Amor no incluido Capítulo 30
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Capítulo 30

Tucker

Habían pasado tres meses desde que Poppy se fue.

Un tiempo en el que, por suerte, Duke logró recuperarse. Roy me informó de que la masa que le extrajo era benigna, así que, por ahora, estaba fuera de peligro.

Yo me había aferrado como un náufrago a las tareas diarias para mantener mi mente distraída. Me ocupaba de los animales y del campo hasta que el cuerpo me dolía.

También arreglé el tejado de la casa, las cercas, el establo… lo que fuera con tal de no pensar en ella.

Si me quedaba quieto y me permitía un segundo de silencio, solo podía recordar a Poppy y lo mucho que la echaba de menos.

Su risa resonaba en mis oídos y su mirada cuando la eché de casa me perseguía cada noche en el momento que me metía en aquella cama que había compartido con ella.

Esa mañana, mientras reparaba una de las tablas del suelo del porche, llegó mi hermana.

—Buenos días —le dije.

Me puse de pie y me quité el sombrero para secarme el sudor de la frente con el brazo antes de volver a ponérmelo.

Ella no respondió a mi saludo, se limitó a mirarme con los brazos en jarras.

—Eres un idiota, ¿lo sabías?

Enarqué una ceja.

—Veo que hoy no estás de muy buen humor —ironicé.

—Tú me pones de mal humor.

Suspiré, dejé el martillo en la caja de herramientas y procedí a alejarme.

—No tengo tiempo para esto.

—Pues lo siento, pero vas a escucharme —continuó diciendo mientras me perseguía—. Llevo tres meses viendo cómo te comportas como un idiota testarudo y ya no puedo callar más. ¿Cuándo piensas tener una conversación con Poppy?

Gruñí.

—No quiero hablar de ella.

—Lo siento por ti, porque vamos a hacerlo. Ya te he dejado demasiado tiempo de margen para que abras los ojos, pero veo que no eres capaz por ti mismo —espetó sin amedrentarse por la mirada de pocos amigos que le lancé—. Poppy no publicó el vídeo que tanto te dolió.

—Josie…

—¿De verdad piensas que te haría algo tan horrible? ¿Tan poco la conoces?

Una sensación incómoda se instauró en mi estómago.

—Entonces, ¿por qué lo grabó? —dije en voz alta lo que más me había reconcomido en todo este tiempo.

—Quizá no fue lo más acertado, pero, desde luego, no lo hizo con ninguna doble intención —la defendió—. Te recuerdo que ella lloró tanto como tú cuando Duke enfermó. Te amaba. Puede que incluso tengas suerte y aún lo haga.

Mi mandíbula se contrajo al apretar los dientes.

—Estoy harto de este tema…

Una risa sardónica cortó mi réplica.

—Claro, porque seguir hablando de ello te llevaría a reconocer que te equivocaste cuando la alejaste de tu lado sin ni siquiera dejar que se explicara. Te da pánico darte cuenta de que puedes haberla perdido para siempre y que tú seas el único responsable.

Le di la espalda fingiendo que el marco de la entrada al establo necesitaba toda mi atención. Aun así, sus palabras se me clavaron como las espinas de una rosa.

—Sin embargo, tengo fe en ti, en que decidas dejar de ser un idiota y des el paso de intentar recuperar a la única mujer que has amado toda tu vida.

La escuché alejarse, pero fue como si todavía estuviera junto a mí, porque sus palabras seguían flotando a mi alrededor, haciendo que me planteara cosas para las que no estaba preparado.

Necesitaba clavos, pero, sobre todo, airearme.

Alejarme de todos los lugares que había compartido con ella.

Me despedí de Duke con cariño prometiéndole que volvería pronto, cogí las llaves de la ranchera y bajé al pueblo.

Era ridículo, pero aún me parecía que el olor de Poppy permanecía en el vehículo, y eso me cabreaba porque traía a mi memoria su adorable risa, sus felinos ojos verdes, aquellas curvas sinuosas…

«¡Contente, puto imbécil!», me dije a mí mismo.

Arranqué la ranchera de un humor de perros y puse música, aunque dudaba que me ayudara a distraerme.

Llegué al pueblo y aparqué cerca de la ferretería.

—Tucker —escuché la voz de Kelly en cuanto salí del vehículo. Se acercaba a mí con una dulce sonrisa—. Dichosos los ojos.

—Hola, Kelly —saludé con cordialidad.

—¿Cómo está tu perro? Tu abuela me dijo que estuvo malito.

—Sí; por suerte, ya pasó lo peor.

—Hace mucho que no quedamos —repuso colocándose el cabello tras la oreja de modo coqueto.

—Es cierto —reconocí—. He estado bastante ocupado.

—Según he oído, el negocio de las mermeladas os va muy bien. Imagino que eso te hace tener que trabajar más.

—Así es —respondí, metiéndome las manos en los bolsillos de mis tejanos y sin muchas ganas de conversar.

—Te iría bien relajarte un poco. Quizá algún día te apetecería que fuéramos a tomar algo o que preparase una cena tranquila en mi casa, como solíamos hacer.

Antes, aquella invitación me hubiera gustado, pero ahora solo me incomodaba.

—Yo… no creo que sea buena idea, Kelly.

La sonrisa se borró de sus labios.

—Oh, de acuerdo.

Posé una mano sobre su hombro.

—Eres una mujer preciosa y maravillosa, sin embargo, en este momento no me siento disponible y tampoco quiero hacerte daño.

Asintió con los ojos brillantes.

—Es por ella, ¿verdad?

Sabía que se refería a Poppy,

—Es por mí.

