La elección del Vestido
Erika
Salí de casa con la mejor actitud, para elegir el vestido de novia, lista para ser la madrina que Kim merecía, me imaginaba una tarde de risas, champaña y telas blancas, pero en cuanto puse un pie cerca de ese taller, el ambiente me golpeó como un balde de agua fría, escuché las últimas frases de esa mujer desde el pasillo “Nos reservamos el derecho de vender los vestidos, no los hacemos para personas sin clase “ y sentí cómo la sangre de Georgia y México se me subía a la cabeza al mismo ritmo.
Abrí la puerta de golpe, entrando como un huracán, no iba a permitir que nadie, absolutamente nadie, pisoteara a mi amiga.
—¡A ver, un momento, doñita! —exclamé, plantándome frente a Kim como un escudo humano. Ella estaba roja, con la humillación quemándole las mejillas—. ¿Qué fue lo que le dijo? ¿Quién se cree usted para hablarle así a mi amiga?
La modista, con una cara de estirada que no podía con ella, intentó balbucear algo sobre su "derecho de admisión".
—¡Se reserva nada! —la interrumpí, y juro que sentí que me salían chispas por los ojos—.
Escúcheme bien, porque no lo voy a repetir si tiene algún problema con el apellido Mercer o con el señor Freeman, se lo guarda en su costurero y si vuelve a abrir la boca para ofenderla, le juro que para mañana su "prestigiosa" tienda va a tener tantas demandas y malas reseñas que va a terminar cosiendo botones en el mercado.
¡Pídale disculpas ahora mismo o aquí se le acaba el negocio!
La mujer palideció cuando se dio cuenta de que yo no era una de esas damitas de sociedad que se quedan calladas para no hacer una escena.
Yo soy una Salazar, y si tengo que armar un escándalo para proteger a los míos, lo hago con estilo, me giré hacia Kim y le tomé las manos estaba temblando, a punto de colapsar.
—Vámonos de aquí, Kim, este lugar huele a envidia y a polilla —sentencié, dándole una mirada final de asco a la modista—. Richard va a saber de esto, y te aseguro que esa mujer se va a arrepentir de haber nacido. ¡Vámonos!
Ya en la calle, Kim no pudo aguantar más y las lágrimas empezaron a caer, me rompió el corazón verla así.
—Ya no llores, Kim. No le des el gusto a esa señora que tiene el alma más arrugada que sus telas —le dije, dándole un abrazo de esos que te reinician la vida—. Ella no sabe con quién se metió, pero yo sí, te voy a conseguir un lugar donde te traten como la reina que vas a ser.
Saqué mi teléfono y empecé a buscar como loca, no iba a dejar que este día se arruinara.
—¡Aquí está! Universito Village —exclamé, mostrándole la pantalla—. Hay una tienda que se llama IDINA Bride, vámonos, que ahí no andan con chismes de vecindad.
El cambio fue inmediato, en cuanto entramos a IDINA, el lujo y la calidez nos recibieron, y nos dieron champaña, nos sonrieron de verdad y, tras varios intentos, la modista trajo "El Vestido" cuando Kim se miró al espejo, casi se me sale el corazón era de seda pura, elegante, celestial... parecía tejido con hilos de luna.
—¡Ay, Dios mío! —grité, abanicándome con las manos para no llorar yo también—. ¡Te ves increíble! Ahora sí, que se preparen en la iglesia, porque cuando entres se les va a caer la mandíbula, ¡especialmente a tu Richard!
Kim finalmente sonrió y el mal sabor de boca desapareció, pero yo no me iba a quedar con las ganas de pelear con esa tienducha, por eso en cuanto guardamos el vestido en la cajuela, la furia volvió a brotar necesitaba que alguien pagara por lo de hace rato así que marqué al celular de Will con la mano temblando de coraje.
—¡Will! No me vas a creer la clase de víbora que tienen como modista en esta ciudad —escupí apenas contestó—. Ofendió a Kim de la peor manera, casi la hace llorar. ¡Dile a Richard que, si no hace algo, yo misma voy a ir a quemar ese taller con todos sus trapos feos adentro!
Escuché a Will ponerse serio al otro lado de la línea, su voz de "padrino protector" me dio un poco de paz, pero no mucha.
—Cálmate, preciosa —me dijo, y ese "preciosa" casi me hace olvidar el enojo por un segundo—. Pásame el nombre de la señora y el lugar yo me encargo de que Richard se entere ahorita mismo.
Colgué sintiendo que la justicia estaba en camino, si quería guerra, acababa de declarar una contra la madrina equivocada.