Capítulo 27
Poppy
La luz suave que se filtraba por la ventana me despertó. Por un segundo, busqué a Tucker a mi lado, hasta que recordé que la noche anterior me fui a dormir a la habitación de invitados que usé al llegar aquí, para dejar que Tucker se pudiera acostar junto a Duke en su cama.
Me levanté y fui a la alcoba donde estaban. Ambos dormían plácidamente. Tucker mantenía una mano sobre el lomo del perro, como si necesitara ese contacto para estar tranquilo.
Me acerqué a la cama con sigilo. No quería despertarlos.
Cuando me arrodillé al lado de Duke, abrió los ojos y movió la cola, feliz de verme.
Me emocioné.
—Hola, precioso —susurré con cariño y deposité un beso en su hocico—. Eres un guerrero. ¿Lo sabías?
Le acaricié la cabeza con suavidad. Duke me dio un par de lametones en la mejilla. Eran débiles, pero llenos de amor. Después, cerró los ojos otra vez como si mantenerlos abiertos le costara demasiado.
—Recupérate, pequeño. Todos estamos deseando que te pongas bien.
Me levanté despacio y fui a darme una ducha. El agua caliente me hizo sentir mejor.
Me puse un vestido ligero —aquella mañana hacía bastante calor— y le dejé una nota a Tucker diciéndole que había ido al pueblo y volvería pronto.
Necesitaba hablar con Jordan y dejarle las cosas claras. Mi decisión sobre quedarme era firme, más aún después de que Tuck me pidiera que lo hiciera.
Me monté en el deportivo de alquiler, que ya estaba arreglado y el cual pronto debería devolver y, quizá, comprarme algo más práctico para un pueblo como Magnolia Creek.
Aparqué frente a la posada y le pregunté al chico que estaba en recepción si Jordan Mercer se encontraba allí. Me dijo que sí y me dio el número de habitación.
Llamé a la puerta y, unos segundos después, Jordan la abrió mientras se ponía sus gafas y me observaba con expresión adormilada.
Parpadeó varias veces para enfocarme.
—¿Poppy? —Miró su reloj—. Son las siete de la mañana, no esperaba visitas tan pronto.
—Lamento haberte despertado —me disculpé—. Necesitaba hablar contigo.
—Claro, no te preocupes. —Se hizo a un lado—. Pasa.
Entré a la sencilla habitación y dejé el bolso sobre la cama.
—Siento haberte hecho perder el tiempo, Jordan, pero voy a quedarme. Lo tengo más claro que nunca —dije sin rodeos.
El silencio se hizo entre nosotros.
—¿Estás segura? —preguntó al fin.
—No he estado más segura de nada en toda mi vida.
Asintió y se quedó cavilando.
—Podemos encontrar una solución. Si sigues grabando vídeos y los subes con la asiduidad de siempre, no creo que afecte demasiado a tus números. Reservaremos algunas fechas para los eventos a los que debas asistir. Tu carrera no tiene por qué frenarse.
Negué con la cabeza, despacio.
—He grabado muchos vídeos estos días, incluso algunos que jamás publicaré porque son demasiado íntimos, pero ese no es el problema.
Jordan frunció el ceño.
—Entonces, ¿cuál es?
—Lo que hacía antes ya no me representa, quiero otra cosa.
Me miró como si estuviera hablando en un idioma desconocido para él.
—¿Qué otra cosa?
—No quiero seguir siendo esclava de las redes —respondí con sinceridad—. Ni tampoco que mi vida se base en el número de seguidores que tengo. Estoy harta de que todo a mi alrededor sea superficial.
—¿Eso quiere decir que lo vas a dejar?
—No, no quiero dejarlo —aclaré—. Solo voy a cambiar el rumbo de mis redes.
Me gustaría que mis vídeos pudieran ayudar a los demás.
Poder sentirme realizada y orgullosa de mí misma.
—Clavé mis ojos en él a modo de disculpa—.
Y creo que voy a hacerlo sola, aunque jamás olvidaré lo mucho que me ayudaste.
Jordan bufó y se pasó la mano por su pelo oscuro.
—No sé, Poppy. Lo tenías todo para ser la mejor influencer del mundo.
—No necesito ser la mejor. Ya no. Solo quiero ser feliz.
Mi exrepresentante seguía observándome como si acabara de hacerle la peor putada del mundo.
Sin previo aviso, una náusea repentina me hizo llevarme una mano a la boca. Sentía como si mi estómago se hubiera dado la vuelta de repente.
—Perdona, necesito usar el baño —logré balbucir con la voz ahogada.
Jordan señaló con el pulgar la puerta que tenía a sus espaldas.
Sin poder decir nada más, corrí hacia allí, cerré la puerta y me abalancé sobre el inodoro.
