Amor por casualidad (Millonarios y herederas) El alumno estrella
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El alumno estrella

Erika

Will se veía adorablemente concentrado, con el entrecejo fruncido tratando de no pisarme de nuevo, ver a un hombre tan imponente, tan "dueño de Seattle", esforzándose por seguir un paso básico de cumbia mexicana era lo más tierno que había visto en mucho tiempo.

—¡No me mires los pies, Will! Siente el ritmo —le decía yo, disfrutando de cada segundo, cuando por fin soltó el cuerpo y me permitió dar las vueltas, sentí esa libertad que solo la música de mi tierra me da, girar bajo su brazo, sintiendo su mirada fija en mí con una mezcla de sorpresa y admiración, fue eléctrico.

—¡Exacto! —le respondí entre risas cuando se dio cuenta de que él era mi "ancla"—. Tú solo asegúrate de no soltarme la mano y yo me encargo de que parezcamos profesionales.

En ese momento, entre el sudor de la pista, la música ruidosa y la mano de Will sosteniendo la mía, me di cuenta de que mi madre tenía razón al mandarme lejos para protegerme...

pero se equivocaba si pensaba que Suiza me iba a quitar el fuego, y Will, por lo que veía en su sonrisa, estaba más que dispuesto a quemarse conmigo.

WILL

Había perdido la cuenta de cuántas veces habíamos dado vueltas en esa pista improvisada, pero mi cuerpo me estaba pasando la factura, no recordaba haber hecho tanto cardio en toda mi vida; ni las sesiones de entrenamiento funcional en el gimnasio, ni las horas de combate en defensa personal me habían dejado tan exhausto como seguirle el ritmo a Erika Salazar era como intentar atrapar un rayo con las manos.

—¿Podemos... podemos descansar un poco? —dije, tratando de recuperar el aliento mientras me secaba el sudor de la frente con el antebrazo.

Ella soltó una carcajada vibrante, con el rostro iluminado y el cabello un poco revuelto por el baile.

—Acepto —dijo, abanicándose con la mano—, además, mi margarita ya no está fría y eso es un pecado.

Como todo un caballero —y porque necesitaba desesperadamente una excusa para sentarme—, pedí otra ronda en cuanto la mesera dejó la bebida en la mesa, Erika le dio un trago enorme, casi de un sorbo, y un segundo después, se llevó las manos a las sienes y cerró los ojos con fuerza.

—¡Ay! ¡Se me congeló el cerebro! —exclamó, haciendo una mueca tan cómica que no pude contenerme.

Me reí a carcajadas una risa limpia, de esas que te nacen desde el estómago mientras la observaba recuperarse y reírse de su propia desgracia, un pensamiento me golpeó con la fuerza de una ráfaga de viento: diablos, nunca me había divertido tanto en una cita, Erika era distinta a todo lo que yo conocía, en mi mundo de contratos, sistemas de seguridad y alta sociedad de Seattle, todo era previsible, calculado y, admitámoslo, un poco gris.

Pero ella era puro color, adrenalina y fuego por eso me di cuenta de algo fundamental en ese momento: después de conocerla, mi vida no podía volver a la rutina aburrida de siempre, porque necesitaba esa energía en mi día a día.

La miré mientras jugueteaba con el popote de su bebida y empecé a maquinar tenía que convencerla de que Seattle era mucho mejor que cualquier otro sitio a donde ella quisiera ir no podía dejar que regresara a Georgia o que se perdiera en cualquier otra parte del mundo con su laptop y su trabajo remoto y el problema era...

¿cómo diablos convences a una mujer que valora tanto su libertad de que eche raíces en una ciudad tan fría como esta?

Entonces, recordé el detalle más importante "Se tiene que quedar hasta la boda, por lo menos", pensé con una sonrisa interna de triunfo, eso me daba semanas, tiempo suficiente para que la "Pandilla Calavera" desplegara su mejor estrategia de seguridad: asegurar que Erika Salazar no quisiera irse nunca de mi lado.

—¿En qué piensas, Will? tienes cara de estar planeando un robo a un banco —me soltó ella, sacándome de mis pensamientos con esa intuición afilada que tenía.

—En nada, madrina —le dije, levantando mi copa hacia ella—. Solo pienso que la noche aún es joven y que tengo mucho que demostrarte sobre por qué esta ciudad es más interesante de lo que parece.

Ella arqueó una ceja, desafiante. —Pues vas a tener que esforzarte mucho, porque soy de gustos caros y emociones fuertes.

—Perfecto —respondí, y esta vez la sonrisa me salió con una confianza renovada—. Porque yo no sé trabajar de otra manera.