Amor por casualidad (Millonarios y herederas) Mensaje de Will
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Mensaje de Will

No iba a andar con jueguitos ni con flirteos baratos mientras mi mejor amiga estaba destrozada así que le solté la bomba sin anestesia: le hablé del video, de Estefany y de la humillación de Kim.

Will se quedó en silencio, fue una pausa larga, de esas que te ponen los pelos de punta porque no sabes si está buscando una mentira o asimilando el desastre.

—Erika, escúchame bien —su voz sonaba más seria que nunca—.

Richard no va a volver con Estefany, ni ahora ni nunca, la realidad es que, cuando estuvo con ella, fue precisamente por lo parecida que era a Kimberly porque te aseguro que ella ha sido su debilidad desde que eran unos adolescentes, es un idiota para muchas cosas, pero nunca la dañaría así.

Me quedé helada, así que el "tiburón" de Seattle siempre había tenido un punto débil, y ese punto siempre tuvo el nombre de mi amiga, ya decía yo que era demasiado interés el que ese idiota le demostraba a mi amiga.

—Te cuento esto en confidencia —continuó Will, casi en un susurro—. No puedes decírselo a Kim si Richard no se lo ha confesado primero, es su historia, no la nuestra.

Ahí lo entendí en el código de lealtad de la "Pandilla Calavera", eso era sagrado, le dije que esperaba que todo se resolviera, porque si no, el incendio de la calle 5ª iba a parecer una fogata de campamento comparado con lo que yo iba a hacer quedamos en vernos esa misma tarde para despejar la mente y pasear un rato me arreglé, me puse mi mejor perfume y esperé.

Pasaron las 6... las 7... las 8...

A las 9 de la noche, el silencio de mi celular era ensordecedor Will no me había hablado, ni un mensaje, ni una llamada, ni una excusa de "seguridad nacional".

Me quedé sentada en la orilla de la cama, mirando hacia la ventana y la decepción empezó a mezclarse con una furia fría. ¿Acaso me había usado para calmar las aguas? ¿O es que los hombres de esta ciudad eran todos cortados con la misma tijera de arrogancia?

En Georgia me enseñaron que un hombre que no cumple su palabra no vale el tequila que se toma.

—Muy bien, Will —susurré para la habitación vacía, apretando el teléfono—.

Me pediste que te llamara cuando despertara, pero parece que el que se quedó dormido en sus promesas fuiste tú, me quité los tacones con un gesto brusco si él creía que yo me iba a quedar esperando como una damisela en apuros, estaba muy equivocado.

La "princesa" ya se había quitado la corona y ahora tenía ganas de guerra, si para mañana no tenía una explicación de nivel platino, Will se iba a enterar de lo que pasa cuando dejas plantada a una Salazar.

Will

Había pasado las últimas dos horas de mi vida en un infierno técnico estaba terminando de ajustarme el reloj para salir a buscar a Erika cuando una brecha de seguridad en los servidores principales de la empresa hizo que todo el sistema de monitoreo de la ciudad colapsara, Marcus, Ben y yo estuvimos pegados a las pantallas, sudando frío, intentando restablecer los protocolos.

Cuando finalmente la última luz roja se puso en verde, miré el reloj de la pared, las 10 de la noche.

—Mierda —susurré, no la había llamado ni le había avisado, la había dejado plantada como un principiante.

Hice lo único que un hombre desesperado y al borde de la locura haría: agarré las llaves de la camioneta, manejé como un demente hasta el The Edgewater y subí al piso de su habitación sin pedir permiso a nadie, qué su puerta con fuerza, con el corazón martilleándome en las costillas.

Cuando la puerta se abrió, me topé con un volcán en erupción, Erika estaba ahí, con los ojos echando chispas y una furia que se le escapaba por los poros.

—¡Eres un idiota si crees que me puedes dejar plantada así! —me espetó, y cada palabra era un dardo de fuego—. Tengo una cola de tipos mejores que tú esperando, ¡así que vete a freír espárragos o a ver llover, pero desaparece de mi vista ahora mismo!

No pude evitarlo, verla tan viva, tan pintoresca incluso en su insulto, me hizo sonreír, era la mujer más fascinante que había pisado esta ciudad de hielo, sin decir una palabra, empujé la puerta y entré a su habitación, cerrando tras de mí.

—¡Eres un animal desconsiderado! ¡Sal de aquí ahora mismo! —seguía gritando, lanzándome insultos que me daban cada vez más ganas de quedarme.

Me acerqué a ella con paso firme, ignorando sus gritos, y la atrapé por la cintura y la atraje hacia mí con fuerza, anulando la distancia, y la besé con toda la pasión contenida de un día que había sido un desastre hasta este segundo, al principio, ella intentó resistirse, soltando insultos picantes entre beso y beso, pero su cuerpo la traicionó, me devolvía el beso con la misma hambre que yo sentía.

La levanté en vilo, obligándola a que rodeara mi cintura con sus piernas mientras mi boca bajaba por su cuello, marcando territorio, mis manos, desesperadas por sentirla, tiraron de su pijama con una fuerza que no sabía que tenía, los botones saltaron, tintineando por todo el suelo de la habitación como pequeñas notas musicales en medio de nuestra tormenta.