Vomité de manera incontrolable. Mi cuerpo temblaba y un sudor frío cubrió mi frente.
Unos minutos después conseguí ponerme en pie. Un sabor ácido me quemaba la garganta.
Me apoyé en el lavamanos y respiré hondo.
Algo de la cena de anoche debió sentarme mal.
Abrí el grifo y me agaché para enjuagarme la boca. Luego me lavé la cara con agua fría para aliviar el mareo que sentía y me remojé la nuca.
No me encontraba nada bien.
Aún tenía náuseas, aunque más leves, y también me sentía cansada, como si mi cuerpo pesara más de lo normal. Intuía que podía ser por las tensiones que había ido acumulando en las últimas horas.
Me miré al espejo.
—Vamos, Poppy. Ahora no puedes venirte abajo, tienes que mantenerte fuerte por Tuck.
Me quedé un rato más allí encerrada, intentando respirar profundamente para mitigar las ganas de vomitar que aún me asaltaban.
Cuando salí del baño, Jordan me esperaba sentado sobre la cama.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó.
—Debí de comer algo que no me sentó bien, aunque ya estoy mejor.
Se puso en pie, cogió mi bolso y me lo entregó.
—Imagino que esto es una despedida —comentó con profesionalidad.
La pena me invadió. Llevábamos años trabajando juntos, así que me acerqué más a él y lo abracé con afecto.
—Gracias por todo, Jordan —susurré—. No voy a olvidar lo que has hecho por mí estos últimos años.
Él me devolvió el abrazo.
—Cuídate, Poppy.
Asentí y me separé de él con una sonrisa suave en los labios.
Salí de la posada sintiendo que me había quitado un enorme peso de encima. Una suave brisa me agitó el pelo y me vino bien para el malestar que aún sentía en el estómago.
Caminaba hacia el deportivo cuando mis ojos repararon en una mujer que había en la calle, un poco más adelante, con una caja de cartón con varios cachorrillos dentro.
Los cinco perritos trataban de salir de la caja entre ladridos chillones.
Me acerqué a ellos sin pensarlo.
—Qué bonitos son —comenté.
—Son cachorros de boyero de Berna —me explicó la mujer.
—¿Puedo acariciarlos? —pregunté, acuclillándome delante de ellos.
La desconocida sonrió y asintió.
—Claro. Incluso puedes llevarte uno, los estoy regalando.
Negué enseguida.
—Oh, no, no… No creo que sea el momento de adoptar un cachorrito.
—Qué pena —murmuró la mujer.
Eran unas bolas de pelo tan suaves y adorables. Estuve un rato disfrutando de hacerles mimos antes de ponerme en pie.
—Espero que les encuentre una buena familia a cada uno —deseé—. Y quizá debería plantearse castrar a su madre para que no vuelva a verse en esta situación —la aconsejé, aun a riesgo de que le sentaran mal mis palabras.
—Sí, es que rescaté a su madre en un refugio cuando ya estaba embarazada. En cuanto sea posible, Roy la castrará para que ya no tenga más embarazos indeseados.
Asentí y sonreí.
—Que tenga suerte con los cachorros.
Comencé a alejarme, cuando uno de los perritos —el más espabilado— decidió que mi opinión no importaba, porque estaba decidido a venirse conmigo. Así que, con torpeza, saltó de la caja y vino hacia mí con paso desgarbado, mientras movía la cola como si me conociera de siempre.
—Ey, pequeñín. ¿A dónde vas?
—Esa es pequeñina —me corrigió la mujer—. Y parece que le has gustado.
Mis ojos se clavaron en ella. La muy zalamera se puso bocarriba, mirándome con la lengua fuera y ese encanto especial que desprendían los cachorros.
Me agaché y la cogí en brazos. Me lamió la barbilla con entusiasmo y me hizo reír.
—Está claro que te ha elegido —apuntó la desconocida.
La cachorrita apoyó su cabecita en mi pecho, acomodándose entre mis brazos.
Pensé en Duke y Tucker. Quizá no fuera el momento apropiado para llevar un nuevo perrito a casa, pero me sentía incapaz de volver a dejarla dentro de esa caja.
—Está bien, tú ganas —murmuré y deposité un beso sobre su cabeza—. Te vienes conmigo.
La mujer sonrió de oreja a oreja.
—Será una gran compañera, ya verás.
No tenía dudas de ello.
Esperaba que Duke se recuperara, pero si por desgracia no era así, tenía la esperanza de que nos otorgara algo de luz en medio de tanta oscuridad, pese a que jamás llenara el hueco que el anciano perro dejaría en nuestros corazones.
Además, esperaba que le diera motivos a Tucker para sonreír.
Era la complejidad de lo que nos tocaba afrontar a todos tarde o temprano. Una vida se apagaba y, sin embargo, otra acababa de empezar.