Amor por casualidad (Millonarios y herederas) Servicio de Seguridad de Lujo
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Servicio de Seguridad de Lujo

El trayecto hacia el hotel fue tenso, marcado por el silencio pesado de Erika y el motor de la camioneta llevábamos en el asiento trasero la caja con las pertenencias de Kim y los documentos de seguridad que eran, literalmente, dinamita pura para el juicio que se avecinaba.

—Erika, baja y empaca algo de ropa para mañana —le dije mientras me estacionaba frente al The Edgewater, ella se quedó quieta, mirándome con una ceja arqueada y esa expresión de sospecha que me ponía a la defensiva.

—¿Para qué? —preguntó seca—. El favor era llevar unos papeles, no irme de campamento contigo.

—Tenemos que ir a la isla privada de los Freeman, en medio del lago —le expliqué, tratando de sonar lo más profesional posible—.

Ahí es donde guardan el contenido ultrasecreto y por la hora que es y los protocolos de seguridad del muelle, no podremos volver a la ciudad hoy, tenemos que pasar la noche allá.

Ella procesó la información, mirando la caja de seguridad, su lealtad a Kim siempre ganaba, así que asintió con un gesto rígido.

—Treinta minutos, Will. Ni un segundo más —sentenció antes de bajar.

—Yo iré a mi apartamento por mis cosas resguarda la caja en tu habitación, no le abras a nadie por ningún motivo y no te separes de ella confío en ti.

—Confía en la caja, que es lo único que te importa —me soltó antes de cerrar la puerta.

Manejé como un loco hacia mi apartamento, metí lo básico en una maleta táctica: ropa limpia, mi equipo de comunicación y, por si las dudas, un arma extra, no me tomó más de quince minutos, para cuando regresé al hotel y toqué a su puerta, habían pasado exactamente 45 minutos.

Erika abrió, ya no llevaba el vestido de la tarde; se había puesto algo más cómodo pero que resaltaba esa figura que me había tenido al borde del abismo la noche anterior, tenía su maleta lista y la caja de Kim bajo el brazo, protegiéndola como si fuera un tesoro nacional.

—Llegas tarde, "Ice Man" —me dijo, pasando por mi lado sin esperar invitación—. Vámonos de una vez entre más rápido terminemos con este favor para el viejo Freeman, más rápido dejaré de ver tu cara.

Me quedé un segundo mirando su espalda mientras caminaba hacia el ascensor, Michael Freeman sabía exactamente lo que estaba haciendo al mandarnos juntos, sabía que en esa isla no habría distracciones, ni teléfonos de oficina, ni interrupciones, solo nosotros dos, el lago y una tensión que amenazaba con quemar el barco antes de llegar a la orilla.

—Como digas, Salazar —murmuré para mí mismo, tomando su maleta—. Pero la noche es larga y el lago está muy tranquilo.

Subimos a la camioneta y nos dirigimos hacia el embarcadero privado, el destino era una fortaleza de lujo en medio del agua, y yo solo podía pensar que, si lograba sobrevivir a las próximas doce horas con ella sin que me lanzara por la borda, tal vez todavía tendría una oportunidad de arreglar el desastre que causé.

El embarcadero estaba sumido en una penumbra azulada, solo interrumpida por los reflejos de las luces amarillas sobre el agua quieta del lago.

En cuanto me bajé de la camioneta, agarré su maleta y la mía con determinación.

—Puedo llevarla sola, Will, no necesito un guardaespaldas para mi equipaje —me soltó, intentando arrebatármela.

La ignoré por completo y caminé con paso firme hacia el encargado del muelle, quien me entregó las llaves de la embarcación con un asentimiento respetuoso era un barco de lujo, una joya de ingeniería con acabados de madera de caoba y cuero blanco que brillaba bajo la luna.

Al subir, Erika no pudo contenerse su fachada de hielo se agrietó por un segundo ante la opulencia de la nave sus ojos recorrieron la cubierta y el panel de control lleno de tecnología punta.

—¡Vaya! —exclamó con esa chispa natural—. Si esto es solo para llevar papeles, no quiero imaginarme en qué se mueve Richard para ir por el pan. ¡Parece que vamos a conquistar un continente en lugar de cruzar un charco!

Me escapó una sonrisa genuina me encantaba esa forma de ser suya, tan auténtica y directa, pero, en cuanto cruzamos miradas y vio mi gesto, pareció recordar que seguíamos en plena guerra fría se puso rígida, cruzó los brazos y se instaló en uno de los asientos de piel, recuperando su silencio sepulcral.

