Amor por casualidad (Millonarios y herederas) Aprendiendo el ritmo de Georgia
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Aprendiendo el ritmo de Georgia

¡Fíjate en mis pies, Will! —me gritó Erika por encima de la música, con una sonrisa que iluminaba todo el local—. Casi toda la música latina lleva una secuencia de dos pasos, solo cuenta: uno, dos a la izquierda... uno, dos a la derecha.

Traté de coordinar mis piernas, pero mis pies acostumbrados al ritmo plano de Seattle parecían de plomo.

—Ahora, pon tus manos en mi cintura y no pierdas el paso —ordenó ella. Hice lo que me pidió, sintiendo el calor de su piel a través de la tela. Me tropecé casi de inmediato, pisándole un zapato y soltando una carcajada de pura frustración divertida.

—¡Lo siento! Te dije que era un caso perdido —exclamé mientras ella se reía de mis torpezas, pero Erika no es de las que se rinden. estuvimos así unos quince minutos, entre pisotones y risas, hasta que finalmente mi cerebro hizo clic, mis pies empezaron a moverse en sintonía con los suyos.

Uno, dos... uno, dos y por primera vez en la noche, no me sentía como un tronco en medio de un incendio.

—¡Eso! Ya lo tienes —me animó ella, con los ojos brillando de entusiasmo—. Ahora viene lo bueno: no pierdas el paso, levanta tu mano derecha y deja que yo dé la vuelta, tú sigue igual, no te detengas.

Hice lo que me indicó así que alcé la mano y, de repente, Erika se convirtió en un torbellino de movimiento, empezó a lucirse con una serie de vueltas perfectas, con sus curvas moviéndose con una gracia que me dejó hipnotizado, sus vueltas eran rápidas, precisas, y ella no dejaba de reírse a carcajadas mientras yo me quedaba ahí, tratando de mantener la base.

—¡Ya entendí el truco! —le grité, riendo con ganas mientras la veía brillar—. ¡Uno solo te sigue la corriente y tú te encargas de hacer todo el espectáculo sola! ¡Me gusta, esto es divertidísimo!