Amor no incluido Capítulo 23
72%

Capítulo 23

Poppy

Owen aparcó el Ferrari frente a la cafetería de la señora Benson. Detuvo el motor y el silencio me golpeó con fuerza.

No podía dejar de pensar en Tucker y en su expresión cuando Owen me besó en los labios. Noté, hasta en la distancia, como sus músculos se tensaban.

Para colmo, no supe cómo reaccionar cuando me enteré de que Owen estaba allí. Debí haberle explicado que lo que hubo entre nosotros solo fue sexo sin compromiso, nada parecido a lo que compartía con él, pero me bloqueé.

Me hizo sentir tan incómoda su presencia que solo quise alejarlo cuanto antes del rancho. Era como si, que mi antiguo amante estuviera allí, manchara nuestro paraíso privado y eso no iba a permitirlo.

Owen me abrió la puerta para que saliera, con ese gesto caballeroso que tenía tan ensayado para lucirse ante las cámaras, aunque en ese momento no hubiera ninguna.

—Preciosa —dijo con esa sonrisa de anuncio.

Pasé por su lado, entramos a la cafetería y nos sentamos en una de las mesas libres. Los ojos de los presentes se clavaron en nosotros, o más bien, en él.

—No sabes lo que fue el evento al que asistí la semana pasada —comenzó a explicarme, recostándose sobre el respaldo de la silla con chulería—.

Estaba lleno de gente del mundo del cine: directores, productores, actores…

Ya sabes, el tipo de personas que se mueven en Hollywood.

Y, por supuesto, se fijaron en mí en cuanto aparecí.

Asentí e intenté seguir el hilo de su conversación.

—Ya.

—Según me dijo mi agente, es probable que, gracias a los contactos que hice, pueda tener la posibilidad de participar en alguna película.

—Estupendo.

—Y eso no es todo —continuó—. Gucci quiere a alguien que sea imagen para su nuevo perfume y me han dicho que soy perfecto para ello. ¿Te lo puedes creer? Aunque, bueno, no es tan sorprendente. Mira esta cara. —Se señaló esbozando aquella sonrisa de foto.

Me lo quedé mirando sin saber qué decir, aunque no pareció importarle. Con hablar él solo tenía suficiente.

Siguió explicando anécdotas durante una hora sin parar. Sobre sus viajes, las fiestas a las que asistió, la gente famosa que lo adulaba, lo mucho que todos lo admiraban, lo difícil que era ser él en un mundo en el que solo despertaba envidias…

Antes me parecía interesante, pero ahora solo veía a un hombre engreído y con el ego más grande que toda Norteamérica.

Era puro ruido de fondo, sin nada de fundamento. Y en medio de ese ruido, la imagen de Tucker en el porche mientras observaba como me iba con él se me clavó en el corazón.

—… y entonces, aquel cazatalentos alabó mis vídeos.

—Owen —lo interrumpí.

Él parpadeó, sorprendido.

—¿Sucede algo, preciosa?

Trató de cogerme la mano, pero la retiré con rapidez.

Lo miré a los ojos, como si por primera vez desde que lo conociera lo viera de verdad. Y me di cuenta de que no me interesaba en absoluto.

No solo su vida y sus historias… todo su mundo. Un mundo al que, hasta hace pocos días, yo también pertenecía.

Algo había cambiado en mí. Algo profundo y que tenía mucho que ver con un hombre que nunca hablaba de sí mismo, que no presumía y que no necesitaba ser el centro de atención para demostrar quién era.

Un hombre que me miraba como si yo fuera lo más hermoso que había visto nunca y al que amaba con todo mi corazón, por mucho que aún no me atreviera a declararlo en voz alta.

—Siento que hayas cruzado medio país para esto, pero lo nuestro ya no tiene sentido.

La sonrisa se congeló en sus labios.

—¿Qué quieres decir?

—Fue divertido mientras duró, sin embargo, creo que ya es el momento de que llegue a su fin. Podemos ser amigos.

Owen se echó hacia atrás, como si quisiera poner toda la distancia posible entre nosotros, y se cruzó de brazos.

—Es por ese pueblerino, ¿verdad?

—No lo llames así —me lancé en su defensa.

Él soltó una risa incrédula.

—Por favor, Poppy. Tú y yo sabemos que ese donnadie no está a mi altura. Solo estás pasando una fase, tarde o temprano te cansarás de ese provinciano polvoriento.

Sentí la rabia subir por mi garganta.

—No es ninguna fase.

—Claro que sí —insistió con ese tono de superioridad que odiaba—. Te conozco. Te durará un par de semanas más y, cuando te canses de ordeñar vacas y montar a ese aprendiz patético de vaquero, volverás a llamarme.

—¡Si hay alguien patético aquí eres tú! No sabes hablar de otra cosa que no sea de ti. Me aburres soberanamente y no voy a llamarte.

Su rostro se contrajo a causa de la ira que mis palabras le provocaron.

—No tengo por qué seguir escuchándote —dijo, poniéndose en pie—. Haz lo que te venga en gana. Si quieres arruinar tu carrera y tu vida por un tipo que no ha salido en su vida de este pueblucho, allá tú.

