Amor no incluido Capítulo 22
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Capítulo 22

Tucker

La semana que le di a Poppy de plazo para que se marchara se había alargado bastante. Ya hacía más de un mes desde que llegó a Magnolia Creek y seguía instalada en mi casa y sin muestras de querer irse. Y, para qué negarlo, yo tampoco deseaba que se fuera.

Seguía haciendo mi vida habitual: me levantaba temprano para atender a los animales, cuidaba de las cosechas y recolectaba sus frutos.

Después, comía y cenaba junto a Poppy, que siempre tenía tema de conversación. Mis días tristes y solitarios se habían convertido en un adorable caos, del que no quería escapar.

Fingía que lo tenía todo bajo control pese a que cada noche no podía dejar de darle vueltas a que, cuando ella se marchara de nuevo, me tocaría recoger los pedazos rotos que quedarían de mí.

Porque llegaría el momento en que tendría que regresar a su vida, era plenamente consciente de ello y, aun así, aquí estaba yo, regalándole mi corazón para que lo destruyera una segunda vez.

Y, lo peor era que, gracias a Poppy, todo estaba yendo mejor. Las mermeladas Tate, como las habíamos bautizado, habían despegado como nunca. Teníamos muchos pedidos de personas que ni siquiera sabían ubicar Magnolia Creek en el mapa.

Poppy había grabado varios vídeos con esa sonrisa y energía contagiosa que desprendía, y sus seguidores no dudaron en pedir las deliciosas mermeladas que recomendaba.

Lo primero que hizo fue ayudarnos a crear una web. Una página sencilla, bonita y con fotos, que ella misma tomó, con el nuevo logotipo de la marca.

Nos abrió un perfil en redes para que la gente pudiera acceder a través de allí y facilitarles las cosas.

Incluso eligió un empaquetado elegante, en tonos rosados, que nos hacía parecer mucho más profesionales.

El conjunto de todo funcionó con creces. Era como si cualquier cosa que ella tocara acabara brillando.

En ocasiones, la veía trabajar en la mesa de la cocina frente al nuevo portátil que se compró. Fruncía el ceño, concentrada, con el pelo recogido de cualquier manera y dando lo mejor de sí misma.

No podía evitar sonreír y preguntarme cómo demonios iba a ser capaz de volver a mi vida solitaria cuando no estuviera.

Y solo era cuestión de tiempo que eso sucediera.

Sentía como si tuviera una bomba entre las manos con una cuenta atrás que de un momento a otro me explotaría en la cara.

Intentaba controlar mis sentimientos, pero los muy traidores iban por libre.

Cada vez que la veía riendo junto a Josie, cuando discutía conmigo por tonterías, cuando me miraba como solo ella sabía hacer… Cada mínimo detalle hacía que me enamorara más y más de ella.

Y, de todos modos, cada mañana me repetía lo mismo: «Un día más, disfruta de un día más a su lado».

Porque prefería vivir con ella lo que pudiera, a sabiendas de que me iba a destrozar, a no disfrutar del tiempo que nos quedara juntos.

—¿Dónde está mi vaquero buenorro, que no lo he visto en todo el día? —preguntó, entrando a los establos donde yo ya acomodaba a Dusty para que descansara.

Me abrazó por detrás y me besó en la mejilla. Ya me había acostumbrado a esa cercanía.

Cerré el box , me giré hacia ella y la besé en los labios de manera apasionada.

—He tenido un día atareado, aunque tú tampoco has parado —respondí sonriente.

—Lo sé, y por eso mismo he preparado un baño para los dos —dijo con una sonrisa coqueta.

—Ah, vaya. Un baño.

—De espuma —puntualizó, creando círculos con la punta de su dedo índice sobre mi pecho.

—¿Es una manera de decirme que apesto? —bromeé.

Arrugó la nariz de manera juguetona.

—Puede que un poco.

—Un poco, ¿eh?

Me la subí al hombro de un solo movimiento y le di una cachetada en el culo.

—¡Tucker! —exclamó entre risas.

—Así me gusta, Hollywood, que grites mi nombre.

Avancé a grandes zancadas hacia el interior de la casa. Duke nos miró desde la entrada, como si pensara que éramos un par de idiotas.

Abrí la puerta del cuarto de baño con el pie y entré dentro.

—¡Suéltame, bruto! —me pidió sin poder dejar de reír.

—Tus deseos son órdenes, princesa —repuse, dejándola dentro de la bañera con ropa y todo.

—¡Tuck!

