Amor por casualidad (Millonarios y herederas) Información Valiosa
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La lluvia fina de Seattle golpeaba los cristales de la limosina, pero Erika apenas lo notó.

Mientras arrastraba su maleta por la calle, las palabras de advertencia que su madre le había repetido mil veces en el internado de Suiza resonaban en su cabeza como un eco persistente: «Nunca pises los Estados Unidos, Erika.

Ahí no estás segura, recuerda que tu nombre sigue siendo una alerta para ellos».

Pero Kim la necesitaba; era su mejor amiga, la persona que la había ayudado a mantenerse cuerda, y ninguna amenaza del pasado iba a impedir que estuviera a su lado en el altar, enderezó la espalda, se ajustó el abrigo y salió a la calle, ignorando el presentimiento que le erizaba la piel.

A miles de kilómetros de ahí, en una oficina clandestina con las persianas bajas, la atmósfera era radicalmente distinta, Dan el que había sido el sucesor de su padre, y su peor pesadilla caminaba de un lado a otro, con el rostro desencajado por la furia, gritándole a sus subordinados por un cargamento de mercancía que se había "perdido" misteriosamente en la zona fronteriza de Laredo, el dinero y la presión de los compradores lo tenían al límite.

En ese momento, el pitido de una tableta encriptada interrumpió la discusión, era un mensaje directo de su contacto infiltrado en la Interpol, un canal que costaba miles de dólares mantener pero que esa tarde pagó cada centavo.

Dan leyó la pantalla y, de repente, la rabia de su rostro se transformó en una mueca retorcida luego una carcajada seca y fría llenó la habitación, congelando a sus hombres.

—Por fin... —murmuró para sí mismo, con los ojos inyectados de codicia—. Por fin la princesita Salazar ha pisado suelo norteamericano.

Apagó la pantalla del dispositivo y miró a su círculo cercano, con una sonrisa de triunfo absoluto en los labios.

—Tantos años escondida en Europa por su madre y la maldita viene a entregarse sola por fin esa perra será mía. Con ella a mi lado, los viejos leales a su padre no tendrán más remedio que arrodillarse, y consolidaré mi territorio de una vez por todas nadie podrá cuestionar quién manda aquí.

Dan se inclinó sobre la mesa de mapas y señaló a su hombre de mayor confianza.

—Juan, necesito que te muevas ya mismo, viaja a Seattle. No sabemos en qué hotel está, así que pon a los muchachos a buscar en redes sociales, prensa local, lo que sea. Alguien como ella no pasa desapercibido en una ciudad así.

El líder criminal se enderezó, sintiendo el peso de la vieja deuda que tenía pendiente desde la noche en que le quitó la vida al hermano de Erika.

—Te voy a encontrar, princesa, y cuando lo haga, mi venganza estará completa, su risa resonó en las cuatro paredes, sellando el inicio de una cacería que estaba a punto de cruzar caminos.