Entre brechas de seguridad y fuego mexicano
Will
Tenía la mandíbula apretada y la vista clavada en tres monitores, estaba lidiando con un desastre: alguien había violado el perímetro de seguridad en la planta de uno de mis clientes más pesados y estaba redactando un correo urgente, con un dedo puesto sobre el botón de llamada para Ben, listo para mandarlo a "limpiar" el desastre operativo, cuando mi teléfono personal vibró sobre el escritorio.
Vi el nombre en la pantalla: Erika, apenas contesté, no hubo un "hola", ni un saludo cordial lo que recibí fue un estallido de furia volcánica que me hizo enderezar la espalda de inmediato.
—¡Will! No me vas a creer la clase de víbora que tienen como modista "exclusiva" en esta ciudad —escupió, y podía jurar que escuchaba el crujir de sus dientes—.
Ofendió a Kim de la peor manera, casi la hace llorar ¡Dile a Richard que, si no hace algo, yo misma voy a ir a quemar ese taller con todos sus trapos feos adentro!
Me quedé helado por un segundo, la imagen de Erika, con esos ojos negros echando chispas y dispuesta a prenderle fuego a media calle 5ª, me resultó peligrosamente atractiva, pero el motivo me puso serio de inmediato, si Kim estaba llorando, Seattle iba a temblar.
Le dije que se calmara y me diera los datos de la modista, colgué y, sin perder un segundo, enlacé a Richard, Olvidé los correos, olvidé la brecha de seguridad de mi cliente; la seguridad de "la familia" iba primero.
—Richard, deja lo que estés haciendo —solté en cuanto tomó la llamada, le solté la bomba sin anestesia: Kim, la modista, los insultos.
Escuché el silencio de Richard al otro lado, ese silencio que precede a una ejecución, cuando mencioné la ubicación, las piezas encajaron en mi cabeza como un rompecabezas macabro.
—Richard... yo sé por qué esa mujer reaccionó así —le dije, bajando la voz—.
Es la tía de Estefany, tu exnovia, sentí la tensión de mi amigo a través de la línea, era el fantasma de su pasado mordiéndole los talones a su presente, Richard fue letal: "Para mañana, esa tienda no va a tener ni licencia para vender hilos".
—Ya te conocemos, Richard, dale con todo —le respondí, sabiendo que el tiburón acababa de salir de caza.
Antes de colgar, le mencioné que Erika ya lo tenía todo bajo control con un vestido nuevo, tratando de suavizar el golpe, pero mi mente seguía en la morena de Georgia, sabía que Erika no se iba a quedar tranquila, ella no era de las que dejaban las cuentas pendientes.
Miré los correos de mi empresa de seguridad que seguían abiertos en la pantalla, eran importantes, sí, pero Erika Salazar era una amenaza de seguridad de un tipo completamente distinto porque era el tipo de mujer que te hacía querer dejarlo todo para ver cómo quemaba el mundo... y luego ayudarla con la gasolina.
—Ben, resuelve lo de la planta tú solo —le envié un mensaje rápido—. Tengo una madrina de boda que vigilar antes de que convierta el centro de Seattle en cenizas.
Me puse el saco y salí de la oficina a paso veloz, porque algo me decía que, si Kim y Erika iban de regreso a ese taller, el espectáculo iba a ser mucho mejor que cualquier informe de seguridad, y yo no me lo iba a perder por nada del mundo.
Aparqué el coche frente al The Edgewater y me quedé un segundo contemplando la fachada, este hotel tiene una historia increíble, construido literalmente sobre el muelle, pero hoy la historia que me importaba era la que estaba por escribir en el lobby, entré con la seguridad de quien conoce cada rincón de Seattle, pero con un cosquilleo en el estómago que no sentía desde la preparatoria, me acerqué a la recepción, ajustándome el saco.
—Buenas tardes, señorita, busco a Erika Salazar ¿Podría anunciarme?
—le dije a la recepcionista con mi mejor sonrisa de "padrino de boda en misión oficial “La mujer marcó a la habitación y, tras unos segundos que me parecieron eternos, asintió me quedé apoyado en una de las columnas de madera, observando el movimiento del hotel, hasta que el ascensor se abrió.
Ahí estaba ella, Erika no solo "bajó"; ella invadió el lobby incluso con ropa casual, tenía esa presencia magnética que hacía que el resto de la gente pareciera estar en blanco y negro, su piel morena resaltaba contra el lujo clásico del hotel y esa chispa de "aquí mando yo" seguía intacta en sus ojos.
—Vaya, parece que el servicio de seguridad de Seattle es más eficiente de lo que pensaba, me mandaron un guardaespaldas, debo ser muy importante para que se tomen el tiempo de venir a verme —bromeó ella al llegar frente a mí, me incorporé, metiendo las manos en los bolsillos con aire despreocupado.
—No podía dejar que la madrina se quedara aquí encerrada planeando incendios —le respondí, soltando una pequeña risa luego, miré hacia los enormes ventanales que daban al agua—.
Dime una cosa, Erika, ¿ya fuiste a ver las vistas panorámicas en Puget Round?
Ella miró hacia afuera y luego volvió a mí, encogiéndose de hombros con una naturalidad que me encantaba.
—No, la verdad es que entre el drama del vestido y cuidar a Kim, no he tenido tiempo de hacer turismo. Era la oportunidad que estaba esperando di un paso hacia ella, bajando un poco la voz, volviéndola más sugerente.
—Eso es un pecado capital en esta ciudad, no puedes decir que estuviste en Seattle si no has visto el Round como se debe —hice un gesto hacia la salida, donde mi coche esperaba—.
Te propongo un trato: deja que te enseñe la zona te garantizo que no encontrarás un mejor guía en todo el estado. O sea, yo.
Erika me miró de arriba abajo, evaluando mi oferta con esa mirada analítica que me ponía a prueba, por un momento pensé que me iba a mandar a volar con una de sus frases de Georgia, pero luego sonrió de esa forma que me hacía olvidar hasta mi propio nombre.
—¿El mejor guía, ¿eh? —arqueó una ceja—. Está bien, Will, pero más te vale que esas vistas valgan la pena, porque soy una crítica muy exigente.
—Preciosa —le dije, abriéndole paso mientras caminábamos hacia la salida—, conmigo, siempre vale la pena.
Salimos al aire fresco del muelle y, mientras le abría la puerta del coche, supe que el recorrido por Puget Round solo iba a ser la excusa.
Lo que realmente quería era ver el mundo a través de los ojos de esa mujer.