Capítulo 31
Poppy
Llegué al evento al que había sido invitada. No sabía realmente por qué acepté ir. Quizá solo pretendía demostrarme que podía y que nadie iba a lograr que me escondiera.
Era mi primera aparición pública tras las polémicas.
Llevaba un vestido color coral de corte imperio, con una falda de gasa que caía como una cascada y que se movía con cada uno de mis movimientos. Era sencillo, elegante, y me sentía cómoda con él.
Dejé a Maggie en casa y esperaba que estuviera bien. Aquella perrita se había convertido en toda mi vida.
Respiré hondo y avancé por la alfombra roja frente a las cámaras. Los flashes me cegaron por unos segundos, pero continué caminando con la cabeza alta.
De repente, vi a Morgan —la que fue mi mayor rival—, iba colgada del brazo de Jordan, mi exrepresentante.
Ambos me observaron con una sonrisa maliciosa, como si esperaran verme caer de un momento a otro.
Tragué saliva, alcé el mentón y decidí ignorarlos.
Sin embargo, los varapalos no terminaron ahí, A unos metros de mí estaban Owen y April cogidos de la mano como una pareja feliz.
Mi supuesta amiga, la que me dio la espalda y me cerró la puerta en las narices, no volvió a ponerse en contacto conmigo. Me había excluido de su vida sin ningún remordimiento.
Me sentía sola, esa era la verdad. Por suerte, Maggie llenaba ese hueco. Su presencia, su cariño, su lealtad y ese amor puro que me daba me sostenían.
Entramos a la sala de actos.
Las compañeras que en el pasado me hacían la pelota, ahora ni se acercaban a mí. Ni un saludo, un gesto o una mirada. ¡Nada!
Me había convertido en una apestada en su círculo y nadie quería contagiarse de mi caída en desgracia.
De todos modos, me mantuve firme. Había pasado por cosas peores en mi vida.
—Hola.
Una voz dulce me hizo girar para encontrarme de frente con tres influencers que se dedicaban al activismo y de las que, en el pasado, me había burlado en compañía de mis supuestas amigas. Las llamábamos frikies , insinuamos que eran unas vacas y cuestionábamos su presencia en estos eventos.
Me sentí avergonzada.
—Hola —repetí con las mejillas encendidas.
—Soy Claudia —me dijo la que se dedicaba a concienciar sobre la diversidad corporal.
—Y yo Camila —repuso la activista medioambiental.
—Lennie —concluyó la que peleaba por la igualdad de género.
—Sé que no somos santo de tu devoción, pero quizá quieras sentarte con nosotras —me ofreció Camila.
—Sabemos lo que cuesta estar sola en estos eventos —apuntó Claudia con una sonrisa afectuosa.
—Gracias por acercaros a pesar de lo mal que me porté con vosotras en el pasado —reconocí.
—Bueno, todo el mundo puede equivocarse —me tranquilizó Claudia.
—Sabemos lo mucho que te han machacado en redes y no nos parece justo tampoco —apostilló Lennie.
Sentí un nudo en la garganta,
—Quiero pediros perdón. No estuvo bien como nos reímos de vosotras la última vez que coincidimos. Entonces no entendía lo que hacíais, pero ahora me parece admirable.
—Todos cometemos errores, lo que importa es lo que estás haciendo ahora —me alabó Camila.
—No te disculpes más y ven a sentarte con nosotras —dijo Lennie tomándome de la mano y llevándome hasta la mesa que ocupaban.
—Cuando vimos las preguntas que te hacía y cómo te grababa, supimos que iba a traerte problemas —comentó Claudia de pasada.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo dices? ¿Tú sabes quién grabó el vídeo donde criticaba a la gente del sur?
La joven abrió los ojos de par en par y Lennie le lanzó una mirada que decía: «la has liado».
—Yo… creía que lo sabías —dijo con tono de culpabilidad.
—No, pero me gustaría.
Se miraron entre ellas. Finalmente fue Camila la que habló:
—Fue April Heartly.
Noté como si un puñal se me clavara en las entrañas. Desvié mis ojos hacia donde estaba sentada. Sonreía rodeada de la gente a los que consideré amigos y no soltaba en ningún momento la mano de Owen.
—Esa mosquita muerta nunca me gustó —sentenció Lennie—. Se notaba a leguas que te tenía mucha envidia.
—Quería ser tú —concordó Claudia.
—Y parece haberlo conseguido —apostilló Camila.
Sí, había conseguido quitarme el puesto, sin embargo, no sentí pena por ello. Su vídeo me hizo regresar a casa y poder redimirme de mis actos del pasado. También gracias a eso viví los mejores días de mi vida junto a Tucker.
