Amor no incluido Capítulo 26
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Capítulo 26

Tucker

Llamé a mi familia para explicarles la situación y, minutos después, todos acudieron para darme su apoyo.

Primero llegó mi hermana junto a Mason y Nora. La niña no era consciente de la gravedad de Duke, solo sabía que estaba malito y le dio un dulce beso para que se curara.

Luego aparecieron mis abuelos. Mi hermana y yo tuvimos mucha suerte de tenerlos a ellos cuando mis padres murieron.

—Sal de esta habitación un poco, chico —me pidió el abuelo—. Yo me quedaré con Duke.

—Quiero estar con él.

—Y lo estás, pero necesitas despejarte —dijo mi abuela agarrando mi mano y arrastrándome hacia la cocina, donde tomé asiento—. Mientras hay vida, hay esperanza, cielo.

Asentí, aunque yo prácticamente había tirado la toalla.

—Voy a hacer tu comida favorita —anunció con cariño.

—No hace falta, abuela…

—No quiero protestas —me interrumpió—. La comida siempre ayuda a superar los malos momentos.

No pude evitar sonreír. Recordé que cuando mis padres se fueron, la abuela nos atiborró a galletas con chocolate y deliciosas tartas.

Poppy permanecía a escasos pasos de nosotros. Alargué una mano para que se acercara. La tomó, caminó hacia mí, se acomodó sobre mis piernas y me rodeó con sus brazos antes de apoyar la cabeza en mi pecho.

Deposité un beso sobre su pelo y rodeé su cintura para apretarla más contra mi cuerpo. Su calor me reconfortaba.

La abuela nos observaba con detenimiento, hasta que en sus labios se dibujó una cálida sonrisa.

—Poppy, ¿podrías ayudarme a preparar el estofado de ternera?

Ella parpadeó, sorprendida por su petición.

—¿Yo?

—Te llamas Poppy, ¿no? —respondió la abuela, guasona—. Prometo no morderte.

Poppy dirigió sus ojos verdes hacia mí.

Asentí.

—Ve —la animé.

Sonrió, apoyó una mano en mi mejilla y me dio un fugaz beso en los labios antes de ponerse en pie.

Las vi entrar en la despensa y sentí una sensación agradable dentro del pecho. Ellas eran dos de mis personas favoritas en este mundo. Me agradaba que acercaran posturas y que mi abuela hubiera enterrado el hacha de guerra.

Me volví hacia la ventana y me encontré a mi hermana y mi cuñado jugando con Nora. Era un día triste, pero me alegraba que mi preciosa sobrina no lo viviera así.

La inocencia infantil era tan dulce y brillante que merecía la pena preservarla todo lo posible.

Vi llegar la furgoneta del padre de Poppy en ese momento. Sin decir nada, salí fuera de la casa para recibirlo.

—Hola, Thomas —dije al estar frente a él, tras darle un apretón de manos.

—Oh, lo siento —repuso desviando los ojos hacia Josie, Mason y Nora—. No quería interrumpir una reunión familiar. Encontré entre los trastos de casa una foto de Poppy contigo y tu hermana, y creí que le gustaría tenerla, pero mejor vengo otro día.

—No, quédate —le pedí—. No es una reunión familiar en sí, estamos… despidiéndonos de nuestro perro.

—Cuanto lo siento —comentó con sincero pesar.

—Muchas gracias. ¿Por qué no pasas? Poppy y mi abuela van a preparar un delicioso estofado de ternera.

—No, no —se apresuró a decir—. No me gustaría molestar.

—No es ninguna molestia, de verdad —le aseguré—. Poppy se alegrará de verte.

—Bueno, yo… —dudó un instante antes de decir—: está bien.

Ambos entramos en la casa. Notaba que Thomas estaba muy nervioso, y más aún, cuando su hija reparó en él.

—Papá, ¿qué haces aquí?

—Quise… —Carraspeó—. Te he traído esto.

Extendió la foto hacia ella.

Poppy la tomó y sonrió con nostalgia.

—Recuerdo ese día.

—Yo también —apostillé.

Nuestras miradas se cruzaron. El día que tomamos esa foto fue cuando nos confesamos lo que sentíamos el uno por el otro.

Y nunca había cambiado.

Poppy permaneció en mi corazón durante todos aquellos años y ahora tenía la convicción de que no quería que eso cambiase nunca.

***

Comimos el delicioso estofado de la abuela entre anécdotas de los momentos vividos con Duke.

Él continuaba resistiendo a pesar de que yo le di permiso para descansar si así lo necesitaba.

Miré a Poppy, que en aquel momento hablaba con mi hermana. Ambas reían y sentí que todo encajaba. No quería que volviera a marcharse. Si la perdía de nuevo, no sería capaz de levantar cabeza.

Mi vida era mejor con Poppy en ella. Me hacía feliz y me daba la paz que, durante mucho tiempo no experimenté.

En un arrebato, me puse en pie y las miradas de todos los presentes se dirigieron hacia mí.

—Poppy, estoy de acuerdo con lo que me dijiste anoche, no quiero que te marches —dije de sopetón.

Ella abrió la boca, sorprendida e incapaz de articular palabra.

—No quiero volver a mi vida de antes. Era oscura y sin alegría antes de que llegaras inundándolo todo con tu luz. Y creo que tú sientes lo mismo. ¿O me equivoco?

Todos guardaron silencio, a la espera de su respuesta.

—No te equivocas —logró balbucir.

Respiré hondo, aliviado, y sonreí.

—Quédate conmigo —me aventuré a pedirle—. En mi casa, formando parte de mi vida… como mi pareja.

Ella se puso en pie lentamente y sus ojos se cargaron de lágrimas.

—Sé que quizá sea mucho pedir que abandones tu vida en Hollywood, y entenderé que me digas que no y que lo que dijiste ayer no fue más que una manera de consolarme…

—No quiero regresar a Hollywood —me interrumpió—. Hace días que deseo quedarme contigo. Hacía mucho tiempo que no era tan feliz. Cometí un error cuando me fui hace diez años.

Una lágrima resbaló por su mejilla.

Me acerqué a ella y tomé su precioso rostro entre mis manos.

—Te quiero, Poppy Hart. Siempre lo he hecho.

Posé mis labios sobre los suyos. Ella me rodeó el cuello con los brazos y se pegó a mí.

Oímos los vítores de nuestras respectivas familias.

—¡Ya era hora! —exclamó mi hermana.

Todos rieron, incluidos nosotros.

Por un instante, la profunda pena que sentía en el corazón pareció disiparse. Incluso me atreví a soñar con que Duke se recuperaría y podría vivir sus últimos años de vida junto a nosotros.

Recé porque así fuera.