Amor por casualidad (Millonarios y herederas) Vergüenza Ajena
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Vergüenza Ajena

Will

La noche ya era legendaria, pero ver a Richard salir de esa camioneta fue el broche de oro, mi mejor amigo, el impecable tiburón de Seattle, tenía la camisa por fuera y esa mirada de "no sé en qué planeta estoy" Kim no estaba mejor; traía el cabello hecho un desastre y una expresión que mezclaba el shock con la satisfacción, no pude evitarlo, el instinto de mejor amigo me obligó a soltar el primer dardo.

—¡Hey, Richard! —solté con una carcajada mientras me bajaba del cofre de la camioneta—. Pensé que estabas revisando el contrato, no que estabas intentando sacarle el aire a la pobre de Kim. ¡hasta la camioneta se estaba meciendo como columpio de feria!

Pero no fui el único con la lengua afilada porque a mi lado, la fuerza de la naturaleza llamada Erika saltó al ataque con una velocidad que me dejó impresionado.

—¡Qué intenso, Richard! —exclamó ella, cruzándose de brazos y riendo—. Te dije que le dieras espacio, no que le dieras con todo, Kim, traes una cara de "no supe ni qué me pasó" que no puedes con ella ¡Parece que te atropelló un tren de amor!

Me giré hacia ella, indignado pero divertido, esa mujer me estaba robando el protagonismo y lo hacía con un estilo que me resultaba peligrosamente adictivo.

—¡Oye, Erika! esa era mi línea —le reclamé, fingiendo molestia—. el de las bromas aqui suelo ser yo.

—¡Ay, por favor! —me soltó ella, mirándome con una chispa de fuego en los ojos—. Para frases y ocurrencias, a mí me sobran, búscate tus propios chistes, que tú tienes menos gracia que un taco sin salsa.

Me quedé mudo un segundo ¿Me acababa de comparar con un taco sin salsa?

Nadie me hablaba así en Seattle, y mucho menos alguien que me llegaba al hombro y se veía tan condenadamente bien bajo las luces de la calle, me acomodé el saco, tratando de recuperar mi postura de galán, aunque por dentro estaba fascinado, me bajé del cofre de un salto y me acerqué a ella, ignorando por completo a Richard y a Kim.

—Está bien, me rindo eres mas brava que yo —le dije, extendiendo mi mano con mi mejor sonrisa—. Mucho gusto, preciosa soy el mejor amigo de este animal, y por lo que veo, tú y yo vamos a ser un peligro para la sociedad.

Vi cómo sus mejillas se encendían sutilmente bajo ese tono de piel morena que me tenía hipnotizado, pero no retrocedió ni un centímetro, esa mezcla de timidez y fuego era letal.

—Soy la mejor amiga de Kim desde que sufríamos juntas en el internado de Suiza —respondió, apretando mi mano con fuerza—. Vengo de Georgia, pero tengo sangre mexicana, así que ni me busques porque me encuentras, me voy a quedar en la ciudad hasta la boda porque, para que te enteres, soy la madrina.

Solté una carcajada que debió escucharse en todo el bloque, el destino no solo era irónico, era un genio.

—¡No me digas! ¡Qué puntería! porque yo soy el padrino de Richard. ¡Ási que estamos en el mismo barco!

—¡No puede ser! —rio ella, y el sonido fue mejor que cualquier música en el club—. Pues prepárate, porque si vamos a estar juntos en la boda de estos dos, más vale que aguantes el ritmo, porque yo no soy de las que se quedan sentadas.

—¡Es un trato! —le guiñé un ojo, sintiendo que la noche acababa de dar un giro espectacular—. Vámos madrina tenemos que planear cómo vamos a hacer que estos dos se mueran de la vergüenza en el brindis.

—¡Me late! —aceptó ella, con una sonrisa que me decía que acababa de encontrar a mi compañera de crímenes perfecta—. Pero tú pagas la cena de compromiso, que para eso eres el padrino rico y yo la madrina pobre.

Mientras Richard y Kim se alejaban abrazados, yo ya estaba calculando cuántas "reuniones de planificación" necesitaríamos la madrina y yo, porque si algo tenía claro, es que a esta morena de Georgia no la iba a dejar escapar tan fácil después de la boda.