Eché la cabeza atrás cuando se puso en pie chorreando de arriba abajo y cubierta de espuma.

—Estás preciosa —dije con una sonrisa ladeada.

Ella se colocó en jarras.

—Sí, claro, preciosa.

Puse una mano tras su nuca y me incliné sobre ella para depositar un beso sobre sus carnosos labios.

—Absolutamente preciosa —susurré con sinceridad.

Me aparté un poco y dejé el sombrero sobre el lavamanos. Después, comencé a desabotonarme la camisa sin apartar los ojos de ella.

Poppy me miraba hambrienta y se mordió el labio inferior, a la vez que comenzaba a desnudarse con lentitud también, tirando las empapadas prendas al suelo, que acabaría encharcado, pero ¿a quién le importaba eso ahora?

Cuando ambos estuvimos sin una prenda de ropa encima, avancé hacia ella y enredé mis dedos entre sus oscuros cabellos.

—Voy a follarte como nadie lo ha hecho jamás, Hollywood —declaré, antes de apoderarme de sus labios.

Entré en la bañera sin dejar de besarla.

Poppy pegó su cuerpo mojado al mío. Notar sus pezones clavarse contra mi torso me excitó aún más.

Bajó una de sus manos hasta mi polla, que ya estaba más dura que una piedra, y comenzó a moverla de arriba abajo.

Yo agarré su redondo trasero y lo amasé con mis manos. Quería hundirme dentro de ella mientras contemplaba aquel estupendo culo, así que la tomé por la muñeca para que soltara mi polla y, con cierta brusquedad, la volví de cara a la pared y la hice inclinarse hacia delante.

Me arrodillé tras ella y hundí mi cara entre sus nalgas para pasar mi lengua por su sexo, que ya estaba preparado para mí.

Poppy mantenía las manos apoyadas en las baldosas de la pared mientras jadeaba descontrolada.

Su sabor era exquisito e hizo que un par de gotas de líquido preseminal asomaran en la punta de mi glande.

Cuando noté que estaba a punto de correrse, me puse en pie y, agarrando mi polla, deslicé el capullo contra sus labios para mojarlo con su dulce néctar antes de enterrarme dentro de ella con firmeza.

Soltó un grito de placer que rebotó a nuestro alrededor.

—Fóllame duro, Tate —me ordenó mirándome por encima de su hombro.

Sonreí de medio lado y procedí a hacer lo que me pedía. La agarré con fuerza por la cintura y comencé a bombear con profundidad y certeza.

Me incliné sobre ella y mordisqueé su hombro.

Poppy procedió a frotarse con un dedo el clítoris, incrementando su placer.

Noté el momento exacto en el que sus músculos internos empezaron a engullir mi polla, provocando que yo me corriera también.

Fue un orgasmo potente, arrollador y con el que la llené por completo, porque cuando retiré mi miembro de dentro de ella, vi como mi semilla chorreaba entre sus piernas.

Se volvió hacia mí y rodeó mi cuello con sus brazos.

—¿Cómo he podido pasar tantos años sin esto? —preguntó mordiéndome el labio inferior de manera juguetona.

—Hacemos un gran equipo, Hollywood —comenté sonriente.

Quité el tapón de la bañera con el pie y abrí el grifo de nuevo. El agua comenzó a caer sobre nosotros.

—¿Y si te digo que quiero más? —inquirió ella con picardía.

—Te diría que te prepares, porque no voy a darte tregua.

***

Los ladridos de Duke me despertaron. Entreabrí los ojos y escuché el motor de un coche detenerse cerca de la casa.

Miré el reloj. Las seis de la mañana. ¿Quién podía llegar a estas horas?

Salí de la cama con cuidado de no despertar a Poppy. Me puse unos vaqueros, una sencilla camiseta blanca y me peiné como pude con los dedos.

Frente a la puerta de entrada permanecía Duke ladrando, cosa que me hacía saber que quien acababa de llegar no era nadie conocido para él.

Salí al porche y me sorprendí al encontrar un lujoso Ferrari negro frente a mi valla.

—¿Puedo ayudarlo en algo? —pregunté al hombre joven y rubio que salía de él.

Avanzó hacia mí con ese aire de superioridad que destilaba y que me causó un rechazo instantáneo.

—Busco a Poppy Hart. ¿Está… aquí? —inquirió mirando mi casa con ojo crítico, como si no le pareciera suficientemente buena.

Fruncí el ceño.

—¿Quién lo pregunta?

Enarcó una ceja con desdén.

—Owen Roberts. Lo más seguro es que hayas oído hablar de mí.

