Invasión en el Departamento
Erika
El ascensor se abrió directamente al Departamento privado donde vivía Kim con su prometido, que era un espacio jodidamente enorme, minimalista y frío, exactamente como imaginaba que sería el cubil de Richard Freeman, todo olía a madera de sándalo, a cuero nuevo y a dinero, mucho dinero, pero nosotras no habíamos venido a admirar la decoración, tocamos el timbre de la puerta y cuando se abrió se escuchó un grito:
—¡Sorpresa, futura señora de Freeman! —gritó Jess, entrando como una exhalación.
Liz y yo entramos justo detrás, formando un torbellino de risas, perfume caro y el sonido de nuestras maletas rodando sobre el mármol pulido, vimos a Kim que se veía pequeña en medio de tanta opulencia, con esa mirada de ciervo asustado que solía tener en Suiza antes de que yo le enseñara a morder, corrimos a su lado y nos lanzamos sobre ella, antes de que su cerebro procesara que su pasado en el internado acababa de aterrizar en Seattle.
El abrazo con que me recibió fue sincero, aunque la sentí tensa al principio, luego se relajó, y escuché un suspiro, era obvio que nos necesitaba.
—¡Ni creas que te vas a casar con el soltero más codiciado —e importante— de la ciudad sin una noche de pecado, Kimberly Mercer!
—exclamó Jess, agitando en el aire un itinerario impreso que, conociéndola, prometía al menos tres arrestos y un escándalo internacional, así que Kim empezó a reír, una risa nerviosa pero genuina, estaba a punto de decir algo, cuando el ambiente en la habitación cambió, de pronto sentí una mirada penetrante sobre nosotros, una de esas miradas que pesan, así que me obligue a girar la cabeza, y vi a su prometido
Ahí estaba él, el Richard Freeman del que tantas cosas me había contado Kim, saliendo de un despacho, con una carpeta de cuero en la mano, era alto, rubio y musculoso, el tiempo le había sentado bien, sin duda porque ya no era el adolescente arrogante que Kim describía; era un hombre que sabía exactamente cuánto valía su apellido, de repente se detuvo a observarnos, analizando la escena con una ceja alzada y esa sonrisa de suficiencia que me dio ganas de abofetearlo por hacer sufrir a mi amiga tanto tiempo.
—Vaya, parece que el escuadrón de refuerzos ha llegado —dijo Richard, su voz era grave, y controlada—.
¿A donde van? no me digas que le han preparado una...
¿Despedida de soltera? Si ese es el caso espero que tengan un buen presupuesto para fianzas, porque conociendo a Kimberly, seguro termina intentando acabar con todo el club.
La pulla fue directa a Kim, pero yo no iba a permitir que marcara territorio en mi presencia, me separé del grupo y clavé mis ojos en los suyos, sosteniéndole la mirada sin parpadear, en Suiza aprendí a no dejarme intimidar por los apellidos ilustres, además yo era una Salazar; habíamos sobrevivido a cosas peores que un heredero con complejo de superioridad.
—No te preocupes, Freeman —le dije, midiéndolo de arriba abajo con desdén calculado—. Nos aseguraremos de que regrese a ti... eventualmente, pero esta noche, ella es nuestra.
Sus ojos brillaron con picardía, no fue una mirada de enojo, sino de desafío divertido, se notaba que le gustaba que le respondieran, lo cual eran malas noticias para él, porque yo tenía cuerda para rato.
—Bueno —continuó Richard, con una lentitud teatral—, si las damas van a tener su noche de libertad, supongo que el futuro esposo, no puede quedarse en casa viendo documentales financieros, lo vi que sonrió y sacó su teléfono con una arrogancia que casi se podía tocar, mientras mantuvo la mirada fija en Kim, quien ya empezaba a ponerse pálida, sospechando que el plan de "cena tranquila" se iba al traste, Richard desbloqueó el teléfono.
—¿Hola? Sí, hablo en serio —dijo por la línea, su voz bajando un tono, volviéndose peligrosa—. Es hora de reunir a la Pandilla Calavera y sí, es un hecho, el compromiso es oficial, así que nos vemos en el lugar de siempre a las diez, traigan hígado de repuesto porque vamos a beber hasta caernos.
Colgó sin apartar los ojos de su prometida, la guerra estaba declarada, y él creía que tenía el control, pero no tenía idea de con quién se estaba metiendo, porque esta noche, Seattle iba a arder, y yo iba a asegurarme de que Kim fuera la que sostuviera la cerilla.