El Plan (Fallido) y el Nuevo Ritmo
Will
Habíamos llegado a la zona del Puget Round.
El viento fresco del Pacífico nos golpeaba la cara y yo estaba decidido a cumplir mi palabra, me puse en modo "guía experto", señalando el horizonte y recitando datos históricos sobre el muelle y la importancia del puerto, quería impresionar a Erika, demostrarle que debajo de este traje de "niño rico" de Seattle había algo de sustancia.
De repente, ella se detuvo y me miró con una mezcla de incredulidad y burla.
—A ver, Will... —me interrumpió, cruzándose de brazos—.
Creí que lo de ser guía era una mentira piadosa, una estrategia para sacarme una cita, pero ¿de verdad hablabas en serio?
¿Me vas a dar una clase de historia? Me quedé mudo un segundo y luego solté una carcajada que espantó a un par de gaviotas, me pasé la mano por el pelo, rindiéndome.
—La verdad... no sabía ni qué inventarte para que aceptaras salir conmigo —confesé entre risas—. Pero me atrapaste, el disfraz de guía me queda grande, ella sonrió, y esa expresión me dio más adrenalina que cualquier cierre de negocios.
—¿Qué tal si me llevas a conocer lo que es la diversión real en esta ciudad? —propuso con ese fuego en los ojos.
—Tú lo quisiste, preciosa —le respondí, la llevé a uno de los bares más exclusivos y de moda de la ciudad, un lugar con luces minimalistas y una música electrónica que yo consideraba "sofisticada" pero en cuanto entramos, la cara de Erika fue un poema.
—Creo que tenemos conceptos muy diferentes de diversión, Will —me dijo, alzando la voz sobre el beat monótono—.
Esta música es horrible, a mí me gusta bailar de verdad, música latina, algo que te haga mover el esqueleto, sentí un pequeño golpe en mi orgullo de "hombre de mundo", pero la miré a los ojos y decidí ser honesto.
—Es que... la verdad, no tengo ni idea de cómo bailar eso, en mi mundo, esto es lo que suena —admití, sintiéndome de repente muy fuera de mi zona de confort, ella soltó una risita encantadora y se acercó un poco más a mí.
—Yo te enseño, no conozco la ciudad, pero para eso se inventó el internet —sentenció.
Esa fue mi perdición, saqué mi teléfono y busqué rápidamente en Google: "Mejores lugares de música latina en Seattle".
Encontré un club con excelentes reseñas, un lugar que prometía salsa, bachata y reggaetón del bueno, salimos de ese bar pretencioso casi corriendo, al llegar a la camioneta, antes de que ella pudiera siquiera tocar la manija, me adelanté, en el trayecto, mis dedos rozaron los suyos y, por un instante, no pude evitar tomar su mano.
Sentí una descarga eléctrica que me recorrió el brazo con toda la caballerosidad que mi padre me enseñó, le abrí la puerta, ofreciéndole mi mano para que subiera.
Vi cómo sus ojos brillaron de una forma distinta que no era burla, era algo parecido a la admiración.
—Vaya, además de honesto, resultaste caballeroso —comentó con una sonrisa más suave mientras se acomodaba en el asiento.
—Con la madrina adecuada, uno tiene que estar a la altura —le respondí antes de cerrar la puerta.
Rodeé la camioneta y subí al asiento del conductor, el ambiente dentro de la cabina había cambiado por completo; ya no éramos solo el padrino y la madrina planeando una boda.
Éramos Will y Erika, y apenas estábamos empezando a escribir nuestro propio ritmo, arranqué la camioneta y nos dirigimos hacia esa noche de baile que, sospechaba, me iba a cambiar la vida.
Salsa…
La música de salsa inundó mis oídos en cuanto pusimos un pie en el lugar, era un ritmo vibrante, de esos que te obligan a mover los hombros, aunque no quieras vi la cara de Will —un poco descolocado, un poco fascinado— y no pude evitarlo: le tomé la mano y lo jalé hacia el centro del lugar.
Una mesera de rasgos latinos, con esa eficiencia sin rodeos que tanto extrañaba, nos hizo una seña para que la siguiéramos a una mesa de madera desgastada. Nada de glamur, nada de pretensiones, justo lo que necesitaba.
—¡Dos margaritas! —pedí casi gritando sobre las trompetas de la orquesta.
Nos sentamos y la curiosidad de Will no tardó en salir. Me preguntó a qué me dedicaba, y le conté que era Diseñadora Gráfica y que manejaba redes sociales.
—Puedo vivir donde quiera, Will, mi oficina es mi laptop y una buena conexión a internet —le dije con orgullo.
Pero luego vino la pregunta que siempre me ponía a la defensiva: la familia, mi semblante cambió, lo sentí, la alegría de la música se volvió un ruido de fondo mientras recordaba Georgia, a mis tres hermanos y a mis padres, así que decidí no mentirle le hablé con toda la honestidad que pude porque si íbamos a caminar juntos hacia el altar como padrinos, tenía que saber quién era la mujer que tenía enfrente.
—Mi madre me envió a Suiza para salvarnos —le solté, mirándolo fijamente—. Mi familia tiene nexos con el narcotráfico por parte de mi abuelo paterno y no importa cuánto intentó mamá huir de eso... el estigma siempre nos alcanza.
Vi un destello de sorpresa, casi de susto, en sus ojos claros, me preparé para el rechazo, para esa mirada de juicio que tanto conocía, pero Will simplemente parpadeó, procesó la información y, para mi sorpresa, no se alejó, al contrario, se inclinó más hacia mí, como si mi confesión le hubiera dado permiso para abrir su propio baúl de secretos.
—Mi familia es pequeña —comenzó él, suavizando la voz—.
Mis padres son de ascendencia irlandesa y viven en Manhattan con mi hermana, Meg, pero yo estaba harto del ruido y de la presión de la Gran Manzana, así que me vine a Bellevue con mis abuelos maternos para estudiar... y ahí conocí al "monstruo".
—¿A Richard? —pregunté divertida.
—A Richard —asintió riendo—. Era un abusón de primera, pero estaba más solo que nadie, me encargué de defenderlo de los otros compañeros y, bueno, de ahí nació esta hermandad.
EL padre de Richard nos ayudó a Marcus, a Ben y a mí a fundar la empresa de seguridad, me pago el mejor entrenamiento militar que el dinero puede comprar, y nuestros primeros clientes fueron los accionistas de Freeman Group.
Lo miré con otros ojos porque Will no era solo el "niño rico" de Seattle; era un hombre que entendía de lealtades y de defender a los suyos, igual que yo.
—Así que el experto en seguridad militar resultó ser el guardaespaldas de su mejor amigo —bromeé, levantando mi margarita—. Salud por los amigos que se vuelven familia, Will.
—Salud, Erika —respondió él, chocando su copa con la mía—.
Y ahora, cumple tu promesa, enséñame a moverme antes de que Richard llegue a la boda y se burle de que tengo dos pies izquierdos.
Me levanté, le extendí la mano y, por primera vez en toda la noche, sentí que el estigma de mi apellido no pesaba tanto como la calidez de la mano de Will rodeando la mía.
La energía en el lugar estaba en su punto máximo, en cuanto los primeros acordes de "Mesa que más aplauda" retumbaron en las bocinas, Erika no me dio tregua. Me jaló hacia la pista con una seguridad que no dejaba espacio para las dudas.