Encendí los motores y el rugido sordo y potente vibró bajo nuestros pies mientras nos alejábamos del muelle, la ciudad de Seattle empezó a hacerse pequeña a nuestras espaldas, convirtiéndose en un collar de luces brillantes que se reflejaba en el agua oscura, solo se escuchaba el murmullo de las olas cortadas por la proa.

Después de unos veinte minutos de silencio denso, Erika finalmente rompió el hielo, aunque su tono seguía siendo cortante.

—¿Cuánto tiempo falta para llegar a esa dichosa isla? —preguntó, mirando hacia el horizonte oscuro donde solo se divisaban sombras.

—Dos horas —respondí, ajustando el rumbo en el GPS—. El lago es más grande de lo que parece y no quiero forzar los motores de noche con esta carga.

—Dos horas... —susurró ella, recargando la cabeza en el asiento y cerrando los ojos con un suspiro pesado—.

Diablos dos horas encerrada contigo en un pedazo de madera flotante, que dios me dé paciencia, porque si me da el valor, termino tirándote a los peces, me mantuve firme al timón, pero por dentro sabía que esas dos horas iban a ser la prueba de fuego definitiva, estábamos solos en medio de la inmensidad del lago, rodeados de oscuridad y con el peso de todo lo que nos habíamos dicho —y lo que no— flotando entre nosotros, el "Ice Man" tenía 120 minutos para derretir el muro que él mismo había ayudado a construir.

Mantuve la vista fija en el horizonte, donde el negro del agua se fundía con el cielo, pero sentía sus palabras golpeándome más fuerte que cualquier oleaje.

El motor ronroneaba por debajo de nuestra tensión, finalmente, solté el timón un momento para mirarla de frente, con la luz del tablero iluminando apenas mis facciones.

—Erika, de verdad... perdóname, no sé qué más decirte fui un imbécil —le dije, bajando la guardia por completo—. No tengo excusas, en serio me superó la situación y me comporté como el tipo de hombre que detesto.

Ella soltó una risa seca, cargada de una rabia que venía de mucho más atrás que de nuestra pelea en el pent-house.

—No tengo por qué depender de ningún estúpido, Will y tú no eres nadie para prohibirme hablar con quién me dé la gana —me espetó, y sentí cómo se le escapaba la paciencia—.

No entiendo por qué actuaste así con Marcus, sí, es verdad que nos acostamos, y no niego que fue divertido, pero eso no te da derecho a darme órdenes, se levantó del asiento, inquieta, y el siguiente comentario salió de su boca como una confesión que no tenía planeada, una herida vieja que acababa de abrirse.

—Por eso me alejé de la familia de mi padre... porque siempre intentaron controlarme para ellos yo era solo una chica que debía dedicarse a pintarse las uñas y dejar que "los hombres" resolvieran el trabajo. ¡Pues fíjate que no! ni ellos pudieron conmigo, ni vas a poder tú.

Me quedé helado en un segundo, entendí por qué le había dolido tanto mi desplante no era solo celos o un mal modo; yo había personificado, sin saberlo, a los fantasmas de su pasado, a los hombres que quisieron anular su inteligencia y su fuerza, la había tratado exactamente como ella juró que nadie volvería a tratarla.

—No sabía eso de tu familia —le dije con voz suave, dejando que el barco siguiera su curso automático—.

Pero ahora entiendo por qué mis palabras te supieron a veneno, Erika, yo no te veo como una "muñequita", te vi manejar a ese grupo de hombres cuando nadie más podía además te vi cuidar a Kim con una fuerza que ya quisieran muchos de mis agentes.

Me acerqué un paso, respetando su espacio, pero queriendo que viera la verdad en mis ojos.

—Mi reacción con Marcus no fue porque te creyera incapaz o porque fueras "mía" fue porque soy un idiota que no sabe manejar que una mujer como tú, tan libre y fuerte, me haya puesto el mundo de cabeza en cuarenta y ocho horas y me dio miedo, Erika.

Miedo de que cualquier otro viera lo que yo vi y te alejara de mí.

Ella me miró, con el viento del lago despeinándole unos mechones, y por un momento la furia en sus ojos vaciló, reemplazada por esa vulnerabilidad que solo los valientes muestran, mientras el barco seguía cortando el agua, alejándonos de la ciudad que intentó romperla y acercándonos a una isla donde, quizás, yo podría demostrarle que no quería ser su dueño, sino su igual. No respondió…