Fiesta, tequila, y algo más…
—¡A ver, a ver! ¿Qué es esto? ¿Un velorio o una fiesta? —gritó, azotando una botella de cristal soplado sobre la barra de mármol de Richard.
Mis ojos se iluminaron "Ahí está mi problema de seguridad", pensé con una sonrisa, Erika alineó los caballitos con la precisión de un francotirador y los llenó hasta el borde con un líquido transparente que prometía gloria o muerte.
—¡Órale! Todos arriba —sentenció, señalando a los futuros novios—.
Vamos a brindar por la bendita estupidez que van a cometer estos dos.
¡Para adentro! El tequila de Jalisco bajó como fuego líquido, a la tercera ronda, la invencible Pandilla Calavera empezó a desmoronarse para mi sorpresa Marcus, que suele ser una roca, me apretó el brazo con una fuerza desesperada mientras palidecía.
—Rich... hermano... —balbuceó Marcus—, juraría que ese cuadro de la pared me está guiñando un ojo, tengo ganas de... de vomitar.
Jess, una de las amigas de Kim, se lo llevó al baño entre risas tropezadas, mientras en el otro rincón, Ben trataba de enseñar a Liz unos pasos de baile que daban más pena que gracia, Yo, milagrosamente, parecía tener un escudo protector esa noche, quizás era el entrenamiento de la noche anterior o simplemente que no podía dejar de observar a Erika, quien dominaba la sala como si fuera la dueña del lugar.
Richard se me acercó, abrazando a Kim, con la camisa desabrochada y un aspecto que jamás mostraría en una junta directiva.
—Creo que tu amiga Erika es un peligro para la seguridad nacional, Will —me susurró riendo—. Mis mejores hombres están tratando de no caerse de espaldas.
—Te lo dije, Richard —le respondí, levantando mi vaso—, con ella las reglas no existen.
Después de un par de horas de caos total, anécdotas del internado y risas que hacían retumbar los ventanales, supe que era momento de intervenir antes de que alguien terminara durmiendo en la tina, me ajusté la chaqueta, sintiéndome extrañamente lúcido a pesar del alcohol.
—¡Ya estuvo, señores! —anuncié con autoridad—. Si seguimos aquí, mañana Richard va a despertar casado y nosotros en otro estado es hora de irse, Erika, que estaba peleándose con la pantalla de su celular tratando de enfocarla, asintió con un entusiasmo un poco exagerado.
—Tienes razón. Deja pido el Uber de una vez...Sentí un pinchazo de alerta. ¿Uber? ¿A las dos de la mañana? ¿Mi Erika en un coche desconocido? Ni por encima de mi cadáver.
—¿Uber? ¿A estas horas? ¿En esta ciudad?
—la miré como si acabara de sugerir que nos lanzáramos del balcón—.
¿Acaso estás loca, Erika? No voy a dejar que te subas a un coche con un desconocido, ella hizo un puchero que casi me hace perder la compostura ahí mismo.
—¿Y qué hago? No tengo auto y necesito dormir para no parecer un mapache mañana, solté una risita y le tomé el brazo con suavidad, disfrutando de ese contacto eléctrico que ya se estaba volviendo adictivo.
—Te llevo, vamos —le dije en voz baja, asegurándome de que supiera que era una invitación personal—. Mi camioneta está abajo y es mucho más segura que cualquier aplicación.
No contaba con que Liz y Jess, con el oído afinado por el tequila, saltarían de inmediato gritando que ellas también querían transporte, puse los ojos en blanco, pero la verdad es que no podía ocultar mi diversión.
—Está bien, está bien —cedí, señalando a Ben y Marcus para que me ayudaran a pastorear al grupo—.
Todos a la camioneta, el servicio de seguridad de la Pandilla Calavera entra en funciones de transporte escolar.
Mientras bajábamos por el ascensor, con las chicas riendo y Erika apoyándose ligeramente en mi hombro para no perder el equilibrio, supe que este sábado no solo había roto el hielo del grupo, sino que había cimentado algo que me iba a costar mucho dejar ir cuando la boda terminara.
Aparqué la camioneta frente al The Edgewater con la precisión que me quedaba, el trayecto había sido un caos de risas, canciones mal cantadas y el aroma del tequila flotando en la cabina como dictaba mi manual de caballero —y porque me moría de ganas de tener un segundo a solas con ella—, me bajé rápidamente para abrirle la puerta a Erika.
La acompañé hasta la entrada, sintiendo el aire frío de la madrugada de Seattle golpeándonos la cara antes de cruzar la puerta giratoria, ella se detuvo, se dio media vuelta y me lanzó un guiño cargado de esa chispa que me traía de cabeza.
—Me llamas, guapo —me dijo con una sonrisa felina—. Pero que sea mañana, porque ahora esta princesa se va a dormir. No pude ni articular una palabra ingeniosa; me quedé ahí, desarmado, respondiéndole con una sonrisa de idiota mientras la veía desaparecer en el lobby.
Regresé a la camioneta, me senté al volante y solté un suspiro largo tomé una botella de agua y le di un trago largo, tratando de limpiar el rastro del agave de mi garganta, aunque me había controlado porque sabía que me tocaba conducir, los dos tequilas de Erika pegaban más fuerte que un directo de derecha.
Cerré la puerta y, de repente, el silencio dentro de la cabina se volvió pesado, casi denso, sentí dos pares de ojos clavados en mi nuca miré por el retrovisor y ahí estaban: Ben y Marcus estaban sentados atrás, con las cejas levantadas hasta el techo y una expresión de juicio silencioso que daba miedo, pero no decían nada, y eso era extraño ni una palabra, solo me miraban.
—¿Qué? —solté finalmente, harto del escrutinio.
Ben y Marcus explotaron en una carcajada sincronizada que hizo vibrar los cristales de la camioneta.
—¡Ya caíste también! —gritó Marcus entre risas—. ¡El "Ice Man”, el frío como el hielo de Will, ¡se derritió por una flama intensa de calor!
—¡Se te nota en la cara, hermano! —secundó Ben, dándome un golpe en el respaldo del asiento—. Estás frito, la de Georgia te tiene haciendo fila, reconócelo, no pude negarlo porque no había argumento legal ni táctica de seguridad que me salvara de la verdad: estaba completamente enganchado.
Pero no iba a darles el gusto de verme sonrojar más de lo que ya estaba por el tequila.
—Ya cállense —gruñí, aunque no pude evitar que se me escapara una sonrisa—. Bájense ya de aquí, par de inútiles.
Llegué a su departamento, esperé a que esos dos borrachos bajaran entre burlas y tropezones, y arranqué hacia mi casa, mientras conducía por las calles vacías de Seattle, solo podía pensar en una cosa: que ya fuera "mañana" para poder cumplir la orden de mi princesa.