—Está bien —repuso decepcionada—. Me tengo que ir.

—Claro, no quiero entretenerte.

Me miró una última vez antes de alejarse.

Sabía que la había herido, aunque no fuera mi intención.

Entré en la ferretería para comprar lo que necesitaba. Hablé unos minutos con el dueño, que me encargó una caja de mermeladas de arándanos. Decía que era la favorita de su esposa.

Salí del establecimiento con los clavos que necesitaba en el bolsillo y la cabeza hecha un lío.

La visita de Josie me había removido más de lo que me hubiera gustado admitir.

Mis ojos, por sí solos, se volvieron hacia la casa del padre de Poppy, que estaba cerca de allí, y hubo algo que me dejó de piedra.

Por inercia, mis pies se dirigieron hacia allí para mirar más de cerca el cartel de «Se vende» que estaba frente a la casa.

—¿Qué coño…? —mascullé entre dientes.

¿Thomas iba a vender su casa? No era un hombre dado a los cambios y aquel había sido su hogar toda la vida.

Necesitaba respuestas, así que fui hacia la puerta y llamé con decisión.

El enorme hombre de color abrió pocos segundos después. Se sorprendió al verme.

—Tucker, ¿qué haces por aquí? —preguntó.

—Bueno, yo… —Carraspeé, incómodo—. He visto el cartel y… ¿te mudas?

Thomas asintió con tranquilidad.

—Sí, me voy con mi hija.

Sentí que mi corazón daba un vuelco ante la simple mención de Poppy,

—¿A Hollywood? —indagué, tratando de sonar neutral.

El hombre emitió una risa suave.

—No, hijo. ¿Acaso me ves a mí viviendo en una ciudad como esa? —ironizó—. Poppy quiere volver al sur, se ha dado cuenta de que es más feliz llevando una vida tranquila y sin tanto estrés.

—¿Por qué no aquí? —me arrepentí en el mismo momento que formulé la pregunta.

Thomas me miró con una mezcla de tristeza y reproche.

—Dice que no quiere incomodarte, aunque yo sospecho que es porque sería demasiado doloroso para ella cruzarse contigo después de lo que sucedió.

Me tensé y me quedé sin palabras.

—Mi hija es una buena chica, Tucker. Muy buena, en realidad, porque me ha perdonado todo lo que le hice —apostilló con dolor—. Y tú le has roto el corazón.

Sentí su afirmación como un puñetazo en la boca del estómago.

—Thomas…

Alzó una mano para silenciarme.

—No voy a meterme en lo que pasó entre vosotros, solo quería que supieras que Poppy te amó de verdad, pese a que seas incapaz de verlo. Solo espero que, si algún día te das cuenta, no sea demasiado tarde.

Me quedé clavado al suelo, mirando a los ojos a aquel hombre con el que apenas había intercambiado unas cuantas palabras en toda mi vida.

No se me ocurría qué responder, porque ni yo mismo sabía lo que sentía o pensaba en ese momento.

—Que te vaya muy bien la vida, Tucker —dijo antes de cerrar la puerta con una expresión amable.

«¿Y si me equivoqué?», aquella pregunta no dejaba de aguijonearme cuando regresé a la calle.

Saqué el móvil del bolsillo y entré en Instagram —desde que ella se marchó no había vuelto a hacerlo— y ojeé en su perfil.

Verla de nuevo me cortó el aliento.

Además, no era la Poppy impostada y perfecta que siempre mostraba en redes, era la de verdad, la que yo conocía y amaba.

Seguía promocionando nuestras mermeladas a pesar de que nuestro acuerdo llegó a su fin, reflexionaba sobre las falsas apariencias, se grababa en santuarios de animales a los que iba a colaborar, y para los que pedía donaciones, pero, sobre todo, aparecía en muchos vídeos junto a la perrita que trajo a casa el día que la eché.

Se notaba un enorme cambio en ella. El que ya comenzó durante su estancia aquí.

Me guardé de nuevo el móvil en el bolsillo sintiéndome el mayor mierda del mundo.

—Joder… —murmuré quitándome el sombrero y revolviéndome el pelo con una culpa que pesaba en mi pecho.

—¿Qué haces ahí plantado como un espantapájaros? —preguntó la abuela tras de mí.

Me giré hacia ella.

—Nada.

—¿Nada? —Frunció el ceño—. Sabes que a mí no puedes engañarme. —Me observó con aquellos ojos que parecían saberlo todo—. Es por Poppy, ¿verdad?

Asentí.

—No sé si me he portado como un gilipollas, abuela.

Ella suspiró.

—¿Quieres saber mi opinión?

—Lo necesito —confesé.

La abuela apoyó una mano en mi antebrazo, con cariño.

—Creo que esa chica estaba enamorada de ti de verdad. Sabes que yo tenía mis reticencias con ella porque no quería que volviera a hacerte daño, sin embargo, pienso que esta vez no fue así. Debiste escuchar sus explicaciones, cielo.

Cerré los ojos con fuerza.

—Me equivoqué —admití en voz alta por primera vez.

Palmeó mi brazo.

—Ve a verla y aclara las cosas.

Abrí los ojos de golpe.

—¿Cómo dices?

—Que vayas a verla —repitió—. Es peor que te quedes con la incertidumbre de qué hubiera pasado que enfrentarte a la verdad.

—¿Y si es ella la que no quiere escucharme ahora?

Se encogió de hombros.

—Será su decisión, pero no te quedarás con la sensación de que tu orgullo lo destruyó todo. Si no luchas por lo que quieres, no puedes lamentarte cuando lo pierdes.