Amor no incluido Capítulo 25
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Capítulo 25

Poppy

Apenas pude dormir, cada vez que cerraba los ojos veía a Duke sin fuerzas en aquella fría mesa metálica. Tan quieto, tan frágil y apagado. Por no hablar de la mirada destruida de Tucker.

A las seis de la mañana ya no pude más, por lo que cogí el móvil y le escribí.

Poppy:

Buenos días.

¿Cómo va todo?

Su respuesta no se hizo esperar.

Tucker:

Buenos días.

Sigue estable.

¿Y tú? ¿Has podido descansar?

Poppy:

Sí, un poco.

Le mentí porque no quería que se preocupara por mí.

Tucker:

He pensado en llamar a mi abuelo para que suba a ayudarte con los animales.

Poppy:

¡Nooo! Yo puedo hacerlo.

¿No confías en mí?

Tucker:

Ja, ja, ja.

Era para que no tuvieras que cargar con todo.

Poppy:

Es mi cometido de hoy, así que tú preocúpate porque Duke se ponga bien, y todo lo demás déjamelo a mí.

Tucker:

Gracias de nuevo, Poppy.

Poppy:

No tienes por qué dármelas.

Y ahora, deja de entretenerme, que tengo tareas que hacer.

Tucker:

Está bien, señorita ocupada.

Cualquier cosa que necesites, avísame.

Me levanté de la cama con una sonrisa bobalicona dibujada en los labios, me duché rápido y me puse ropa cómoda.

Al salir del baño me encontré a Clover en medio del pasillo y me observó con detenimiento. Esperé su bufido, pero, sorprendentemente, no llegó.

—Hola, bolita de pelo. ¿Tú también echas de menos a Tuck?

En lugar de mostrarse arisca conmigo como siempre, se me acercó y se rozó contra mis piernas.

—¿En serio? —Enarqué una ceja—. ¿Hoy vas a ser amable conmigo?

Fuimos hasta la cocina juntas y cogí una de sus latitas de atún de la despensa. La puse en un cuenco y se la ofrecí. La gata la olisqueó y comió un poco, pero parecía que no tuviera esa hambre voraz que siempre la acompañaba.

—Tú también estás preocupada, ¿eh? —dije, mientras le acariciaba el lomo.

Clover maulló y se alejó como si me dijera que ya me estaba pasando con tantas confianzas.

Sonreí y negué con la cabeza.

Caminé hacia el porche. El cielo se veía claro y despejado cuando salí fuera. Por desgracia, el gallo me esperaba encaramado a la barandilla junto a las escaleras.

Ambos nos miramos, retándonos.

—Ni se te ocurra aprovecharte de que estoy sola —le advertí.

El ave ladeó la cabeza, aunque no hizo nada. Ni siquiera soltó uno de sus desafinados cantos.

Pasé por su lado sin quitarle el ojo de encima y apresuré el paso hacia el establo, no fuera a ser que se arrepintiera de aquella tregua que me había dado.

Bessie y Dusty me recibieron con un mugido y un relincho, como si me dijeran que Tucker siempre llegaba antes que yo.

—Lo siento, lo sé, no se me da tan bien ser una granjera como a él.

Comencé con las tareas que tantas veces le vi hacer, aunque con mucha más torpeza. Por suerte, ninguno de los animales me lo puso difícil.

***

Estaba terminando de cepillar a Dusty cuando escuché el motor de un coche.

—Al final ha llamado a su abuelo —refunfuñé.

Dejé el cepillo y salí fuera del establo secándome el sudor de la frente con el antebrazo.

—No hacía falta que viniera, Earl. Yo… —Me detuve de golpe al encontrarme de frente con mi representante—. Jordan, ¿qué haces aquí?

Se quitó las gafas de sol y se las colgó del cuello de su camisa, para después ponerse las de ver.

Me observó con cierta desaprobación.

—Poppy, apenas te reconozco —comentó tras esbozar una sonrisa forzada—. Owen me dijo que estabas muy cambiada y no pude creerlo. Necesitaba verlo con mis propios ojos.

Sus palabras me sonaron como un ataque. No por lo que dijo de Owen, sino por el tono que empleó al hacerlo.

—No esperaba encontrarte aquí. Qué sorpresa.

—Debería haber venido hace semanas, en realidad, cuando comencé a darme cuenta de que apenas publicabas vídeos que no fueran de esa dichosa mermelada. —Se aproximó a mí—. De la cual, por cierto, no me has consultado si era buena idea promocionarla.

Carraspeé y alcé el mentón.