Su intención fue perjudicarme, estaba claro, pero eso decía más de ella que de mí.
—Supongo que, cuando tienes éxito, cuesta diferenciar quienes son los amigos de verdad de los falsos. —Suspiré y me encogí de hombros—. De todo se aprende.
—Esa es una buena filosofía de vida —apuntó Claudia—. De las cosas malas se consigue un aprendizaje.
***
Estuvimos conversando durante horas. Las tres jóvenes eran naturales y divertidas. Gente de buen corazón, el tipo de personas de las que, de ahora en adelante, quería rodearme.
La gala avanzó entre discursos y aplausos.
Agradecí estar sentada entre Claudia, Lennie y Camila y no tener que enfrentarme a todo eso sola.
Antes era una de las protagonistas de estos eventos y ahora me había convertido en el centro de todas las habladurías.
Los premiados subían al escenario a recoger sus trofeos y lanzar discursos vacíos que fueron creados de cara a las cámaras.
Le estaba explicando a Camila anécdotas de mi preciosa perrita cuando Claudia me zarandeó por el brazo, entre risas.
—¡Poppy, has ganado! —exclamó.
Aquella afirmación me pilló desprevenida.
—Pero… ¿qué?
—El premio al contenido más transformador —repuso Lennie, sonriente.
Me puse en pie con las piernas temblorosas y el corazón repiqueteando con fuerza contra mi pecho.
Solía saber cómo comportarme en aquellos casos, no era el primer premio que recibía; no obstante, en esta ocasión era diferente, porque no era para mi personaje de las redes sociales, era para mi yo verdadero.
—Vamos, sube, ve a recogerlo —me animó Camila.
—Te lo mereces —susurró Claudia.
Comencé a caminar hacia el escenario cegada por las luces. Una vez estuve arriba, el presentador de la gala me entregó el trofeo de cristal y me señaló el micrófono para que dijera unas palabras.
—Emm… En primer lugar, gracias por este premio.
No me lo esperaba —dije con la voz un tanto entrecortada—.
Este ha sido un año complicado, en el que he aprendido que las apariencias muchas veces engañan y que la gente que te quiere de verdad es la que está en tus peores momentos, no solo en los buenos.
Desvié mis ojos hacia los que en el pasado creí que eran mis amigos. Se veía a leguas que no estaban satisfechos con aquel reconocimiento que me habían otorgado.
Respiré hondo para calmarme.
—También me he dado cuenta de que, en ocasiones, nos perdemos intentando gustar a los demás y dejamos de gustarnos a nosotros mismos.
»He pasado por una época en la que me he sentido muy vulnerable, sin embargo, eso no significa ser débil. Me he reconstruido y, aunque duele y da miedo dejar de lado esa imagen que todos conocen, merece la pena.
»Ahora soy yo misma, con lo bueno y lo malo. La Poppy Hart que creció en un pueblo de Tennessee y que adoraba pasar tiempo entre animales y con… —Me quedé sin aire cuando mis ojos reconocieron a Tucker entre el público— las personas a las que quiero —terminé en un susurro.
No parecía él mismo. Vestido de traje, con el pelo castaño claro bien peinado y sus inconfundibles ojos azules fijos en mí.
Por unos segundos, mi corazón se detuvo.
Me costaba seguir hablando. Hasta respirar me suponía un enorme esfuerzo.
—Gra… gracias —tartamudeé con torpeza antes de apresurarme a bajar del escenario.
Necesitaba salir de allí y tomar el aire.
Me alcé la falda del vestido con la mano que tenía libre y corrí lo que mis altos tacones me permitieron. Sin embargo, no llegué muy lejos porque una mano callosa me agarró del brazo con firmeza.
Me giré hacia Tucker.
—¿Escapas de mí, Hollywood? —preguntó con esa sonrisa ladeada que me había perseguido en sueños.
—¿Qué haces aquí? —inquirí sin poder ocultar el temblor de mi voz.
—Vine a apoyar a mi influencer favorita.
No entendía nada.
¿Qué hacía él aquí, diciéndome esto, si la última vez que lo vi me odiaba?
Él continuaba sujetándome del brazo, como si temiera que saliera corriendo de nuevo si me soltaba.
—Tuck… —susurré, sin saber qué más decir sin ponerme a llorar.
Últimamente estaba muy sensible.
—He empezado a tener dudas —dijo de sopetón.
—¿Dudas? —Fruncí el ceño, confusa.
—Sobre lo que sucedió el último día que nos vimos —aclaró—. No sé si me precipité en mis conclusiones y… me equivoqué.
