La Isla
Llegamos a la zona de estacionamiento y ahí estaba la Pick-up blanca con el logotipo de Freeman Group brillando bajo la luz de la luna, subimos las cosas a la caja y emprendimos el camino por una vereda rodeada de pinos altos que parecían vigilar nuestro paso, la mansión apareció de repente: una estructura imponente de piedra y cristal, perfectamente integrada en la naturaleza, pero con la seguridad de una bóveda bancaria.
—¡Will, muchacho! Qué alegría verte por aquí —dijo Pedro, palmeándome la espalda—. Michael me avisó que vendrías.
—Es bueno verte, Pedro, traigo a la señorita Erika Salazar, viene conmigo para un asunto de seguridad de Richard —le expliqué, señalando a Erika que se mantenía a unos pasos, observando la casa con esa mirada analítica suya.
—Ya que estás aquí, me voy tranquilo —continuó el viejo, entregándome un manojo de llaves pesadas—.
Me voy a casa a dormir con mi mujer, Melisa, que ya me debe estar esperando con el café frío, mira, Will, estas son las llaves de los dueños, abren todo, desde la bodega hasta el cuarto de pánico, y el boiler de paso ya sabes cómo es, solo abre la válvula y espera a que el piloto encienda, no quiero que se me bañen con agua fría en esta isla.
Erika se quedó en el umbral de la entrada, enmarcada por la luz cálida que salía del interior estaba en silencio, procesando la escena del viejo encargado y la confianza que me tenía.
—Buenas noches, señorita que descansen —le dijo Pedro con una inclinación de cabeza antes de enfilar hacia su propio vehículo.
—Buenas noches —respondió Erika con suavidad, despidiéndolo con un gesto de la mano mientras lo veía marcharse.
Cuando el sonido del motor de Pedro se perdió en la distancia, el silencio de la isla nos envolvió por completo me quedé ahí, con las llaves tintineando en mi mano y la maleta de Erika a mis pies estábamos solos en una mansión de seguridad máxima, con una caja de secretos de Estado en la mano y una tensión que, lejos de apagarse, parecía alimentarse del frío de la noche.
—Bueno —dije, tratando de romper el hechizo—, parece que tenemos la casa para nosotros voy a encender el agua caliente. ¿Quieres que te muestre tu habitación primero o prefieres inspeccionar el terreno, señorita"?
Erika tenía esa capacidad asombrosa de pasar del rayo a la calma en un segundo y decidió que la vida era demasiado corta para gastarla enojada en una isla privada, así que soltó un suspiro, me lanzó una de sus miradas chispeantes y volvió a ser la mujer vibrante de siempre.
—Bueno, "Ice Man", ya que nos vamos a quedar atrapados, más vale que este castillo tenga buena comida —dijo soltando una risotada—. Primero, enséñame el lugar quiero ver dónde esconden los lujos los Freeman.
Mientras yo me encargaba de meter la caja y los documentos en la caja fuerte de alta seguridad de la biblioteca —un proceso que requería códigos y escaneo de retina—, ella se dedicó a explorar cuando terminé y regresé al área común, me encontré con una escena que jamás imaginé ver en esa casa de piedra y cristal.
La cocina, que Richard mantenía impecable y minimalista como si fuera un museo, había cobrado vida había cacerolas sobre la estufa, harina esparcida con arte sobre la barra de granito y un montón de tomates rojos y frescos esperando su turno, Erika estaba en medio de todo, moviéndose con una agilidad envidiable y tarareando una canción que sonaba a sol y a fiesta.
Me senté en uno de los bancos de la barra, simplemente a observarla, verla cocinar era un deleite; manejaba el cuchillo con una destreza que ya quisieran mis hombres con sus armas, y el aroma que empezaba a desprenderse del fuego me despertó un hambre feroz.
—¿Se puede saber qué estás inventando, Salazar? —le pregunté con una sonrisa, apoyando la barbilla en mis manos.
—Voy a hacer albóndigas, Will tengo hambre y quiero comida de verdad, eso ayudará para que se te quite esa cara de susto —respondió sin dejar de picar cebolla.
—¿Albóndigas? —repetí, frunciendo el ceño—. ¿Qué es eso exactamente? ¿Es como carne picada? Erika se detuvo, me miró como si viniera de otro planeta y soltó una carcajada limpia.
—¡Ay, William! No me digas que nunca has salido de tus hamburguesas de cadena, mira, te explico: las albóndigas son bolitas de carne molida, pero no cualquier carne, las mezclo con huevo, pan molido, especias, y a veces les pongo un corazón de huevo cocido o arroz, luego se bañan en una salsa de tomate roja, calientita, con un toque de chipotle si te pones valiente es el abrazo que tu estómago necesita después de un día de perros.
Se acercó a mí con un trocito de algo para que lo probara, y mientras me explicaba el proceso con esa pasión que le ponía a todo, me di cuenta de que Michael Freeman tenía razón al enviarnos aquí, no solo por la seguridad de los papeles, sino porque en esta cocina, entre harina y tomates, el hielo que siempre me rodeaba se estaba derritiendo por completo.