—Ha sido una decisión personal.

—¿Una decisión personal? —Sonrió de manera irónica—. Supongo que del mismo tipo que jugar a ser granjera.

—Fuiste tú el que me aconsejó alejarme del foco y quedarme aquí una temporada.

—Sí, claro, así fue. Para que fingieras que te gustaba este ambiente y el mundo se olvidara de la cagada que cometiste con aquellas declaraciones sobre el sur, no para que desaparecieras del mapa e ignoraras tus contratos con las marcas y tu compromiso con tus seguidores.

—No he querido evadir mis responsabilidades, lo que pasa es que… —Negué con la cabeza, no sabía cómo expresar lo que me pasaba.

—¿Qué es lo que ocurre? —insistió.

Respiré hondo y dejé que mis sentimientos hablaran por mí:

—Estoy siendo más feliz en estos días de lo que lo he sido en mucho tiempo.

Jordan frunció el ceño y me miró como si hubiera dicho la mayor tontería que había oído nunca.

—¿Feliz? —Soltó una carcajada carente de humor—. Poppy, te conozco y, créeme, tú no estás hecha para esta vida. Recuerda que huiste para escapar de ella.

—Jordan…

—Eres una imagen por la que las marcas pagan, y mucho —me cortó—.

Tienes una carrera en ascenso, pero si te desvías del camino, acabarán olvidándose de ti, como ha sucedido con tantas otras.

Yo te lancé e hice que fueras una de las mejores influencers del mundo porque hiciste caso a mis consejos, y ahora te digo que debes regresar. Se acabaron estas vacaciones.

—¿Vacaciones? —pregunté con incredulidad—. Te acabo de decir que aquí soy feliz.

—¿Sin responsabilidades y revolcándote con un granjero de tres al cuarto? —Abrí la boca sin saber qué decir—. Oh, sí, Owen también me contó eso —dijo con superioridad.

Noté como la rabia subía por mi garganta.

—Ni Owen ni tú tenéis nada que decir sobre mi vida privada. Con quien decida follar es cosa mía —repuse con brusquedad.

Jordan se apretó el puente de la nariz.

—Tienes razón, lo lamento, no tuve que comentar nada sobre esto. Lo que sí te pido es que hagas las maletas y regreses conmigo a Hollywood. Tengo dos billetes para un vuelo que sale esta misma tarde.

No podía creerlo. ¿Acaso no hablábamos el mismo idioma?

—No voy a irme, Jordan. Ni esta tarde ni ninguna otra.

Él parpadeó varias veces, como si le costara creer lo que acababa de decirle.

—¿Cómo has dicho?

—Que no voy a irme —repetí con más convicción—. Cumpliré con mis compromisos con las marcas y me centraré más en mis redes sociales, pero lo haré desde aquí. —Me acerqué más a él y le tomé la mano—. Por fin siento que estoy donde debo estar y no quiero perderlo.

Mi representante me miró como si me viera por primera vez.

—Poppy, estás cometiendo un grave error.

Me encogí de hombros y sonreí.

—Es posible, no lo sé, aun así, quiero arriesgarme.

—No puedes destruir tu carrera por un capricho.

—No es un capricho, Jordan, es mi vida y decido cómo quiero vivirla.

Jordan suspiró.

—Está bien, lo entiendo, pero no quiero que te precipites —repuso de manera apresurada—. Me quedaré unos días en el pueblo, medita bien si esto es lo que de verdad quieres. —Clavó sus ojos en los míos—. Solo pienso en ti, Poppy. Me preocupas.

Sentí un nudo en la garganta.

—Agradezco tu preocupación.

Él asintió y soltó mi mano.

—Prométeme que lo pensarás.

—Lo haré, aunque estoy decidida.

—Si al final decides quedarte aquí, te apoyaré, pese a que no lo comparta.

—Muchas gracias.

Jordan hizo un asentimiento de cabeza y se montó en el coche de alquiler. Me saludó con la mano, arrancó y se marchó.

Por desgracia, sus dudas sobre mi decisión quedaron flotando en el aire.

¿Y si me estaba equivocando de verdad? Podía perder la carrera por la que tanto había trabajado. ¿Merecía la pena?

Súbitamente, los increíbles ojos azules de Tucker acudieron a mi mente. Esa manera de mirarme como nadie más hacía, como si yo fuera lo más preciado del mundo para él, me hizo sonreír.

Claro que merecía la pena.

***

Llegué a la clínica veterinaria con un café y unos bollos que cogí en la cafetería de la señora Benson. Estaba segura de que Tucker no habría desayunado nada con tal de no moverse del lado de Duke.