Mis labios descendieron hasta sus senos, mordiendo ligeramente, escuchando cómo sus insultos se transformaban en gemidos roncos, bajé mis manos por su espalda, apretando sus nalgas con posesión, y el sonido de su tanga rompiéndose bajo mi presión pareció ser el detonante final, ella soltó un grito de puro placer que llenó la habitación.

La deposité sobre la cama, sin romper el contacto visual, y me puse sobre ella, y en ese momento, Seattle podía arder, mis sistemas de seguridad podían colapsar y el mundo podía acabarse lo único que importaba era la piel de Erika Salazar bajo la mía y la certeza de que, después de esto, ninguno de los dos volvería a ser el mismo.

El aire en la habitación estaba cargado de electricidad y el aroma de su piel, una mezcla de ese perfume caro y la pura adrenalina de la noche me dediqué a recorrerla, a perderme en su humedad, comprobando que estaba tan lista para mí como yo lo estaba de ella.

Cuando bajé mi boca para saborearla, Erika arqueó la espalda, clavando sus uñas en las sábanas de seda del hotel.

—Dios... nunca me habían hecho algo como esto —gimió, con la voz entrecortada y ronca—. Esto es... es delicioso, eres un cerdo idiota, un animal desconsiderado que me hace sentir delicioso te odio, Will... ¡te odio, pero sigue, por Dios!

Me escapó una sonrisa contra su piel, sus insultos eran la mejor música que había escuchado en años; ese vocabulario en español, tan festivo y lleno de fuego me volvía loco, subí de nuevo por su cuerpo hasta quedar a la altura de su oído, sintiendo su respiración agitada golpeando mi cuello.

—¿Puedo? —le susurré, queriendo escuchar su rendición final, ella giró el rostro para mirarme, con los ojos nublados por el deseo y las mejillas encendidas.

—Pues claro... —soltó con ese carácter indomable—.

¿A poco crees que me vas a calentar así para no apagar el fuego?

¡Hazlo ya! te necesito, Will no esperé más, la giré con firmeza hasta ponerla boca abajo y entré en ella de un solo empellón y se escuchó un sonido ahogado, una mezcla de sorpresa y satisfacción pura, escapó de su boca y se perdió en la almohada me incliné sobre ella, cubriendo su espalda con mi peso, atrapando sus manos con las mías.

—Preciosa... así es como me gusta, en esta posición —le dije al oído, con la voz cargada de una posesión que nunca había sentido por nadie—. ¿Y tú favorita cuál es? Porque te juro que esta noche vamos a probarlas todas, no voy a dejar un solo rincón de tu cuerpo sin reclamar.

Empecé un movimiento rítmico, regular y potente, sintiendo cómo ella se ajustaba a mí, respondiendo a cada estocada con un empuje de sus caderas.

El ritmo fue subiendo de intensidad, una danza frenética que nos arrastraba lejos de Seattle, lejos de los problemas de Richard y de las brechas de seguridad.

Éramos solo nosotros dos, quemándonos en una combustión lenta que finalmente estalló, el clímax nos alcanzó como la erupción de un volcán, una descarga de energía que me dejó vacío y pleno al mismo tiempo, me desplomé sobre ella, escuchando solo nuestras respiraciones agitadas y el latido desbocado de dos corazones que, a pesar de los insultos y los desplantes, habían encontrado su sintonía perfecta en medio del caos.

Nos quedamos ahí, enredados entre las sábanas revueltas y el silencio que sigue a una tormenta perfecta y el eco de sus insultos picantes aún flotaba en el aire, pero ahora solo quedaba el sonido de nuestras respiraciones tratando de volver a la normalidad, la miré de reojo, apreciando la curva de sus hombros bajo la tenue luz de la habitación.

—Tuve un problema serio en la empresa —le solté finalmente, con la voz todavía ronca—. Me hundí en el trabajo y perdí la noción del tiempo discúlpame, Erika... te juro que no volverá a ocurrir.

Ella no dijo nada hiriente esta vez, simplemente me regaló una sonrisa lánguida, de esas que te dicen que todo está perdonado si sabes cómo compensarlo, y se acurrucó a mi lado, buscando el calor de mi cuerpo, en cuestión de minutos, el agotamiento la venció y cayó en un sueño profundo.

Yo estaba a punto de seguirla al mundo de los sueños cuando el chirrido insistente de mi celular sobre la mesa de noche cortó el ambiente fruncí el ceño, molesto. ¿Quién demonios se atrevía a llamar a esta hora? Al ver la pantalla, la molestia se convirtió en una punzada de ansiedad: Richard.

—¿Qué pasa? —contesté de inmediato, sentándome en la cama con el instinto de seguridad en alerta máxima.

—Will, es Kim ella desapareció —la voz de Richard sonaba al borde del colapso, cargada de una desesperación que nunca le había escuchado—. No está en el departamento, no contesta el teléfono, voy a llamar a Erika ahora mismo, para ver si sabe algo o si está con ella.

Miré a Erika, que dormía plácidamente a mi lado, ajena al desastre que se estaba cocinando, me pasé la mano por la cara, sabiendo que la burbuja en la que estábamos acababa de reventar.

—No la llames, Richard —le interrumpí, soltando un suspiro pesado—. Erika está conmigo.