Amor por casualidad (Millonarios y herederas) Hambre mexicana
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Hambre mexicana

La miré de reojo mientras encendía el motor de la camioneta, eran las dos de la mañana de un jueves y, técnicamente, mi cerebro debería estar repasando los protocolos de seguridad para la reunión de las siete de la mañana pero no me importaba.

Tenía la adrenalina a mil y el perfume de Erika impregnado en el asiento del copiloto.

—Tengo hambre —soltó ella de repente, estirándose con una naturalidad que me dejó hipnotizado—. ¿Aquí dónde venderán tacos?

Fruncí el ceño, confundido en mi mundo de Seattle, a las dos de la mañana lo único que encuentras abierto es algún sitio de hamburguesas grasientas o una tienda de conveniencia con sándwiches tristes.

—Erika, preciosa... estamos en Seattle, no en San Diego —le contesté, soltando una pequeña risa de incredulidad—. No creo que encuentres tacos abiertos a esta hora en ningún lado, aquí la gente duerme para ir a trabajar en Microsoft mañana.

Vi cómo se le borraba un poco la sonrisa y se cruzaba de brazos, genuinamente decepcionada.

—¿Y una quesadilla? —preguntó con una esperanza casi infantil que me desarmó por completo.

Me quedé en silencio un segundo, procesando la pregunta, para ella, un taco o una quesadilla eran lo más básico del mundo, el cierre perfecto para una noche de baile, para mí, eran conceptos que solo existían en restaurantes con manteles de tela que cerraban a las once de la noche, así que sentí una punzada de urgencia no podía permitir que nuestra primera noche terminara con ella decepcionada de mi ciudad si no había un lugar abierto, yo tendría que inventarlo.

—A ver, déjame ver qué dice mi "inteligencia de campo" —le dije, sacando el teléfono y buscando frenéticamente en redes y mapas locales alguna joya escondida de comida nocturna—.

No prometo nada, pero si algo he aprendido en seguridad es que siempre hay una ruta alternativa, ella me miró con una ceja alzada, recuperando ese brillo retador en los ojos.

—Más te vale, Will porque una mujer de Georgia con hambre es más peligrosa que cualquier brecha de seguridad que hayas tenido que cerrar hoy.

—Entendido, jefa —reí, mientras encontraba un punto en el mapa que prometía "comida mexicana auténtica 24/7" en una zona un poco alejada del centro—. Sujétate, que vamos a ver si Seattle puede pasar la prueba de fuego de la quesadilla.

Arranqué la camioneta decidida a encontrar ese lugar no sabía si la comida sería buena, pero lo que sí sabía era que no quería que se bajara de este coche hasta haber borrado ese gesto de decepción de su cara, la reunión de las siete de la mañana empezaba a parecer un problema de otro Will, de uno que todavía no conocía a Erika Salazar.

Lo reconozco: en ese momento, mi dignidad de "macho alfa " se fue directo por la alcantarilla.

Me parecía increíble que yo, William, estuviera a las dos de la mañana en una zona de la ciudad que apenas conocía, buscando desesperadamente algo envuelto en una tortilla pero lo logré y llegamos a un lugar que era una explosión de color; las paredes gritaban cultura y las sillas tenían esos tonos tan vivos que casi me hacían parpadear, nos sentamos sin que nadie nos atendiera, en plan informal, y vi cómo el rostro de ella se iluminaba como si estuviéramos en un restaurante con tres estrellas Michelin.

—¡Chips y salsa! —exclamó ella con una sonrisa de victoria.

Tomó una de esas tortillas tipo nacho y la sumergió en una salsa verde brillante, cerró los ojos, saboreando el momento con una satisfacción que me resultó envidiable luego, con una malicia que debí detectar a tiempo, me señaló un cuenco con una salsa roja oscura, casi densa.

—Prueba esta, Will es lo mejor del mundo —me dijo, desafiándome con la mirada.

Yo, queriendo hacerme el valiente y demostrar que un irlandés de Manhattan puede con todo, sumergí la tortilla con generosidad y, sin pensarlo dos veces, me la metí a la boca, fue un error, error fatal porque en menos de un segundo, un calor sofocante y agresivo invadió mis papilas gustativas, sentí como si me hubiera tragado una brasa encendida y el aire me faltó y mi garganta se cerró en señal de protesta.

—Agua... —logré articular con una voz que no reconocí—. Necesito... agua.

Erika, reaccionando con la velocidad de un rayo, tomó una botella que había sobre la mesa y me la pasó, me la bebí entera, casi sin respirar, sintiendo cómo el líquido frío intentaba apagar el incendio en mi boca podía sentir mi rostro ardiendo; estoy seguro de que mi piel estaba de un rojo tan intenso que podría haber servido de señal de tráfico.

Cuando el ardor empezó a ceder y volví a tener control sobre mis sentidos, la miré Erika estaba roja también, pero de tanto contener la risa no aguantó más y soltó una carcajada sonora, vibrante, de esas que hacen que los otros tres comensales del lugar se den la vuelta para mirar.

—¡Ay, Will! —gritó entre risas, limpiándose una lágrima—.

¡Tengo que sacarte a comer más seguido porque eres una niñita llorona!

¡No aguantas ni un poquito de picante! Traté de poner mi mejor cara de "jefe de seguridad ofendido", pero era imposible, porque su risa era tan contagiosa, tan genuina, que terminé soltando una risotada yo también.

—¡Casi me matas, Salazar! —le contesté, todavía sintiendo el hormigueo en la lengua—. Eso no es salsa, eso es combustible para cohetes. ¿Cómo pueden comer eso y seguir vivos?