—Poppy, buenos días —me saludó Roy nada más entrar.

—Buenos días. ¿Cómo sigue todo?

Roy negó y bajó la mirada.

—Sigue estable, aunque no quiero engañarte, la operación ha sido complicada, y más en un perro de su edad.

—¿Pudiste quitarle toda la masa?

Asintió.

—Era un tumor grande, pero no estaba muy adherido. Lo mandé a analizar. Lo que más me preocupa ahora es que tenga una nueva hemorragia. Duke está muy débil y no lo resistiría.

Puse una mano en su brazo.

—Lo importante es que hiciste todo lo que pudiste por él. Y sé que es difícil, pero confío en Duke. Es fuerte y hará lo que haga falta para regresar junto a Tucker a casa.

—Eso espero.

Le sonreí y me dirigí a la sala donde la noche anterior dejé a Tucker y a Duke.

Entré despacio, con temor a lo que me iba a encontrar.

Duke seguía tumbado sobre la fría mesa plateada. Respiraba despacio y parecía débil.

Se me encogió el corazón.

Tucker permanecía sentado a su lado, en esa silla que era demasiado pequeña para su envergadura, mientras miraba con fijeza al perro, y parecía abatido.

Volvió su rostro hacia mí, unas profundas ojeras ensombrecían sus ojos.

—Creo que quiere descansar —murmuró sin más.

Dejé el café y los bollos sobre una mesa que había junto a la puerta y me acerqué más a él.

—Tuck…

Negó con la cabeza para interrumpir mis palabras.

Sus ojos brillaban y no era a causa del cansancio.

—No digas que todo va a ir bien, Poppy. No es cierto.

Tomé su rostro entre mis manos.

—Saber que estás a su lado le da fuerzas.

Tucker cerró los ojos un segundo y una lágrima resbaló por su mejilla derecha.

—Quiero llevármelo a casa —susurró—. Si tiene que marcharse, que sea allí, en su hogar, no en una fría sala rodeado de máquinas.

Mi garganta se cerró.

—Le preguntaré a Roy si podemos moverlo…

—Me lo voy a llevar —me cortó de nuevo—. Es lo que él querría.

Comprendía sus intenciones, así que simplemente me limité a asentir.

Como intuía, Roy no estaba muy de acuerdo con mover a Duke, pero Tucker se mostró firme con respecto a su decisión.

El viaje hasta casa fue triste y silencioso.

Tucker iba sentado en el asiento de atrás con la cabeza del perro sobre su regazo.

Yo conducía despacio para evitar baches y los miraba por el espejo retrovisor cada pocos segundos.

Cuando llegamos al rancho, Tucker bajó de la ranchera antes que yo. Con una delicadeza que me encogió el corazón, tomó a Duke en brazos.

—Vamos, viejo amigo, ya casi estamos.

Les abrí la puerta para que entraran en la casa y Tucker fue directo a su habitación para tumbar al animal sobre la cama.

Después, se arrodilló a su lado y le acarició el cuello.

Yo me quedé observándolos desde la puerta para no romper su momento.

—No tienes que seguir luchando, Duke. Ya estás en casa, puedes descansar —murmuró antes de depositar un beso sobre su hocico.

No pude contener las lágrimas por más tiempo.

Ni siquiera sé por qué lo hice, quizá pensé que algún día le gustaría tener aquel recuerdo que demostraba cuanto se habían amado. Así que cogí el móvil de mi bolsillo y comencé a grabarlos.

—Sé que estás cansado y que no quieres dejarme solo, pero escúchame, yo voy a estar bien, te lo prometo.

Duke comenzó a mover la cola demostrando que, pese a todo, estaba contento de tenerlo a su lado.

Una lágrima de Tucker cayó sobre el pelaje del perro, luego otra y otra…

—Gracias por todo, amigo mío. Cada día que has pasado a mi lado ha sido un regalo que jamás olvidaré. Eres mi familia y nunca me has dejado solo. Te quiero, Duke —declaró con voz entrecortada.

La mano con la que sostenía el móvil temblaba cuando detuve la grabación. Lo dejé sobre la cómoda y me acerqué a él.

—Tuck —dije entre sollozos.

Se puso en pie y me estrechó entre sus brazos. Era un abrazo cargado de dolor y angustia.

Enredé una de mis manos en su pelo y con la otra le acaricié la espalda para tratar de reconfortarlo. Ahora más que nunca sabía que jamás me separaría de él.