Me crucé de brazos con indiferencia y negué con la cabeza.

—La verdad es que no.

Su expresión mostró rabia, solo fue un instante, pero lo bastante para que pudiera apreciarlo.

—Soy un buen amigo de Poppy. ¿Puedes decirle que estoy aquí?

Hizo énfasis en la palabra amigo, haciéndome saber que eran algo más.

—Un momento —dije, sin invitarlo a pasar.

Me dirigí a la habitación donde ella descansaba y la zarandeé suavemente por el hombro.

—No, déjame descansar un ratito más. No me queda fuerza para otro polvo —balbució con voz adormilada.

—Ha venido alguien preguntando por ti —dije acuclillándome junto a la cama para poder observar de cerca cómo actuaba.

—¿Preguntando por mí? —Entreabrió los ojos.

—Un tal Owen no sé qué.

—¿Owen? —Se incorporó de golpe—. ¿Qué hace él aquí?

—No se lo he preguntado.

—¡Joder, joder, joder! —Se levantó y se miró al espejo—. Tengo un aspecto horrible.

Apreté los dientes y mi mandíbula contrajo.

—¿Qué quieres que le diga? —pregunté con sequedad, incorporándome.

—Dile que enseguida salgo.

—No soy tu recadero.

Ella pareció no darse cuenta de mi cambio de actitud, ni siquiera supe si escuchó mi réplica, estaba demasiado ocupada corriendo hacia el baño para arreglarse.

Tenía la desagradable sensación de haber sido traicionado. Entendía que Poppy pudo estar con quien quisiera antes de venir a Magnolia Creek, yo mismo había tenido mis encuentros con Kelly. Sin embargo, ese hombre se había cruzado varios estados para venir a verla.

¿Sería su novio?

¿Mantendrían una relación seria y me lo había ocultado?

Duke se acercó a mí y me rozó con su hocico húmedo en la mano.

—Todo va bien, viejo amigo. —Lo acaricié—. No te preocupes.

Salí fuera de nuevo. El tal Owen permanecía en el mismo lugar donde lo dejé, con aquella sonrisa de anuncio de dentífrico.

—Enseguida sale —dije cortante.

Me miró con superioridad.

—No tenía dudas al respecto.

Apreté los puños con ganas de estamparle uno y arrancarle sus perfectos dientes de un plumazo.

Me senté en el porche intentando parecer relajado, aunque nada más lejos de la realidad.

Unos minutos después apareció Poppy vestida con un sencillo vestido rojo, maquillaje natural y esa sonrisa que siempre me desarmaba.

Me dirigió una mirada de soslayo y se aproximó a Owen.

—Te echaba de menos, preciosa —le dijo antes de inclinarse y besarla en los labios.

—¿Qué haces aquí y cómo has sabido donde encontrarme?

—Me lo dijo April.

—Oh, claro. ¿Te parece bien si vamos a tomar algo al pueblo y allí hablamos?

—Suena genial —respondió con una sonrisa de depredador—. He reservado una habitación en la única posada que hay. También puedo enseñártela, si quieres.

—Ya veremos —murmuró incómoda, y sabía que era por mi presencia. Se giró a mirarme—. Nos vemos luego.

Me limité a hacer una leve inclinación de cabeza. Era incapaz de pronunciar una palabra por lo apretados que tenía los dientes. Tanto que en cualquier momento temía que acabaran partiéndose.

—Adiós, colega. Que tengas buen día —dijo el Ken rubio con aires de haberme ganado la batalla.

Agarré los brazos de la silla de madera con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.

Lo vi abrirle la puerta del deportivo y Poppy le dio las gracias. Después, él se colocó tras el volante y arrancó con un acelerón que levantó el polvo del camino.

Estaba tan tenso que temí estar a punto de romperme. Me pasé la mano por el pelo y respiré hondo para tratar de relajarme.

No funcionó.

La rabia bullía en mis venas y no contra Poppy, era contra mí, por haberme expuesto de nuevo a sufrir.

Me puse en pie y, en un arrebato, cogí la silla en la que estuve sentado y la estampé contra el suelo a la vez que emitía un rugido de ira. La madera cedió y se partió.

La solté y apoyé las manos en mis muslos doblándome sobre mí mismo y respirando con dificultad.

Llevaba un mes sabiendo que acabaría igual de roto que aquella silla. ¡Un maldito mes! Y, aun así, no dejé de abrirle mi corazón a Poppy cada día un poco más.

¿Se podía ser más gilipollas?