Mensaje de Will #2
Hubo un silencio sepulcral del otro lado de la línea, me imaginé la cara de Richard procesando la información, pero no había tiempo para explicaciones ni para bromas de vestidor.
—¿Está contigo? —repitió Richard, confundido.
—Sí escucha, despierto a Erika ahora mismo mantén la calma, vamos para allá en quince minutos —sentencié.
Colgué y puse una mano sobre el hombro de Erika, moviéndola con suavidad me dolía romper su descanso después de la noche que habíamos tenido, pero si Kim estaba desaparecida, la "madrina" era la única que podría tener una pista real.
—Erika... preciosa, despierta —le susurré—. Tenemos un problema, Richard está en la línea... dice que Kim no aparece.
Vi cómo sus ojos se abrían de golpe, y en un segundo, la calidez del sueño fue reemplazada por esa mirada de acero que solo ella tiene cuando se trata de proteger a los suyos, definitivamente el tiempo de los besos se había terminado; era hora de volver al modo rescaté.
WILL
Erika se movió con la eficiencia de un soldado; en menos de cinco minutos ya estaba en el asiento del copiloto, con el cabello recogido en un moño improvisado y esa mirada de lince que me decía que el "modo fiesta" se había extinguido por completo, conducir por Seattle a estas horas fue como una misión de extracción: rápido, silencioso y con los nervios de punta.
Al llegar, la imagen de Richard nos golpeó de frente porque ya no era el magnate imperturbable de los negocios; era un hombre desmoronado, caminando de un lado a otro en su sala con el teléfono apretado en la mano.
—¡Richard! ¿Qué pasó? —preguntó Erika, corriendo hacia él mientras yo me quedaba un paso atrás, analizando la escena.
—No está, Will, ella desapareció hace horas, la vi en el restaurante a las 4 y de ahí no se sabe nada mas de ella, nunca llegó a su destino, pero la policía dice que "no hay evidencia de crimen" y que debo esperar 24 horas para un reporte formal ¡No puedo esperar una maldita hora más!
—gritó Richard, con la voz quebrada por la angustia.
Me acerqué y le puse una mano firme en el hombro. —Olvida a la policía, empezaremos ahora mismo, cuenta conmigo, te prometo que vamos a encontrarla.
Hice dos llamadas cortas y en menos de quince minutos, Marcus y Ben entraron en el departamento el ambiente cambió de inmediato; de la desesperación pasamos a la operatividad pura Erika se quedó a un lado, observando en silencio, y por su expresión supe que estaba viendo una faceta de mí que no conocía: la del hombre que dirige un ejército privado.
—Marcus, saca la laptop —ordené—. Quiero acceso a los servidores municipales de vigilancia, rastrea el perímetro del departamento y del último lugar donde se vio su teléfono, si hay un vehículo sospechoso o una matrícula que se repita, la quiero ya.
Marcus asintió, sus dedos ya volando sobre el teclado era un genio; para él, los cortafuegos de la ciudad eran simples sugerencias.
—Ben —me giré hacia mi otro hombre—, activa la red de contactos, llama a Miller y a Vance, los ex agentes del FBI que contratamos el mes pasado, quiero patrullas privadas recorriendo las zonas de salida de la ciudad y los moteles de paso si alguien vio algo, pagaremos por la información.
Erika no se quedó de brazos cruzados la vi sacar su celular, con las manos temblándole ligeramente, pero la voz firme, marcando al hotel.
—¿Jess? ¿Liz? Despierten —dijo Erika en cuanto contestaron—. Kim no aparece díganme que llamó, que mandó un mensaje, lo que sea... ¡Busquen en sus bandejas de entrada ahora!
El lugar se convirtió en un centro de mando táctico donde el zumbido de las computadoras de Marcus y el murmullo constante de Ben al teléfono llenaban el aire, miré a Erika y le hice una seña para que se acercara.
—Tranquila, preciosa —le dije en voz baja—. Si Kim dejó un rastro, mis muchachos lo van a encontrar, nadie se desvanece en esta ciudad sin que yo me entere, ella asintió, apretando mi mano por un segundo ante de volver a presionar a sus amigas por el teléfono.
La noche iba a ser larga, y la tregua que habíamos firmado en la cama del hotel ahora era un pacto de sangre: íbamos a traer a Kim de vuelta, costara lo que costara.
La tensión en el pent-house se podía cortar con un cuchillo, la conferencia de prensa de Richard había sido un movimiento desesperado, pero efectivo: poner 5 millones de dólares sobre la mesa convirtió a todo Seattle en un ejército de informantes, aunque eso también significaba filtrar miles de llamadas falsas.
Llevábamos horas pegados a los monitores, Erika se había ido al hotel por la mañana para refrescarse, y aunque quise detenerla para que no anduviera sola, sabía que no era el momento de discutir.
Volvió a las cuatro de la tarde, cargando varias bolsas con comida humeante, el aroma a carne asada y especias rompió la atmósfera de sudor y café rancio que teníamos.
—Traje algo de comer. Si no se alimentan, no van a poder pensar —dijo ella, dejando los platos sobre la mesa de operaciones.
Marcus, que tenía las ojeras hasta el cuello y los ojos rojos de tanto ver códigos, levantó la vista y le dedicó una sonrisa cansada.