ¡Nos vemos pronto, hermano!

Colgué y le transmití la noticia a Erika y el ambiente cambió instantáneamente de la melancolía a la urgencia.

—Parece que tenemos una boda que organizar y una seguridad que blindar —le dije, intentando suavizar la tensión—. Hay que moverse.

Desayunamos algo ligero en la cocina que aún olía a la harina de la noche anterior, un recordatorio silencioso de la paz que habíamos encontrado brevemente, Erika se movía con eficiencia, guardando sus cosas, con la mirada puesta en el horizonte sabía que volver a tierra significaba que podía volver a ser el blanco de Dan, pero por Kim, ella estaba dispuesta a salir de las sombras, por ella se había arriesgado, y valía la pena.

Bajamos al muelle en la Pick-up blanca, cargamos las maletas y la caja de documentos en el barco de lujo, mientras los motores rugían y cortábamos el agua de regreso a Seattle, la vi observar la mansión Freeman desaparecer a lo lejos.

—Will —dijo ella, con el viento despeinándole el cabello y el rostro endurecido por la determinación—, disfruta del viaje, porque a partir de hoy, cada segundo que pases a mi lado es un segundo que te pone en la mira de gente que no sabe lo que es la piedad.

—Entonces será mejor que no perdamos ni un segundo, Salazar —respondí, acelerando a fondo mientras la silueta de la ciudad aparecía frente a nosotros—. Porque si el sábado hay boda, te aseguro que seré el hombre más atento... y el más peligroso de esa fiesta.

Llegamos a tierra firme, el juego había cambiado, ya no era solo rescatar a Kim; ahora se trataba de sobrevivir al nombre de los Salazar y llegar al altar antes de que el pasado nos alcanzara.

El sábado llegó envuelto en una neblina plateada que cubría el puerto de Seattle, pero dentro del recinto de la familia Freeman, el ambiente era pura electricidad para cualquier invitado, era la boda del año: una unión de poder y amor.

para mí, era el operativo de seguridad más complejo de mi carrera.