Capítulo 24
Tucker
Tras una noche completa de sexo salvaje, desperté al oír unos lloriqueos. Me incorporé y miré hacia la cama de Duke, pero no se hallaba allí.
Levantándome con cuidado de no despertar a Poppy, salí de la habitación a ver dónde estaba mi perro. Todo permanecía a oscuras, así que seguí los bajos quejidos.
Lo encontré tumbado en medio del pasillo y ni siquiera se movió al escuchar mis pasos. Mi corazón se aceleró.
—Viejo amigo, ¿qué sucede? —me arrodillé junto a él.
Sus ojos se dirigieron hacia mí e intentó levantar la cabeza, sin lograrlo.
Un temor punzante atravesó mi pecho.
Le pasé la mano por el costado y lo noté tenso. Le costaba respirar.
—Duke… —murmuré con un nudo en la garganta—. Tranquilo, te pondrás bien. Vamos a ir a ver a Roy.
Él gimió de manera lastimera.
Me levanté del suelo de un salto y fui a la habitación para vestirme a toda prisa. Abrí un cajón para sacar una camiseta y unos vaqueros.
Poppy se removió entre las sábanas.
—¿Tuck…? —dijo con voz adormilada—. ¿Pasa algo?
—Es Duke —respondí de manera apresurada—. No está bien.
Ella se incorporó de golpe y su expresión se desencajó tanto como debía estar la mía.
—¿Cómo que no está bien?
—Lo he encontrado en el pasillo lloriqueando y no se mueve —le expliqué mientras me enfundaba los vaqueros.
Mi voz se escuchaba temblorosa y me odié por no poder mantener la compostura, pero es que…
Duke era mi mejor amigo, parte de mi familia—.
Lo llevaré a casa de Roy para que vea qué le ocurre —continué diciendo.
Poppy se levantó enseguida.
—Voy contigo —declaró.
—No, quédate y descansa. No te preocupes.
Se plantó ante mí y me miró como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.
—¿Cómo no voy a preocuparme? Duke es importante para mí también.
Recorrí su precioso rostro de arriba abajo unos segundos antes de asentir.
—Entonces, vístete.
Ambos nos arreglamos con rapidez. Después, cogí a Duke en brazos y lo acomodé en el asiento trasero de la ranchera junto a Poppy, que insistió en ir con él.
Conduje a toda velocidad, a la vez que ella acariciaba la cabeza del perro y le susurraba palabras cariñosas.
Detuve el vehículo frente a la casa del veterinario. Salí de él y golpeé la puerta con tanta fuerza que me dolieron hasta los nudillos.
—¡Roy! —llamé alzando la voz—. ¡Roy, abre! ¡Es urgente!
La luz de la entrada de la vivienda se encendió y la puerta se abrió. Roy apareció tras ella, despeinado, con la camiseta del revés y los párpados un tanto hinchados.
—Tucker, ¿qué pasa?
—Es Duke —traté de sonar sereno, pero no lo conseguí—. He despertado al oírlo llorar y no… no está bien.
El veterinario se frotó los ojos y asintió, despejándose al instante.
—Pasad, iré preparando todo para examinarlo.
La clínica estaba en la parte de abajo de la casa, donde en su día hubo un antiguo garaje.
Regresé a la ranchera y cogí en brazos a Duke. Entré en la casa y pasamos a la clínica por una puerta que comunicaba con ella. Poppy me seguía de cerca sin decir nada. Se notaba lo nerviosa que estaba, casi tanto como yo.
Roy se había puesto la bata y se colocaba los guantes cuando regresó junto a nosotros.
—Déjalo sobre la mesa —me pidió.
Lo hice con delicadeza.
—A ver qué pasa, campeón —le dijo a Duke a la vez que le revisaba las encías y las pupilas.
Lo auscultó y procedió a palparle el abdomen.
Yo era incapaz de permanecer quieto. Caminaba de un lado a otro, alborotándome el pelo con las manos, mientras un miedo atroz me atenazaba la garganta.
—¿Está bien? —oí preguntar a Poppy con temor.
—No demasiado —respondió Roy con la expresión más seria que le había visto nunca.
Presionó un punto del abdomen de Duke y este gimió.
Apreté los puños, pero no me di cuenta hasta que Poppy agarró uno de ellos para mostrarme su apoyo. Entrelacé mis dedos con los suyos, como si fuera lo único que me mantuviera en pie en aquel instante.
Roy levantó la vista hacia mí.
—No es la noticia que me gustaría darte, pero creo que puede ser algo serio —dijo con un tono de voz que pretendía transmitir calma—. Necesito hacerle una ecografía para estar seguro.
—¿Seguro de qué? —indagué.
Cada segundo que tardó en responder fue como una hora para mí.
—Me ha parecido notar una masa importante en su abdomen.
Respiré hondo y asentí.
—Hazle las pruebas que debas.
Asintió y me puso una mano en el hombro.
—Voy a hacer todo lo que esté en mi mano.
—Lo sé —dije, tratando de controlar las lágrimas que se agolpaban en mis ojos.
Se alejó para ir en busca del ecógrafo.
Yo me agaché frente a Duke.
—Todo va a ir bien, viejo amigo —le aseguré—. Volverás a casa conmigo.
Pese a lo mal que se encontraba, me lamió el rostro, como si fuera él quien intentara consolarme a mí.
Roy regresó y me enderecé, apartándome un poco, dándole espacio para trabajar. Rapó la barriga de mi perro y después untó el ecógrafo con gel y lo pasó por la zona pelada.
Unos minutos después, apagó la máquina, se quitó los guantes y me miró.