Sin despedirse ni darme tiempo a responder, se dio media vuelta, salió de la cafetería y se montó en el coche para después arrancar de un acelerón.

—¿Por qué se ha ido tan rápido tu amigo? Ni siquiera ha probado mis tortitas —preguntó la señora Benson, ofendida.

—No sabe apreciar lo que es bueno.

La mujer asintió, de acuerdo conmigo.

—Y tanto —refunfuñó alejándose—. Estos urbanitas se creen que son el ombligo del mundo.

Cogí el móvil del bolso y escribí a April.

Poppy:

Hola.

Owen ha estado aquí.

Al parecer, le dijiste donde encontrarme.

April:

Ay, amiga, sí.

Me suplicó saber dónde estabas y no pude negarme.

¿Ha ido bien la visita?

Poppy:

No estoy segura.

Le he dicho que lo nuestro se había terminado.

April:

¡Ostras!

¿Cómo se lo ha tomado?

Poppy:

Fatal.

Se ha cabreado mucho.

April:

Bueno, Poppy, tú has sido sincera con él y eso es lo importante.

Poppy:

Lo sé, pero me hubiera gustado no acabar mal con él.

April:

Tranquila, se le pasará con la primera modelo descerebrada con la que se cruce.

Reí. La verdad es que tenía toda la razón.

Poppy:

Gracias por saber qué decirme siempre para levantarme el ánimo.

Te quiero.

April:

Yo también a ti.

Guardé de nuevo el teléfono en el bolso y me puse en pie. Dejé un billete, que cubría lo que habíamos pedido más propina, sobre la mesa y salí de la cafetería.

Me dio un vuelco el corazón cuando me encontré de frente con mi padre. No había vuelto a verlo desde aquel día en su casa.

—Poppy —murmuró él.

—Papá —susurré con cierta incomodidad.

—Sabía que seguías en el pueblo, pero quise darte tu tiempo.

Sentí un pinchazo en el pecho porque no lo dijo a modo de reproche, sino con dolor.

—Lo siento, debí haber ido a verte.

—No, no te disculpes. Sé que lo que hice no estuvo bien y necesitas tu proceso para perdonarme.

—Gracias por entenderme.

Asintió con expresión amable.

—¿A dónde vas?

—Quiero regresar al rancho Tate, pero me tocará ir a pie, ya que el amigo que me trajo hasta el pueblo me acaba de dejar tirada —dije con una sonrisa de resignación.

—Yo… tengo la furgoneta aquí. Si quieres, puedo acercarte.

No sabía qué decirle. Noté lo ansioso que estaba, a la espera de mi respuesta.

—Está bien, te lo agradezco.

Soltó el aire que estuvo conteniendo, aliviado.

—Gracias a ti.

Nos dirigimos a la furgoneta, la misma que tenía cuando me marché diez años atrás.

—Veo que esta vieja chatarra aún resiste —comenté bromista.

—Es dura como su dueño —dijo de buen humor.

Nos acomodamos en ella y desvié los ojos hacia el paisaje que se veía desde la ventanilla. Me sentía un tanto desubicada y sin saber de qué hablar.

De repente, un recuerdo que creía olvidado acudió a mi mente:

Estaba en la adolescencia y mi padre llevaba años hundido por la pérdida de mi madre e intentaba ahogar su dolor en el alcohol.

La muerte de mamá lo dejó roto, y yo no sabía cómo ayudarlo.

Estaba sentado en el sillón del salón, con una botella de coñac medio vacía en la mano y los ojos rojos como tomates.

—No sigas bebiendo, papá. No te hace bien.

Él levantó hacia mí su mirada cansada e ida.

—¡Déjame en paz, Poppy! No tienes ni idea de lo que es perder al amor de tu vida.

—Puede que no, pero yo perdí a mi madre y ahora solo me quedas tú. Por eso, no puedes continuar así. ¡Piensa en mí!

Fue a dar otro trago y quise arrebatarle la botella. Él me soltó un revés tan fuerte que me tiró de espaldas al suelo.

—¡Ni se te ocurra quitarme lo único que me hace poder seguir adelante!

Con la mano en la mejilla y los ojos llorosos, dije:

—Debería ser yo quien te hiciera seguir adelante. ¡Soy tu hija! ¿Por qué no te comportas como un buen padre?

Noté la rabia chispear en su mirada.

Se puso en pie tambaleante y me agarró del cabello, levantándome del suelo.

—Ni se te ocurra juzgarme como padre. Gracias a mí tienes cada día comida que llevarte a la boca.

Forcejeé con él para liberarme.

—¡Suéltame, me haces daño! —jadeé.

Mis palabras parecieron penetrar en la neblina de su ebriedad y me soltó.

Con lágrimas surcando mis mejillas, me marché a toda prisa y sin abrigo, en pleno invierno.

Solo corrí sin rumbo, pero mis pies me llevaron al único lugar donde siempre me sentí segura, el rancho de los Tate.

