Amor por casualidad (Millonarios y herederas) El Choque de dos Mundos
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El Choque de dos Mundos

Will

Seguir a Richard cuando está en modo "tiburón celoso" suele ser aburrido, pero esta vez fue una revelación porque entramos al club como si fuéramos dueños del lugar, listos para marcar territorio y sacar a las chicas de allí, pero para mi sorpresa el que terminó atrapado fui yo.

En cuanto Marcus y Ben empezaron a ser rodeados por las amigas de Kim, mi mirada se clavó en una sola persona, era una Chica voluptuosa, de cabello oscuro, hermosísima, era bajita, una de las chicas gritó su nombre Erika…

. era ella, la chica de la que Richard hablaba antes, la morena del teléfono que subió la foto de Instagram.

Erika Salazar no era solo "atractiva"; era un incendio forestal personificado, tenía unas curvas generosas que desafiaban cualquier vestido y una sonrisa que decía que conocía todos tus secretos antes de que los dijeras, era divertida, ruidosa y descaradamente guapa mientras las otras chicas bailaban con cierta timidez ante nuestra llegada, ella se acercó a mí con una confianza que me dejó mudo por primera vez en mi vida.

Me quedé impactado observé su piel morena bajo las luces de neón parecía seda pura, y la forma en que movía las caderas mientras se reía de la escena de Richard me dio a entender que no me lo iba a poner fácil, yo soy un hombre que suele tener el control de cada situación, pero al verla acercarse, sentí que mis cimientos se tambaleaban.

—Vivan las Calaveras... —la oí gritar con ese acento que no era de por aquí, lleno de fuego y vida.

Ella no me tenía miedo de hecho, me estaba desafiando a que intentara seguirle el paso, Richard tendría a su prometida, pero yo acababa de encontrar algo mucho más peligroso: una mujer que me iba a costar más que cualquiera.

Me quedé ahí, de pie, fascinado, mientras la chica Salazar invadía mi espacio personal con la naturalidad de quien se sabe reina de la noche, Seattle acababa de volverse muy, muy pequeña para nosotros dos.

Fué el espectáculo más glorioso y caótico que había presenciado en años, miré alrededor y en cuanto Richard apartó al stripper con esa furia de macho herido, no pude evitarlo: solté una carcajada que nació en el fondo de mi pecho y resonó en todo el club.

¡El gran tiburón de Seattle estaba perdiendo los papeles!