—Se llama tener alma, Will —bromeó ella, dándole un mordisco a su quesadilla con una naturalidad insultante—. Pero no te preocupes, te voy a entrenar, para cuando sea la boda, vas a estar comiendo habaneros como si fueran dulces.

Me apoyé en el respaldo de la silla, observándola bajo las luces coloridas del local, la reunión de las siete de la mañana seguía ahí, esperándome, pero mientras la veía burlarse de mi falta de resistencia al picante, supe que no cambiaría este momento por todas las horas de sueño del mundo definitivamente, esta mujer era el "problema de seguridad" más delicioso al que me había enfrentado jamás.

Eran las 3:45 de la mañana cuando estacioné la camioneta frente al The Edgewater el mundo a esa hora en Seattle está sumido en un silencio gélido, pero dentro de mi pecho había un incendio que nada tenía que ver con el picante de la salsa roja.

Bajamos del vehículo y la acompañé hasta la entrada de cristal del hotel el cansancio del baile y la comida finalmente nos estaba pasando la factura, pero yo no quería que el tiempo se moviera me sentía como un adolescente después de su primera cita, con esa mezcla extraña de nervios y euforia.

—Bueno, madrina —dije en voz baja, mirándola a los ojos—, parece que sobrevivimos a la primera ronda.

Me acerqué para despedirme mi intención era simple y respetuosa: un beso casto en la mejilla, el sello de un caballero que sabe que tiene mucho tiempo por delante pero Erika Salazar siempre tiene un plan diferente.

Justo cuando mis labios rozaron su piel, ella tomó la iniciativa con una suavidad que me dejó desarmado, giró mi rostro hacia el suyo y me besó, no fue un beso salvaje, ni cargado de esa pasión eléctrica de la pista de baile fue un beso tierno, lento, de esos que se sienten como una promesa.

—Gracias, Will, por esta noche —me susurró al oído, y su aliento cálido me erizó la piel—. Me divertí mucho.

Sin darme tiempo a reaccionar o a articular una sola palabra, se dio media vuelta y caminó hacia el lobby la vi alejarse, con ese paso seguro y esas curvas que ahora me parecían el centro de mi universo, hasta que cruzó las puertas y la perdí de vista.

Me quedé ahí, solo, parado en la acera como un idiota, mirando la entrada vacía, toqué mis labios con la yema de los dedos, todavía sintiendo su rastro estaba completamente perdido.

Un golpe de realidad me sacudió: faltaban menos de tres horas para mi reunión de las siete el sueño me golpeó de repente como un mazo.

—Maldita sea, Salazar... me vas a matar —gruñí para mis adentros, aunque con una sonrisa de oreja a oreja.

Me subí a la camioneta y arranqué rápidamente tenía que dormir algo, aunque sabía que, en cuanto cerrara los ojos, lo único que vería sería a una morena de Georgia enseñándome a bailar entre salsas picantes y besos que sabían a principio de algo grande.

ERIKA

Erika estaba sumergida en una nube de espuma, con el agua caliente relajando cada músculo que el "entrenamiento" de salsa de Will había dejado resentido tenía los ojos cerrados, reviviendo el roce de sus dedos y ese susurro al oído que la había dejado desvelada, cuando el timbre de su celular rompió el hechizo.

—¡Erika! Tienes que venir —la voz de Kim sonaba entre agotada y ansiosa—.

He tenido un día de perros con los abogados de mi madrastra necesito a mis amigas, vengan al departamento, es sábado y Richard ya invitó a toda la "Pandilla Calavera" dice que será una tarde de amigos en cuanto escuchó el nombre de la pandilla, el corazón de Erika dio un vuelco que no pudo disimular porque Will estaría ahí.

—No digas más, Kimmy, cuenta con nosotras —respondió Erika con una sonrisa que ya planeaba travesuras—. Vamos a inyectarle un poco de vida a ese pent-house de hielo.

Erika salió de la tina con una energía renovada se vistió con algo que gritaba "seguridad" pero mantenía ese toque femenino y audaz que sabía que volvía loco al rubio, pero antes de salir, sabía que necesitaba un arma secreta en Seattle bebían mucho whisky y mucha cerveza artesanal, pero ella iba a llevar el fuego de su tierra.

Bajó al lobby con ese paso firme de quien sabe exactamente lo que busca. Se acercó a la recepción y, con una seguridad que no aceptaba un "no" por respuesta, se dirigió a la empleada.

—Necesito una botella de tequila, pero no cualquiera —dijo Erika, apoyándose en el mostrador—.

Busquen un Don Julio Cosecha Especial, si no lo tienen aquí, consíganlo en la mejor licorería de la ciudad, lo necesito ahora, pasaron exactamente veinte minutos, Erika esperaba sentada en un sillón de cuero, cruzada de piernas, cuando el botones se acercó con una bolsa aterciopelada y el cuello de la botella asomando con orgullo.

—Aquí tiene, señorita Salazar, directo de la reserva —dijo el joven cuando Erika tomó la botella, sintiendo el peso del vidrio frío, y una chispa de malicia pura encendió sus ojos.

—Perfecto —susurró para sí misma—. Vamos a ver si los "Calavera" son tan valientes con el tequila como lo son con sus trajes de etiqueta.

Se puso las gafas de sol, guardó la botella en su bolso de diseñador y salió del hotel, Richard y Will creían que la noche de los tubos había sido intensa, pero no tenían idea de lo que una mujer mexicana con una botella premium y ganas de revancha podía hacer un sábado por la tarde, Seattle estaba a punto de calentarse de verdad.