Sentí que se me formaba un nudo en la garganta.
—Yo no colgué el vídeo, fue mi representante para vengarse de mí por no querer seguir con él —le expliqué—. Y nunca lo grabé con ninguna intención oculta, aunque me arrepiento de haberlo hecho sin tu consentimiento.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
Tucker me miraba, afectado por mi llanto. Su mandíbula se contrajo y, de manera acariciante, subió su mano de mi brazo hasta mi mejilla, para limpiar una de las lágrimas con su pulgar.
—Siento no haberte escuchado. Estaba roto y creí que me habías traicionado. Eso me destrozó todavía más. Reaccioné como un imbécil. ¿Podrás perdonarme?
Sollocé.
Por fin había escuchado lo que llevaba meses esperando.
—Poppy, soy incapaz de seguir viviendo sin ti. Este tiempo separado ha sido una auténtica tortura —reconoció esbozando una sonrisa que me desarmó—. Quiero que regreses a casa. Necesito tenerte en mi vida, porque sin ti no logro ser feliz.
—¿Y qué pasará cuando surja otro contratiempo? ¿Volverás a echarme en cara lo que hice con dieciocho años? ¿Me dirás que soy mala persona otra vez?
Tucker respiró hondo. No estaba orgulloso de su comportamiento, lo notaba.
—Eso quedó atrás. Fui un cabrón al decirte esas cosas, pero te juro por mis difuntos padres que no volverá a suceder.
—Me hiciste daño —balbucí.
—Lo sé.
—Y me he sentido muy sola e incomprendida.
Asintió.
—Y me arrepentiré toda la vida por no haber querido escucharte. Te amo, Poppy. Dime lo que necesitas para perdonarme y lo haré. ¿Quieres que me arrodille y te pida disculpas delante de todos estos estirados? ¿Que venda el rancho y me mude aquí contigo?
—¿De verdad harías eso? —me sorprendí.
—Haría cualquier cosa por tenerte a mi lado; sin ti, mi vida está vacía y no tiene sentido.
Apoyé las manos en su pecho y me puse de puntillas para besarlo, incapaz de pronunciar palabra.
Fue un beso suave y cargado de anhelo, como un augurio de lo que nos quedaba por vivir juntos.
Cuando nos separamos, apoyé mi frente sobre la suya.
—Ya era hora de que reflexionaras y vinieras a por mí, Tate.
Sonrió de esa manera ladeada que me derretía.
—La verdad es que necesité un poco de ayuda para abrir los ojos.
Me separé más de él y fruncí el ceño.
—¿Ayuda de quién?
—De mi hermana, de tu padre… incluso de mi abuela.
Sonreí ampliamente.
— ¡Wow!, lo de tu abuela me sorprende.
—Sabe reconocer a las buenas personas.
—Yo te daba un poco de tiempo para reflexionar, pero estaba a punto de ir a buscarte. De hecho, mi vuelo ha Tennessee sale en tres días.
Enarcó una ceja.
—Menos mal que vine antes —repuso guasón—. Y, ¿para qué ibas a buscarme? ¿Querías hacerme entrar en razón?
—No, iba a respetar tu decisión de creer de mí lo que quisieras, pero había algo que necesitabas saber.
—¿De qué se trata? —preguntó preocupado.
Me apreté la volátil falda del vestido contra la cintura, mostrándole mi incipiente tripita.
Él palideció.
—Poppy, ¿esto…?
Asentí.
—Estoy embarazada.
Se quedó completamente inmóvil y con los ojos aún fijos en mi barriga.
—Yo… No sé… Esto es… —era incapaz de decir nada coherente.
—Por fin te he dejado sin palabras —bromeé.
—¿Cómo? —logró preguntar.
—Creo que mis pastillas anticonceptivas fallaron —respondí—. No es lo más habitual, pero a veces sucede.
Tenía miedo de cómo podía tomarse la noticia, sin embargo, clavó sus ojos en los míos y una sonrisa radiante se fue dibujando poco a poco en sus labios. Su expresión se llenó de una felicidad tan pura que me hizo estremecer.
—Vamos a ser una familia —consiguió decir.
Rodeé su cuello con mis brazos, pegando mi cuerpo al suyo.
—Ya lo éramos desde mucho antes.
—Gracias por no guardarme rencor.
—Me debes una buena compensación a cambio —repuse con una sonrisa traviesa.
Me cogió en brazos y me arrancó una carcajada.
—Pienso compensarte todos los días de nuestra vida —declaró con pasión—. Y ahora, Hollywood, regresemos a casa.