—En efecto, tiene una masa pegada al hígado y ha empezado a sangrar.
Poppy se abrazó a mi costado al oírlo.
—Y eso… ¿qué significa? —logré preguntar.
—Significa que debo operarlo para detener el sangrado y he de hacerlo cuanto antes.
Sentí un temblor que era incapaz de controlar recorrerme el cuerpo.
—Pero… Duke tiene catorce años.
—Sé lo peligroso que es. El caso es que, si no lo hago, no pasará de esta noche.
Alcé una mano y la apoyé contra la pared que tenía al lado porque noté que las piernas no me sostenían.
—Tuck —murmuró Poppy mirándome con preocupación.
Tragué saliva con dificultad.
—Hazlo —dije de golpe—. Haz lo que sea necesario para intentar salvarle la vida.
Roy asintió.
—Te prometo que haré todo lo posible.
Miré a Duke, mi viejo amigo, mi compañero de vida y el que había estado a mi lado cuando toqué fondo.
Me incliné y apoyé la frente contra su cabeza.
—Aguanta, amigo, por favor —susurré sin poder contener las lágrimas por más tiempo—. Yo te estaré esperando aquí. Regresa a mi lado.
***
Las horas pasaron como si alguien las hubiera estirado de manera cruel. No podía estar sentado y apenas tampoco respirar. Solo escuchaba el sonido del reloj de pared.
Poppy permaneció a mi lado todo el tiempo. Intentaba hablar conmigo para distraerme; no obstante, mi cabeza estaba centrada en la operación a vida o muerte de mi amigo.
Cuando por fin escuché los pasos del veterinario acercarse por el pasillo, sentí que mi corazón se detenía.
Apareció con cara de cansado, pero una sonrisa tranquilizadora.
—La operación ha ido bien; sin embargo, las próximas setenta y dos horas serán cruciales. Duke es un perro anciano y ha perdido bastante sangre, pero es fuerte y tiene ganas de vivir.
—Gracias por todo —le dije, estrechándole la mano con firmeza—. ¿Puedo verlo?
Roy asintió.
—Podéis pasar.
Respiré hondo, aun así, mis pies no se movieron del sitio. Tenía miedo de encontrarlo débil y apagado, sin ser él mismo.
Poppy supo que estaba a punto de romperme, así que me abrazó sin decir nada, solo sosteniendo mi dolor.
El veterinario carraspeó y desvió la mirada.
—Os dejaré solos. Cualquier cosa, venid a buscarme.
—Gracias, Roy —respondió Poppy, ya que yo era incapaz de hacerlo.
Apoyé la cabeza contra la de ella y lloré como hacía años que no me permitía.
—Estoy contigo, Tuck. No te voy a dejar solo.
Cerré los ojos y aspiré su olor.
—No para siempre —murmuré, sin poder evitarlo, me encontraba demasiado vulnerable.
Se separó un poco de mí para mirarme a los ojos.
—¿Qué quieres decir?
Negué con la cabeza.
—Nada, no me hagas caso.
—Tuck… —repuso en tono de advertencia para que no eludiera su pregunta.
Suspiré.
—En algún momento volverás a tu vida y te irás de nuevo.
Ante todo pronóstico, sonrió.
—No pienso marcharme otra vez —aseguró con convicción.
Sus ojos estaban cargados de verdad.
—No digas tonterías, Poppy. Esta noche está siendo demasiado estresante para los dos y…
—No es por esta noche, llevo días pensándolo.
Una presión qué ni sabía que existía se aflojó en mi pecho.
Tomé su rostro con ambas manos y la besé.
No estaba preparado para tener esa conversación en ese momento, pero quería demostrarle que sus palabras me agradaban.
Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la suya.
—Coge la ranchera y regresa a casa, te irá bien descansar.
—No quiero marcharme, no pienso dejarte aquí solo.
—No estaré solo, Duke está conmigo.
—Aun así…
—Poppy, el resto de animales necesitan que regreses —la corté—. Y yo me quedaría más tranquilo al saber que cuidas de ellos en mi ausencia.
La noté dudar antes de asentir.
—Regresaré temprano —prometió—. En cuanto los atienda a todos.
Sentí un nudo en la garganta, en realidad, me costaba dejarla ir.
—Gracias. No sé qué habría hecho esta noche sin ti.
Ella se puso de puntillas y me besó en los labios una última vez.
—No tienes nada que agradecerme.
La vi alejarse.
Entonces, respiré hondo y caminé despacio hacia la sala donde estaba Duke. No quería molestarlo.
Permanecía tumbado de lado, con un vendaje alrededor del abdomen, y respiraba de manera lenta y pesada. Nunca lo había visto tan frágil.
Cogí una silla y la coloqué junto a él.
Me senté, apoyando los codos sobre las rodillas, y respiré hondo.
—Ey, viejo amigo —susurré, y le acaricié la cabeza—. Ya ha pasado lo peor.
Entreabrió los ojos, aunque seguía adormilado por la anestesia.
—Siempre has sido mi mejor amigo, desde el primer día que llegaste a mi vida. Me acompañaste cuando mamá y papá se fueron… Todos se marcharon y siguieron con sus vidas, pero tú te quedaste a mi lado. Siempre conmigo.
Tragué saliva. Notaba como los ojos me ardían a causa de las lágrimas sin derramar.
—No puedo perderte, Duke. Tienes que recuperarte.
Apoyé la cabeza suavemente contra su cuello y sentí su calor.
—Debes aguantar, amigo. Yo no me voy a mover de tu lado hasta que regresemos juntos a casa.