—Suena a que voy a tener que pedirte perdón de nuevo solo para que me sigas cocinando así —le dije, robándole un beso rápido antes de que pudiera volver a la estufa.
Will miró el plato humeante con una mezcla de fascinación y puro instinto de supervivencia, todavía tenía el recuerdo vívido de las enchiladas del día anterior y de cómo el picante casi lo hace ver visiones, así que tomó la cuchara con una cautela digna de quien desactiva una bomba, soplo un poco, probó el caldo... y sus ojos se abrieron de par en par.
—¡Dios, Erika! —exclamó, saboreando el equilibrio perfecto entre las especias, el ácido del tomate y la suavidad de la carne—. Nunca en mi vida había probado algo con tanto sabor, olvida lo que dije, esto no es solo comida, es una obra de arte.
Comió con un deleite que hizo que Erika soltara una carcajada triunfal, se sentía orgullosa de su sazón, y ver al "Ice Man" rindiéndose ante un plato de albóndigas le devolvía toda la alegría de la noche.
—De nada, guapo me alegra que tu paladar de Seattle por fin conozca la gloria —dijo ella, apoyándose en la barra mientras lo veía disfrutar.
—¿Dónde aprendiste a cocinar así? —preguntó Will entre bocado y bocado—. Esto no se aprende en un libro de recetas.
Erika suavizó la mirada, perdida por un momento en sus recuerdos.
—Aprendí con mi abuela —confesó con una sonrisa nostálgica—.
Ella me cuidaba cuando volvía del colegio era una mujer de Sinaloa, de esas que cocinan con el alma y que hacían que cualquier ingrediente sencillo supiera a banquete, yo me sentaba en la cocina a verla, fascinada, sobre todo cuando hacía tortillas de harina o tamales.
Se río al recordar la disciplina de su abuela.
—A ella no le gustaba que estuviera ahí de inútil, así que me ponía a trabajar. "¡Ándale, m'ija, ayúdame a amasar o a picar!", me decía.
Así, entre regaños y olores deliciosos, fui aprendiendo sin darme cuenta. Will la escuchaba hipnotizado, tratando de imaginar a esa pequeña Erika rodeada de harina en una cocina sinaloense.
—¿Y qué fue lo que más te costó aprender? ¿Cuál fue tu mayor reto? —quiso saber él.
—Los coricos —respondió ella de inmediato, soltando un suspiro de resignación.
—¿Coricos? —Will arrugó la frente—. ¿Eso es otro tipo de carne?
—No, no —explicó ella, moviendo las manos para describir la forma—.
Son unas galletas de maíz, típicas del noroeste de México, tienen forma de coronita o de anillo, el secreto está en la masa de harina de maíz y la manteca; si no les das el punto exacto, quedan como piedras o se desmoronan solas, mi abuela decía que, si no sabías hacer un buen corico, no sabías nada de la vida.
Will sonrió, dándose cuenta de que cada plato que Erika preparaba traía consigo una historia de mujeres fuertes y tradiciones arraigadas.
—Pues me alegra que aprendieras a hacer albóndigas primero —dijo él, limpiándose la comisura de los labios—.
Porque después de esto, creo que voy a tener que ir a buscar esos coricos solo para entender por qué te dieron tanto trabajo, aunque, sinceramente, después de conocer a la nieta, me imagino que los coricos deben ser igual de irresistibles... y un poco difíciles de manejar.
La calidez de las albóndigas y el silencio de la isla terminaron por derribar las últimas defensas de Will sentado frente a ella, con la luz tenue de la cocina reflejándose en las copas, Will se encontró abriendo puertas de su pasado que rara vez exploraba con alguien.
—Mi familia es... distinta a la tuya —confesó Will, dejando la cuchara a un lado—. Son personas muy frías, el día que cumplí dieciocho años, básicamente me estrecharon la mano, me desearon buena suerte y se mudaron de la ciudad.
Erika lo escuchaba con atención, apoyando la barbilla en su mano, notando la diferencia abismal entre su mundo lleno de tíos ruidosos y el 0vacío pragmático de la infancia de él.
—Vinieron a mi graduación de Administración de Empresas, pero fue casi un trámite —continuó él con una mueca amarga—.
Mi padre es catedrático en una universidad prestigiosa y se la pasa viajando por todo el país dando conferencias, y mi madre...
ella es de Irlanda, es escritora independiente y suele irse a su tierra por temporadas larguísimas, solo los veo una vez al año, en Acción de Gracias, y a veces ni eso.
—¿Y quién es tu familia entonces, Will? —preguntó ella con suavidad.
—Richard, él y yo hicimos un pacto desde que estábamos en el colegio, una hermandad, ellos son las personas con las que realmente convivo, los que saben quién soy.
Erika asintió, entendiendo ahora por qué Will se refugiaba tanto en su trabajo y en su círculo cerrado de seguridad, entonces, para equilibrar la balanza, ella comenzó a contarle sobre el caos alegre de su vida en México, le habló de sus primos, una legión de hombres y mujeres que crecieron corriendo en los patios, y de sus tíos, que siempre tenían una opinión para todo y una silla extra en la mesa para cualquier desconocido.