Llegué temblando y apenas sin aire. Tucker me vio y se acercó a mí con expresión preocupada.

—Poppy, ¿estás bien?

Negué y caí de rodillas al suelo con todo mi cuerpo sacudiéndose a causa del llanto.

No hizo más preguntas, se arrodilló junto a mí y me rodeó con sus brazos. Me dejé caer sobre su pecho, absorbiendo su calor.

—Tranquila, estoy contigo —susurró con esa voz ronca que me calmaba como nada más en el mundo.

Y era cierto, estuvo a mi lado siempre, incluso en mis peores momentos, hasta que lo abandoné.

Parpadeé con rapidez y el recuerdo se desvaneció.

Volví la cabeza hacia mi padre y ya no vi al hombre roto de aquella época. El que estaba sentado junto a mí tenía arrugas nuevas, algunos kilos más y una gran culpa en la mirada.

Se equivocó y no supo cómo gestionar la muerte de mamá, pero yo también me había equivocado a lo largo de mi vida y me habían perdonado.

Había llegado el momento de perdonarlo también.

La furgoneta se detuvo frente a la valla del rancho Tate y mi padre respiró hondo, aún sin soltar el volante.

—Poppy… —titubeó—. Sé que no fui el padre que te merecías, que te hice daño. No hay un solo día que no me arrepienta de ello.

»Perder a tu madre me destrozó, pero no es excusa. Tú solo eras una niña y yo… yo debí haber cuidado de ti. Tuve que ser tu refugio, no el motivo de que tuvieras miedo.

Noté como mis ojos se humedecían.

—Yo también siento haberme marchado sin mirar atrás.

Entonces, él se volvió hacia mí y una lágrima corría por su mejilla.

—Hiciste lo que creíste mejor para sobrevivir. Y yo… estoy orgulloso de ti, de la mujer en la que te has convertido.

Me incliné hacia él y deposité un beso en su regordete moflete. Su piel era áspera, pero cálida.

—Te perdono, no tienes que castigarte más.

Sollozó.

Era raro ver a un hombre tan grande y de aspecto fuerte en aquel estado de vulnerabilidad.

—Te quiero, hija.

—Yo también te quiero, papá.

Sonrió e intentó contener la emoción que lo embargaba.

Salí de la furgoneta y me despedí agitando la mano en el aire mientras se alejaba.

Después, me dirigí hacia los establos; dada la hora que era, sabía que Tucker estaría allí.

—Hola —lo saludé al verlo acomodar el heno dentro del box de Dusty.

Él ni me miró.

—¿Podemos hablar? —añadí.

—No tengo tiempo, estoy ocupado, ya lo ves —respondió dándome la espalda.

Me puse en jarras y enarqué una ceja.

—¿Vas a mirarme o seguirás comportándote como un crío enfurruñado?

Resopló.

—No estoy enfurruñado.

—Entonces, mírame.

Tucker dejó la horca contra la pared y se volvió hacia mí con expresión seria.

—¿Qué quieres ahora, Poppy? —preguntó cortante.

—Quiero contarte quién es Owen.

—No tienes que hacerlo, es cosa tuya.

—Pero lo haré igual.

Apretó la mandíbula, mas no dijo nada.

—Owen y yo manteníamos relaciones esporádicas, nada serio. No sé por qué se ha presentado aquí, pero le he dejado claro que las cosas entre nosotros se han terminado.

—Como te he dicho, no tienes que darme explicaciones…

—Sí que tengo que hacerlo —lo corté mientras daba otro paso hacia él—. Porque te has llevado una impresión errónea. Él no significa nada para mí. No como tú.

Tucker tragó saliva y noté su respiración cambiar, como si el peso que tenía en el pecho se hubiera aflojado.

Sin esperar más, lo agarré por la camisa y tiré de él hacia mí. Poniéndome de puntillas, lo besé. Un beso suave y tembloroso al principio, pero que pronto se convirtió en una llama ardiente que nos abrasó a ambos.

Él me agarró por la cintura y me sentó sobre la cerca que teníamos al lado. Yo enredé mis dedos entre su cabello.

Jadeé cuando lo noté meter la mano bajo mi falda y romperme el tanga de un solo tirón. Después, se bajó la bragueta del tejano, dejando su polla libre, y me penetró de una sola embestida.

Sin dejar de mover las caderas, bajó la tela de mi escote para que mis pechos quedaran al descubierto. Se apoderó de uno de mis pezones.

Gemí con fuerza.

—¡Dios, Tuck! —logré balbucir—. Sigue, no pares.

—No pienso parar —aseguró contra mi areola.

Aceleró el ritmo de sus penetraciones.

Agarré ambos lados de su camisa y tiré con fuerza, haciendo volar los botones. Necesitaba tocar su piel y que su olor se quedara impregnado en mí.

Tucker agarró mi culo con posesión. Noté su polla hundirse en mí con profundidad, tocando un punto exacto que hizo que mis piernas comenzaran a temblar.

Grité al llegar al clímax y él se dejó ir también.

El sexo con este hombre era lo mejor que había probado en toda mi vida.