Capítulo 28
Tucker
Noté removerse a Duke a mi lado, así que abrí los ojos de golpe y me giré para comprobar si estaba bien. Trataba de incorporarse.
—Tranquilo, viejo amigo. —Me levanté de la cama de un salto—. Yo te ayudo.
Lo cogí en brazos y lo ayudé a ponerse en pie.
Con lentitud, fue hacia el cuenco de agua y bebió un poco. Me sentí esperanzado, porque hasta ese momento, tuve que ser yo quien le ofreciera agua y comida.
Iba a llamar a Poppy para que viera aquel avance cuando me percaté de que una nota descansaba en la mesita, junto a mi móvil.
Me acerqué y la cogí para leerla.
Tengo que arreglar un asunto.
Te compensaré trayéndote los pastelitos que tanto te gustan.
Sonreí.
Duke se tumbó en su cama y lo dejé hacerlo. Quizá estuviera mejor que en la mía, porque así podía moverse con más libertad si quería comer, beber o hacer sus necesidades.
—Esperemos que hoy sea un buen día —le dije.
El sonido de mi móvil avisándome de una nueva notificación llamó mi atención. Lo cogí y me sorprendió ver que no era solo una, tenía cientos, y eso que yo apenas usaba mis redes sociales.
Fruncí el ceño.
—¿Qué demonios…?
Abrí mi Instagram y comencé a leer.
«Siento mucho tu pérdida».
«Tu perro fue afortunado de tenerte como dueño».
«Mucho ánimo».
Y así, muchas más.
Sentí un escalofrío recorrerme la espina dorsal.
Abrí el enlace desde el que llegaban todos los mensajes privados y menciones. Y de pronto, lo vi. Era un vídeo mío, en uno de los momentos más vulnerables que había vivido jamás.
Le decía a Duke que podía marcharse, que yo iba a estar bien, que lo quería. Y todo eso, mientras lloraba con el corazón hecho pedazos.
Y estaba ahí, a la vista de todos, colgado en las redes de Poppy.
Al pie del vídeo se leía una frase:
«A veces, el amor es saber cuándo soltar».
El corazón me dio un vuelco y me sentí completamente traicionado.
¿Cómo pudo hacerme esto?
Era un momento íntimo en el que creí que me apoyaba, pero ahora me planteaba si lo que hacía era recopilar material valioso para hacer negocio con él.
Ni siquiera me di cuenta de que me grabó en ese instante.
Yo me abrí en canal y ella solo pensó en que eso le daría más likes y más dinero.
Apreté con fuerza el teléfono entre mis dedos. Notaba que una rabia enorme ardía dentro de mi pecho.
Su traición me atravesó como una puñalada y entendí esa frase de que, del amor al odio solo hay un paso.
***
Escuché la puerta abrirse un par de horas después.
—¡Tuck! —me llamó con voz alegre.
¿Podía ser más cínica?
Fui hacia la entrada y me la encontré sonriente y con una bandeja de bollos entre las manos.
—Tengo una sorpresa para ti —canturreó felizmente.
Sentí la bilis subir por mi garganta.
—Ya la he visto —dije de manera cortante.
Ella parpadeó varias veces. Parecía confundida.
¡Menuda actriz se había perdido Hollywood!
Desvió la mirada a los dulces y sonrió.
—Oh, no. No me refería a los bollos…
—¡A la mierda los bollos! —escupí, dándoles un manotazo y arrojándolos por los aires.
Poppy dio un paso hacia atrás, sobresaltada.
—¿Qué haces, Tuck? ¿¡Te has vuelto loco!?
No podía ni mirarla a la cara.
¿Cómo había sido tan gilipollas de dejarme engañar de nuevo?
—Es posible que haya perdido la cordura, sí.
Escuché un suave lloriqueo animal al otro lado de la puerta.
—Oh, vaya.
Se giró con rapidez y salió al porche para regresar con una pequeña bola de pelo marrón, blanca y negra entre los brazos.
—En el pueblo había una mujer regalando cachorros y yo… Bueno, pensé que tal vez… podría alegrarte un poco. ¿A que es preciosa?
No me lo podía creer. ¿Se pensaba que tener otro perro lo arreglaría todo?
Negué y clavé mis ojos sobre ella con desprecio.
—Así de sencillo, ¿verdad? La solución es sustituir a Duke, incluso antes de que muera. —Solté una risa amarga y carente de humor—. Eres de lo que no hay, Poppy Hart.
Ella dio un paso adelante alargando la mano hacia mí.
Retrocedí.
No quería que me tocara.
—No es eso, Tuck. Si me dejas que te explique…
—No hay nada que explicar —la corté—. Eres la misma de siempre, no has cambiado nada. La misma egoísta superficial que se largó sin mirar atrás hace diez años.
Abrió la boca como si mis palabras la hirieran, pero ya no me engañaba. No por tercera vez.
—No es cierto. Si me dejas que te explique…
—¿Explicarme? —reí de nuevo—. ¿Después de grabarme a traición en uno de los peores momentos de mi vida?
Frunció el ceño.
—¿Cómo… cómo lo sabes?
Enarqué una ceja, mordaz.
—¿Creías que como soy un pueblerino cazurro no iba a saber que lo habías colgado en tus redes? ¿Tan estúpido me crees?
Se puso pálida de repente.
—¿Qué…? No… Yo no…
Se apresuró a dejar a la perrita en el suelo y a sacar su móvil del bolso con manos temblorosas. Revisó sus redes y mi voz se escuchó a través de él.
—Yo no lo he colgado, debes creerme —aseguró.
—No, claro que no —ironicé—. ¿Ni tampoco me grabaste?
Noté un brillo de culpabilidad en sus ojos.
—Bueno, eso sí, pero…
—Eres una maldita hipócrita, Poppy —la interrumpí.
Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Tucker, nunca te haría daño adrede.
—Eres una mala persona —dije sin gritar, aunque con un profundo dolor que se reflejó en mis palabras.
Ella se quedó inmóvil, como si la hubiera golpeado.
Deseé abrazarla para hacerla sentir mejor, pero se acabó ser el tonto enamorado. Ya había hecho suficientemente el ridículo por una sola mujer.
No era capaz de tenerla enfrente por más tiempo, porque la persona a la que más amaba en el mundo era la misma que me había vuelto a pisotear el corazón.
—Escúchame…
—No quiero escucharte, lo que quiero es que recojas tus cosas y te largues. Y llévate a esa bola de pelo contigo —repuse señalando a la perrita con la cabeza.
Ella avanzó hacia mí.
—Por favor, Tuck. Sé lo que parece…
—Parece que grabaste a mis espaldas un vídeo mío en un momento muy vulnerable solo para lucrarte de él.
—Pero no es así.
—No me creo nada que salga de tu boca.
La cachorrita gimió. Se agachó para tomarla en brazos y abrazarla contra su pecho de manera protectora.
—Tucker, te lo suplico, no nos hagas esto.
Notaba que los ojos me ardían y no quería llorar delante de ella. No iba a humillarme aún más.
—No hay un «nosotros». Nunca lo ha habido —decreté con frialdad—. Tú me abandonaste una vez sin mirar atrás y ahora soy yo el que te echa de mi vida. ¡Lárgate de una vez! No quiero tenerte ni un segundo más en mi casa.
Me di media vuelta sin darle opción a réplica y me encerré en mi habitación junto a Duke. Este alzó la cabeza y me observó. En sus ojos aprecié que sabía perfectamente que estaba destruido.
De nuevo, volvía a perderlo todo, incluso la dignidad, y la culpa volvía a ser de Poppy Hart.